Estamos en una época muy interesante, contamos con todo el acceso a la información del mundo, millones de terabytes de historia, pero no hemos logrado fortalecer la memoria histórica. Tenemos tanta tecnología a nuestro alcance que casi podemos decir que tenemos el poder de cambiar las cosas, pero preferimos que otros lo hagan y cuando lo hacen y tienen éxito, hasta comentarios de ardidos escuchamos. A eso hay que agregar que nos emociona o alegar ser parte, casi en cualquier forma, de marcas que son exitosas y nos alejamos u ocultamos de marcas que tienen menos éxito público.

Las sociedades tenemos esas partes maravillosas en donde si nos juntamos como comunidad podemos levantar ciudades épicas, que se mantienen durante los siglos. Los mismos grupos viviendo juntos, sin embargo, también pueden ser la causa de pestes, epidemias que detienen economías y, sobre todo, se llevan vidas. No hay una fórmula precisa para lo que como sociedad podemos crear y destruir, pero eso mismo que en el mundo físico hacemos, también lo llevamos al mundo de las palabras, con el chisme, la desinformación o la información verídica y las ciencias exactas; pero esto también llegará al mundo virtual.

Durante el evento de desarrolladores de Facebook, el martes pasado, Mark Zuckerberg mencionó “nuestro siguiente foco es crear comunidad”. Ya no es conectar amigos y familia, o compartir. Ahora busca construir un punto común. El tema es que las comunidades no son nuevas en las plataformas sociales. Recuerdo el libro de Guy Kawasaki (@GuyKawasaki) y Peg Fitzpatrick (@PegFitzpatrick) en el que dicen algo entretenido sobre las comunidades en Google+, estoy hablando del 2012, para eso de la memoria histórica. Ellos nos recomiendan en su libro The Art of Social Media que pensáramos muy bien antes de abrir una comunidad, en especial cerrada, dentro de Google+ porque es como tener un cachorrito; al principio es una excelente idea, pero luego quien modera el relajo que va dejando.

 

Si nos costaba moderar gente en persona, ahora hasta nos cuestionamos hacerlo en un mundo del que nos podemos ayudar de robots y esto de manera muy económica. De los tres puntos principales que anunciaron el primer día del evento: una plataforma para efectos virtuales en la cámara de nuestro teléfono, Spaces para Oculus y Messenger 2.0, este último sin duda ayuda mucho a llegar a ese objetivo de servicio virtual. Me parece espectacular que ya podamos realizar negocios hablando solamente con un chatbot y sin utilizar humanos para cotizar y contratar un servicio. Pero no tenemos que aplaudirle a la plataforma por un supuesto éxito cuando todavía hay varias incógnitas por resolver.

Las soluciones para negocios ayudan a que suba el valor de la plataforma, pero, aunque se pongan serios y acepten que algo está mal si se permite la transmisión en vivo de asesinatos sobre su plataforma, no muestran soluciones. Además, crece la incógnita de si son un medio o un canal. Obvio les cuesta trabajo responder porque: a) tienen editorialidad y monetizan calidad o b) sólo son distribuidores y monetizan cantidad. Su misión se refleja mejor con la primer opción, pero su modelo de negocio refleja mucho más el interés por la cantidad.

Hace poco me quejaba en Twitter porque una aplicación únicamente permitía registrarse con tu cuenta de Facebook y no con alguna opción más. Un amigo y desarrollador que aprecio mucho me respondió que ahí están más de mil millones de personas. Yo veo un mundo con problemas importantes de atender para más de siete mil millones de personas. Por más que Mark explique que el software abarata la conectividad si nos reunimos en un cuarto virtual (nuevamente recomiendo leer Ready Player One), la realidad requiere del capital social en la calle, en la manifestación de las ideas y la conexión física entre personas (recomiendo leer Bowling Alone). Recordemos que los humanos somos los poseedores del control a la hora de definir qué es lo que vale y lo que no, no el presentador de un keynote.

 

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