Por: Oscar González Escárcega

Uno de los emprendimientos de investigación sísmica más importante en la historia de México podría algún día representar para los geofísicos y sismólogos lo que el Santo Grial para la comunidad cristiana en el mundo.

Y es que con este proyecto se busca cuantificar científicamente, el lugar y la magnitud de futuros terremotos y tsunamis con el fin de mitigar su impacto negativo en vidas, infraestructura y en la economía del país. Además, la iniciativa permitirá estudiar señales precursoras que anticipen la ocurrencia inminente de grandes terremotos.

En principio el proyecto busca medir y analizar la deformación paulatina del continente provocada por la interacción de las placas tectónicas en México, en este caso, la placa de Cocos, la cual, literalmente, se incrusta por debajo de la placa de Norteamérica (se conoce como proceso de subducción), que es donde está asentada la mayor parte del territorio de México.

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La iniciativa diplomática y científica del gobierno japonés denominada SATREPS, que promueve la investigación internacional conjunta haciendo uso de ciencia y tecnología de avanzada, seleccionó a principios de 2015 el proyecto Evaluación del riesgo de grandes terremotos y tsunamis para la mitigación de desastres en la costa del Océano Pacífico mexicano.

El líder del proyecto en México es el doctor Víctor Manuel Cruz Atienza, del Instituto de Geofísica de la UNAM, y en Japón, el doctor Yoshihiro Ito, del Instituto de Investigación para la Prevención de Desastres de la Universidad de Kioto. SATREPS es un programa de cooperación entre JICA, y la Agencia Japonesa de Ciencia y Tecnología (JST, por sus siglas en inglés).

“La iniciativa japonesa surgió a raíz de la tragedia de 2011 en Japón con el sismo de Tohoku Oki, de magnitud 9, y el tsunami que todos conocemos; ese país no solo tiene una gran resiliencia ante desastres por causas naturales, sino además la capacidad de cooperar a través de JICA con otros países para promover la investigación y la prevención”, sostuvo Víctor Manuel Cruz Atienza, quien es considerado por la publicación internacional Nature como una de las diez personas más influyentes para la ciencia en 2017.

Recordó que haber sido ganadores de SATREPS fue algo muy difícil, pero que siempre contaron con el apoyo incondicional tanto de la UNAM como de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Detalló que la mayor parte de los recursos del lado mexicano provienen de la UNAM, financiando, entre otras cosas, las campañas oceanográficas que son de muy alto costo, “pero no de presupuestos específicos, sino del presupuesto general de la universidad”.

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Así será el financiamiento

El proyecto de investigación en la Brecha Sísmica de Guerrero cuesta poco más de cinco millones de dólares, de los cuales Japón esta invirtiendo dos terceras partes y, el resto, la UNAM, y una parte menor el Conacyt. El dinero está dedicado a la compra de equipo, al trabajo de campo y al intercambio científico, principalmente.

Si el proyecto contara con un millón de dólares más, se podría cubrir toda la brecha sísmica de Guerrero con instrumentos de este tipo y cuantificar mucho mejor el peligro asociado. La proyección de los resultados en términos científicos y de prevención sería mucho mayor. Los recursos actuales no lo permiten, ya que el costo de cada instrumento es de aproximadamente 50,000 dólares, reveló Cruz Atienza.

“Hemos sometido varios proyectos al Conacyt para conseguir los fondos que nos hacen falta, pero no hemos tenido suerte. Las políticas de esa institución no nos han favorecido como hubiéramos deseado. Acabamos de someter a Conacyt otro proyecto que, de ser aprobado, nos permitirá al menos operar el proyecto en los próximos dos años. Si contáramos con ese millón, haríamos maravillas, competiríamos con los países científicamente más avanzados del mundo y desarrollaríamos medidas de prevención de desastres sin precedente”.

Cada campaña oceanográfica en el buque de investigación El Puma de la UNAM cuesta unos 300,000 pesos diarios. Por lo general, cada campaña dura 15 días en mar abierto. Desde que comenzó el proyecto se han realizado tres campañas y se espera realizar dos campañas anuales en los tres años que restan del proyecto. Tecnología como el planeador de olas y su instrumental, tuvo un costo cercano a los seis millones de pesos, solo por poner un ejemplo.

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En esto consiste el proyecto

“El proyecto es ambicioso y persigue la mitigación del riesgo por terremotos y tsunamis en México. Para lograrlo, entre otras cosas se está instalando una red sismo-geodésica anfibia. Al final de 2017, la instalación de la red habrá concluido, con instrumentos tanto en tierra como en el fondo del mar.  La red cuenta con sismómetros que registrarán ondas sísmicas y con estaciones geodésicas que permitirán medir la deformación de la corteza continental. En tierra habrán instrumentos de dos tipos: sismómetros ultrasensibles de banda ancha y GPS diferenciales, que son equipos relativamente comunes en nuestro ámbito”, explicó Cruz Ateinza.

El científico dijo que lo que en verdad marca la diferencia es el equipo que se utilizará en el mar: “lo que está en la frontera del conocimiento tecnológico es lo que acabamos de instalar en el mar. Además de sismómetros de fondo oceánico, que se emplean desde hace años, habrá instrumentos geodésicos mucho más avanzados”.

Estos últimos son sensores de presión hidrostática con 5,400 metros de profundidad que miden, con alta precisión, el levantamiento o hundimiento; es decir, la deformación vertical de las placas tectónicas en el fondo del mar.

Adicionalmente se instalarán dos estaciones de GPS acústicas para las cuales han adquirido un planeador de olas (Wave Glider en inglés) con dos antenas GPS diferenciales, un giroscopio óptico “de muy alta precisión”, sensores de aceleración y de campo magnético, una unidad de control y un transductor que emite ondas acústicas a los arreglos de instrumentos que se colocaron en el fondo del mar.

Estas mediciones no tienen precedente ni en México ni en la mayor parte de los países del mundo. Cruz Atienza reconoció que el liderazgo de la Dra. Vala Hjörleifsdóttir, participante del proyecto e investigadora del Instituto de Geofísica de la UNAM, ha permitido desarrollar estas mediciones dentro del proyecto bilateral con Japón.

Explicó además que el planeador es una maravilla tecnológica que puede permanecer durante muchas horas, o incluso meses, por encima de los arreglos de estaciones que instalaron en el fondo del mar a una profundidad de entre 1,000 y 5,000 metros, emitiendo ondas acústicas que reciben los transpondedores en el fondo para emitir otras de regreso que son registradas por el planeador.

Detalló que con esta información, más la de todo el instrumental del planeador, podrán determinar la posición geográfica del arreglo de transpondedores y medir cómo se deforma el continente con un error que esperan sea menor a 5 centímetros.

 

En busca de alianzas

“Bienvenidos los aliados”, expresó el científico mexicano cuando se le preguntó si existía alguna limitante para levantar capital de la iniciativa privada. La UNAM tiene una infraestructura muy robusta para administrar fondos externos que contribuyan al conocimiento y a la prevención de desastres, señaló.

“Si hay empresarios en México que tengan la capacidad, y que estén auténticamente preocupados y conscientes de lo que podemos hacer los expertos para crear conocimiento y evitar que los terremotos se traduzcan en desastres, y pueden aportar, adelante. Con algunos millones de dólares se podría instrumentar bien no sólo la brecha sísmica de Guerrero, sino otras zonas del país”, aseguró  Cruz Atienza.

Esto daría paso, a decir de Cruz Atienza, a una nueva era instrumental en México que derivaría, entre otras cosas, en sistemas de alertamiento temprano mucho más robustos y sin precedente en México.

“Por ejemplo, lo que estamos promoviendo los líderes del proyecto es que se instale una red cableada de instrumentos submarinos en México que permita saber, en tiempo real, si se generó un tsunami potencialmente devastador inmediatamente después de un gran terremoto”.

Mencionó que los futuros desastres serán del tamaño que quieran las autoridades y la sociedad en su conjunto. “El peligro sísmico ahí va a estar siempre”. El que dicho peligro se traduzca en un riesgo de desastre, dependerá de qué tan vulnerable sea la sociedad ante la amenaza natural.

“Es inconcebible que otra nación, en este caso Japón, invierta mucho más dinero en México por nuestra seguridad que México mismo. Los sismos seguirán ocurriendo y nuestra obligación es conocerlos. Lo que sí podemos es reducir nuestra vulnerabilidad con voluntad política y con financiamiento a la prevención y a la investigación”, concluyó Cruz Atienza.

 

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