Por Lucía Pérez Moreno

Del hashtag #reconstruirméxico, a uno de los movimientos sociales más visibles del sismo del 19 de septiembre. A través del lema “Tu botella es mi ladrillo”, cientos de millennials recolectaron y llevaron botellas PET a los centros de acopio.

Todo comenzó cuando Sahori Gámez, estudiante del Tec de Monterrey, plantel Santa Fe, repartía agua cerca del emblemático edificio de Álvaro Obregón 286. Ahí se percató de las grandes cantidades de envases PET tiradas en la calle. Se le ocurrió juntarlas y enviárselas a un trío de jóvenes que planean fabricar viviendas emergentes en Jojutla, una de las poblaciones más afectadas por el sismo.

Hizo un video casero llamando a donar botellas PET “limpias, sin aplastar y con tapa” y, en cuestión de horas, el hasta entonces desconocido colectivo Viviendas Emergentes (Viem) abrió un primer centro de acopio, en el Parque España de la Colonia Condesa; dos días después, ya había 10 centros más, que luego pasaron a 20, repartidos en cinco estados del país, incluyendo Oaxaca, Tabasco y Estado de México. “La respuesta fue impresionante”, afirma Daphne Gallardo, estudiante de la Universidad Iberoamericana y vocera de la organización.

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En dos semanas, Viem reunió cerca de 400,000 botellas PET de todos los tamaños, colores y formas, incluyendo garrafones y tupperwares, que trasladó a casas y bodegas de sus voluntarios. A la campaña se sumaron empresas que dieron más botellas, apoyo logístico y espacios de oficinas.

Pero ninguno de los iniciadores del proyecto había construido una vivienda de PET, así que buscaron a la asociación civil Liderazgo Joven, dirigida por Rafael Salas, quien lleva años impulsando este tipo de viviendas, no como solución emergente, sino definitiva.

En 2010, Salas fabricó su primera casa PET en Tlaxcala, que le valió varios premios y reconocimientos, así como el apoyo de la Fundación Ashoka para proyectos de emprendimiento social.

Pero Salas, quien también dirige el fondo de inversión Dividendee, no sólo despierta elogios, sino también muchas críticas relacionadas con la resistencia de este tipo de casas.

Foto: Dividendee

“Apilar elementos cilíndricos hace que se pierda la continuidad estructural y la resistencia de un muro”, dice Jorge Ponce, arquitecto y director general del Laboratorio de Urbanismo y Planeación Ambiental (LUPA). Él considera que usar botellas de plástico, en lugar de ladrillo o concreto, es una aberración ambiental.

Salas lleva años luchando contra lo que considera son ideas convencionales, y está determinado a demostrar que los muros PET son cuatro veces más resistentes que los de concreto o ladrillo. Su argumento es que, si tiras una botella de un cuarto piso, se conserva intacta, mientras que el ladrillo se rompe. “Tiene más elasticidad que el concreto o el ladrillo”, recalca.

En opinión de Ponce, no existen fundamentos científicos ni técnicos para afirmar tal cosa. “Los ladrillos no fueron hechos para aventarse y no necesitan regulaciones porque se utilizan desde tiempos babilónicos con gran éxito”, dice. Agrega que un muro de tapial (tierra compactada) es más seguro y ecológico que uno de botellas. “Uno de los principios ambientales básicos es utilizar los materiales del sitio porque se adaptan mejor al clima del lugar”, agrega.

El prototipo de casa que Viem quiere construir, de ocho por ocho metros, requiere de aproximadamente dos toneladas de botellas PET (unas 15,000 botellas), lo que significa que Viem podrá entregar 25 viviendas con el acopio actual, siempre y cuando las botellas tengan el mismo tamaño y ellos logren reunir los fondos para los acabados, que Salas calcula entre los 150,000 y los 200,000 pesos por unidad.

Levantar estas viviendas no sólo implica usar una gran cantidad de PET, sino muchas horas de trabajo, pues las botellas se rellenan a mano con tierra triturada, se amarran a una red con cuerdas, se pegan y se recubren de tierra o lodo, una por una. En México, donde hay materiales ecológicos en abundancia, como la piedra, la tierra, la palma, el bambú, la madera y el adobe, entre otros, las casas PET no tienen muchos seguidores.

Además, la retórica del reciclaje social se contrapone a una de las industrias de procesamiento de PET más dinámicas del mundo. En dos décadas, la tasa de reciclado de PET en México ha pasado del 2% al 60%, de acuerdo con la asociación ambiental Ecoce.

Foto: Dividendee

En Toluca opera una de las plantas más grandes del mundo: PetStar, propiedad de Coca-Cola y de sus embotelladoras, que intenta llegar a 100% del PET en tiraderos para 2020, a través de una red de más de 24,000 pepenadores. El PET, que no sirve para consumo humano, por contener aditivos tóxicos, es adquirido por empresas que lo reciclan para fabricar muebles.

El movimiento mundial ecobrick se opone a este tipo de reciclado porque dice que es contaminante y aboga por dejar la botella como está.

Pero Viem no se detiene y, mientras busca constituirse como asociación civil para recibir donativos, ha iniciado un crowdfunding por internet. “Vamos a entregar las primeras viviendas a más tardar en seis meses, porque tenemos un gran compromiso moral”, dice Gámez.

No será una aportación significativa en términos de números, pues, entre los dos terremotos de septiembre, se perdieron más de 150,000 viviendas, pero #reconstruirmexico cambió la percepción que había de los millennials, de que eran una generación “individualista y apática”, que salió del aislamiento para asumir “a veces en tropel y desorganizadamente” las tareas de rescate y recuperación, según la historiadora Guadalupe Ramírez Ornelas.

A su vez, Rodolfo López Treviño, de la empresa ambiental Cíclica, y responsable de uno de los puntos de acopio de Viem, confía en que el espíritu de cambio nacido durante el sismo del 19 de septiembre sobrevivirá a la emergencia, por la gracia de las redes sociales.

 

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