El vestidor escenifica la pasión que mueve al actor por el teatro. Es teatro dentro del teatro, con un insuperable Héctor Bonilla y un enloquecido Bruno Bichir. No se la pierda.

 

 

Teatro. Ni los achaques ni el cansancio podrán evitar que Su Señoría, primer actor del teatro inglés, salga a trabajar. Como cada tarde, el inconmensurable histrión dará vida a los personajes shakespereanos que son su especialidad para recoger la admiración y el aplauso de los espectadores. Su Señoría sabe que el éxito de la representación depende de él y no está dispuesto a arriesgarlo. Sin embargo, Norman, su vestidor y asistente personal, está preocupado por la frágil salud del actor quien resiente el traqueteo de la gira y el peso de su edad. Pero, como todo animal de teatro, intuye que la función tiene que continuar…

El vestidor, texto dramático escrito en 1980 por el sudafricano Ronald Harwood (Ciudad del Cabo, 1934), escenifica el magnetismo de los grandes actores y su férrea disciplina que se sobrepone a los imprevistos de toda función teatral. La obra es producto de la experiencia personal del autor con el célebre actor inglés Sir Donald Wolfit (1902-1968), de quien fue asistente personal. La obra de Harwood muestra la rutina de una compañía itinerante, las intrigas y pasiones de los actores, y la adrenalina que causa una función de teatro. Pero también es una historia de amistad y tenacidad, de solidaridad y afecto, a la vez conmovedora y cómica.

En este nuevo montaje de El vestidor que se presenta en el Foro Chapultepec, el experimentado Héctor Bonilla encarna a Su Señoría, histrión afectado por diversos malestares físicos y hastiado de la pesada rutina cotidiana. Con un carácter muy distinto como actor, más bien relajado y sencillo, Bonilla se transforma para dar vida al tiránico personaje de Su Señoría, irascible y engreído, y a la vez vulnerable y frágil. Se trata de un macho alfa venido a menos que se resiste a dejar su posición de liderazgo en el teatro, de la que sólo la muerte podrá arrancarlo. Mientras tanto, Su Señoría mantendrá vigentes todas sus pulsiones territoriales y sexuales, y seguirá practicando hasta el último minuto sus vicios y obsesiones.

Por su parte, Norman, el vestidor, interpretado por el eficiente Bruno Bichir, es un sujeto maniático, afectado y neurasténico. La responsabilidad de asistir al primer actor de la compañía lo dota de poder ante los demás integrantes de la compañía, con lo cual oculta su debilidad personal y ambigüedad de carácter. Norman es la sombra de Su Señoría, vive para cuidarlo, conoce al detalle sus necesidades y sabe de memoria los parlamentos de sus obras. Por desgracia, el gran actor no se preocupa por Norman más de lo necesario ya que es sólo un empleado más de su compañía. El vestidor desahoga su estrés consumiendo a escondidas bebidas alcohólicas y desquitando su frustración con quien puede. Todo el tiempo, Norman se mostrará nervioso y desquiciado, sin dejar de cumplir sus minuciosas funciones en el camerino del actor.

La compañía teatral se apresta a representar El rey Lear, una de las más célebres tragedias de William Shakesperare. En tanto, la esposa del primer actor (Pilar Ixquic Mata) insta a su marido a retirarse de la vida nómada que llevan, viajando sin parar de pueblo en pueblo. Por su parte, Magde, la productora (Verónica Langer) coincide que está primero la salud de Su Señoría que las funciones teatrales. Pero el gran actor no permitirá que ninguna de estas mujeres lo controle pues ambas están bajo su dominio amoroso y sexual, así como la actricita debutante Irene (Andrea Riera) que no pierde ocasión para insinuársele. Cual macho dorsicano entre los gorilas, Su Señoría-Bonilla seguirá ejerciendo su seducción con todas las hembras de su manada y combatiendo a los demás machos que le disputan el poder. Pero su debilidad es evidente y será gracias a la ayuda del vestidor-Bichir que logre sacar adelante la complicada obra a estrenar y cubra las apariencias de los problemas que lo aquejan. Como si fueran pocas las tribulaciones del grupo, afuera se perpetra el bombardeo de los nazis en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial.

El vestidor escenifica la pasión que mueve al actor por el teatro. Nos recuerda a algunos grandes histriones que han dejado el pellejo en el escenario, como la distinguida Emma Teresa Armendáriz (1928-1997), actriz mexicana que murió dando función. La obra escenifica también la vanidad, tiranía e indolencia de los grandes personajes que se creen el centro del universo y desprecian a sus verdaderos amigos. Mas El vestidor habla también de la amistad que lleva al individuo a perdonar y mantener el afecto por las personas queridas sin esperar nada a cambio. Finalmente, El vestidor es teatro dentro del teatro, con un insuperable Héctor Bonilla y un enloquecido Bruno Bichir. No se la pierda.

Libros. Este martes 12 de noviembre se conmemora el 362 aniversario de sor Juana Inés de la Cruz, quien nació en el año de 1651 en la hacienda Panoayán, en Nepantla, hoy Estado de México. La máxima poeta de nuestro territorio, el personaje más importante de la Nueva España según Octavio Paz, resguarda en sus obras completas una enorme riqueza literaria a la que no hace justicia el pobre conocimiento popular de su redondilla que comienza: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…” Sor Juana escribió ardorosos sonetos de amor, graciosas décimas satíricas, eruditos ensayos, ingeniosas comedias que todo lector mexicano debe revisar al menos una vez en la vida.

A la par de su portentosa obra, publicada por el Fondo de Cultura Económica y reproducida en el portal Cervantes Virtual, la vida de sor Juana fue un ejemplo de tesón y valentía. Un texto poco conocido que descubrió en 1980 el sacerdote regiomontano Aureliano Tapia Méndez, publicado en el quinto volumen de las obras completas de Octavio Paz (complementario al ensayo Las trampas de la fe) retrata el carácter indómito de sor Juana. Se trata de la llamada Carta de Monterrey o Autodefensa espiritual, escrita alrededor de 1681, en la cual sor Juana se enfrenta a su confesor espiritual, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, por causa del arco triunfal Neptuno alegórico creado por sor Juana y dedicado a los virreyes de la Nueva España.

De manera insólita para una monja, sor Juana reniega en la carta de la autoridad del jesuita. Con amargura, la poeta rememora que el cabildo de la Catedral de México le solicitó ayuda para redactar un arco triunfal y ella, cumpliendo con el voto de obediencia, lo escribió sin problema. La escritora precisa que no tenía por qué negarse ya que el cielo la dotó con “estos negros versos” que le han causado múltiples envidias y críticas. Entre éstas, destaca la de su propio confesor espiritual quien la ha tachado de escandalosa por escribir alabanzas al poder terrenal en vez de permanecer “muerta para el mundo” como exigía su estado monacal. Sor Juana deplora la poca discreción del prelado y le manifiesta que no está de acuerdo en seguir bajo su cuidado espiritual. Finalmente, con términos poco amables, lo despide.

Cualquier acto de rebeldía de una monja hacia un cura podría ser gravemente sancionado. La valentía de sor Juana la llevó a defender su dignidad de escritora contra la censura eclesiástica. Su cercana amistad con los virreyes le dio a la poeta respaldo para disentir de las opiniones del clero, pero la carta demostró también su audacia y temperamento. Así, la Autodefensa espiritual es una invaluable prueba de que sor Juana era una mujer de armas tomar.

Parte de su obra puede consultarse en este link.

 

 

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