Con el surgimiento de las ideas Republicanas de mediados del siglo XVIII llegó la división de poderes y la necesidad de evitar una nueva forma de absolutismo. El sistema de verificación y equilibrio de poder (check and balance system) no sólo le dio a la naciente República Francesa la certeza de una rotunda abolición de la monarquía; sino que fue además fuente inspiradora para los modelos políticos de las nacientes naciones en el continente americano.

La Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica, no sólo contempló un sistema de equilibrio de poder mediante la rendición de cuentas y la verificación de acciones entre los tres poderes de la Unión, sino que basándose en los principios filosófico-políticos del Destino Manifiesto la actuación de los servidores públicos electos para representar a los colonos estuviera enmarcada por una serie de virtudes, valores y normas.

Así es como la figura del impeachment empodera la capacidad de poder Legislativo y del poder Judicial de llamar a cuentas al Ejecutivo por faltar a uno de los rituales más emblemáticos del Inauguration Day: el juramento, ese que no se hace sobre la Constitución sino sobre la Biblia.

En el más estricto sentido puritano, el juramento es el símbolo que garantiza la calidad moral de quien asume el liderazgo del poder Ejecutivo.

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Faltar a ese juramento con mentiras, sobornos, espionaje o perjurio amerita la deshonra del enjuiciamiento. Ser llamado a enfrentar acusaciones graves como lo hizo Andrew Johnson o Bill Clinton; no solo es una deshonra a la institución presidencial, es en sí, una amenaza a la preservación del statu quo y a la supervivencia del orden constitucional.

La única forma de evitar el impeachment es la renuncia, al estilo Richard Nixon. El reconocimiento de la culpa, acompañado de la aspiración de una probable redención concedida por el sucesor (que, de acuerdo con la Constitución de los Estados Unidos, es el vicepresidente) ofrece una salida digna al señalado, pero una oportunidad para salvaguardar el interés nacional.

Trump no sólo ha sido descubierto por los aparatos de inteligencia estadounidense, los cuales han comprobado la intervención rusa en las elecciones de 2016, sino que es primer círculo el que ha aportado a sus más importantes detractores.

Con una popularidad y aprobación fluctuante e inestable, un sistema de alianzas internacionales vulnerable, elecciones intermedias a la vista y una posibilidad de reelección difuminada, Trump se encuentra en el momento más álgido de su inestable presidencia.

Dadas las circunstancias, a pesar de que se haya comprobado que el presidente Trump haya faltado a la promesa de preservar, proteger y defender la Constitución, si la composición del Congreso permanece con una mayoría republicana después de las elecciones intermedias será difícil que el proceso legislativo desencadene el llamado e inicio de un juicio en el que los Estados Unidos contra Donald Trump defina la suerte de este controvertido presidente.

Así como a Bill Clinton se le enjuició por mentir en el testimonial y presionar a Lewinsky para que cambiara el sentido de sus declaraciones, a Trump se le tiene ya una lista de actos en los que las versiones encontradas han robustecido las acusaciones en su contra y pareciera que en cada tweet el presidente no logra más que incrementar el porcentaje de la población que apoya su impeachment. No solo es la población que desaprueba su estricta visión acerca de temas coyunturales como la migración el TLCAN, la OTAN, la ONU o el sistema internacional, se han sumado a la iniciativa de su enjuiciamiento y eventual destitución grupos políticos que operaron a favor de su campaña por la presidencia.

El moralismo y el sentido puritano siguen exigiendo un presidente de los Estados Unidos que sea capaz de representar la impecabilidad moral de un líder hegemónico, fuerte, valiente y capaz de rendir cuentas con las manos limpias (o al menos no manchadas con asuntos que interfieran con el interés nacional de los Estados Unidos).

La sobre especulación acerca de los escándalos en los que se ha visto involucrado Trump y su equipo de campaña no tienen precedente en la historia de ese país. Pareciera que el presidente sigue en el escaparate de los reality shows que en su momento protagonizó, con la diferencia de que quien es susceptible de expulsión es él.

En los próximos dos meses, conforme esté más cercano el Super Tuesday veremos el alcance que ha tenido el proceso verificación de pruebas y reclutamiento de testigos, así como el trabajo que hoy se sabe está realizando el equipo de abogados de Trump.

El nuevo Congreso de los Estados Unidos no solo tendrá que definir un esbozo de primera agenda legislativa compuesta por el entendimiento comercial con México, el destino del TLCAN, el destino final del Obamacare, el muro, DACA y la miscelánea fiscal. Esa primera etapa del nuevo Congreso seguramente también será recordada por el avance o no del impeachment de Trump.

Sin embargo, en este mundo en el que lo inédito parece ser lo cotidiano, también podríamos ver la inesperada renuncia del presidente, acción que abriría paso a que el vicepresidente Mike Pence asumiera el cargo para terminar el mandato. Acto seguido, Pence podría ser nominado a la presidencia de los Estados Unidos. ¿Descabellado? No tanto, si consideramos que eso le abre la posibilidad al Partido Republicano de lograr una estancia en la Casa Blanca de dos períodos consecutivos adicionales al que ganó por elección Donald Trump.

Los electores estadounidenses tienen una elección intermedia compleja, determinante y por demás desafiante.

 

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