No hay duda, en los negocios y el terreno profesional, las pasiones, las emociones, las intuiciones juegan un papel preponderante. En muchos casos, sentimientos y sensaciones son las fuerzas que guían a millones de personas al momento de tomar decisiones.

La primera impresión, lo sabemos, nos acompaña más allá de la razón. La suspicacia nos apadrina y la confianza excesiva nos llega a sorprender. Los más flemáticos caen en las redes seductoras del botepronto, y es que al calor de la acción, las vísceras son poderosas y pueden llegar a ganarle al cerebro. Ahí es necesaria una figura que tenga el corazón en calma y la cabeza fría.

Desde las organizaciones más pequeñitas hasta los proyectos más intrincados precisan un consejero. Siempre se requiere de alguien que pueda dar una visión objetiva de las cosas y no puede ser cualquiera, sino una persona —o grupo de ellas— que pueda disentir, opinar en contrario, que se haga escuchar y que pueda discutir sin temor a represalias por parte del jefe, el líder del proyecto o el emprendedor.

Dentro del equipo de trabajo no es fácil encontrar a alguien con esas características, no sólo por cuestiones naturales de miedo, sino porque un integrante del bloque está inmerso en la situación que le puede restar objetividad.

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Hasta los más flemáticos se dejan llevar por el calor del momento. Basta volver la mirada al Reino Unido y lo que sucedió con el Brexit para dar cuenta de ello. Una serie de reacciones de lo más sorprendentes sucedieron después del referéndum.

Primero: Las consultas más recurrentes después de conocer la voluntad británica de dejar Europa fueron sobre qué es la zona económica europea y sobre las consecuencias de dejarla. Los votantes, azuzados por quienes apoyaron la medida, y asustados por los discursos que generaron un entusiasmo irracional, eligieron sin entender las consecuencias de su elección.

Segundo: Los líderes que horas antes elevaban el puño contra Europa y que durante meses estuvieron despotricando frente a cámaras y micrófonos, al conocer el resultado apenas balbuceaban su victoria.

Tercero: Los electores, al enterarse de las consecuencias, salieron a la calle arrepentidos de su sufragio.

La flema inglesa se tropezó y se dejó llevar por la emoción. No hubo quien los llevara a cuestionar la factibilidad de que la inmigración bajara, de los huecos institucionales que se generarían, de las oportunidades que se perderían. Con la euforia, nadie entendió que el monto de dinero que el Reino Unido envía a Europa es menor de lo que decían los proBrexit.

Pocos escucharon las advertencias de los expertos, entre ellos muchos Premios Nobel. Incluso David Cameron se dejó llevar por su propia percepción y pensó que no había forma en que el referéndum le fuera adverso.

¿Quién se atreve a contradecir al primer ministro, o al jefe, o al dueño? Si hubiera habido una figura que pronunciara palabras serenas y prudentes, y se hubiera hecho escuchar, hoy la gente no estaría protestando en las calles de Londres.

Algo similar sucede con Donald Trump: es un maestro en inflamar emociones. Si hacemos un recuento de las afirmaciones de este hombre, podemos darnos cuenta de la fragilidad de sus propuestas. Sin embargo, sabe enardecer el entusiasmo de los votantes. Es tan increíble ver que hasta tiene simpatizantes latinos que se verán afectados por las propuestas.

En el caos brota el sinsentido. Las promesas de protección, las reivindicaciones, las diatribas forman un paquete irresistible que encanta. Sus palabras van directo a las sensaciones y no a las razones. Si alguien no explica a los enardecidos las consecuencias de cumplir lo que se ofrece, pronto veremos caras desencajadas y ojos llorosos, como los que se ven en el Reino Unido. ¿Cómo llegamos hasta aquí?, se preguntan en la resaca del siguiente día.

Los ejemplos abundan. Hemos visto situaciones similares en Italia, España, Grecia, Venezuela, México y en cualquier lugar donde se busque impactar a partir las inquietudes. No hay ruta más eficiente que la del miedo. Y no hay mejor remedio para las inquietudes y los sustos que la razón y el análisis de la información. Los datos importan: son la forma de revelar la falsedad de las afirmaciones. Todos tenemos derecho a llevar agua a nuestro molino, es decir, a defender nuestros intereses, sin embargo, es a partir de la investigación que debemos sustentar la toma de decisiones.

Igual que los entusiastas políticos que presumen soluciones maravillosas, nos topamos con emprendedores apasionados que no le temen al vacío del acantilado. ¿Cómo se van a detener si tienen un grupo de porristas que les aplauden mientras caminan al desfiladero? Muchos de los descalabros empresariales pudieron ser evitados si una voz profesional hubiera advertido lo que otros no vieron o no fueron capaces de advertir. Un consejero es necesario por ser una mirada fresca que puede dar un punto de vista distinto. Pero parece que hoy le tememos a las diferencias.

La opinión de un externo puede ayudarnos a ver la utilidad de ciertos procesos, la veracidad de los datos, la justeza de los pronósticos. Puede ser quien dé una opinión que nos haga ver que el producto que queremos lanzar al mercado no funcionará para lo que teníamos previsto sino para otra cosa.

Coca-Cola iba a ser un remedio para el estómago. Y en el siglo XVII, el químico alemán Henning Brand buscaba cómo mezclar diversos elementos para conseguir así oro, una obsesión de mucha otra gente a lo largo de la historia.

Por supuesto, no logró este propósito, pero un día en 1669 obtuvo una sustancia blanca y luminosa, que se encendía al entrar en contacto con el aire. Había descubierto el fósforo por casualidad. No obstante, si hubieran permanecido en la línea original, jamás hubiéramos contado con el refresco más famoso del mundo o con los útiles cerillos.

  1. Un consejero nos puede ayudar a ver lo que la ceguera de taller no nos permite vislumbrar. Un consejero o una junta de consejo nos pueden evitar procesos dobles, nos da opiniones valiosas, nos previene de peligros en el camino, nos ayuda a ahorrar recursos. No obstante, no es una figura muy popular. Los emprendedores tienen miedo de que sea un gasto innecesario o que represente un egreso difícil de afrontar. Muchos empresarios ven la salida de dinero y desestiman las posibilidades de esta figura. Además, hay muchas personas a las que no les gusta que se les contradiga.
  2. Un consejero no es un contreras al que se le paga. Es un profesional que sabe argumentar sobre bases sólidas. Es alguien que da razones y justifica sus opiniones. Es un experto que está dispuesto a demostrar –con datos en la mano y con información suficiente– por qué piensa de determinada forma y no de otra. Un buen consejero se apoya en hechos y evidencia dura, deja a un lado la agitación, no se turba ni permite que se le nuble la vista. No discute a lo tonto y no compite. Expresa su parecer y advierte sobre riesgos y amenazas. También dimensiona con objetividad las fortalezas y oportunidades. No sobredimensiona los escenarios. Es imparcial y se aleja de apreciaciones personales y subjetivas.
  3. Un consejero es necesario porque representa esa voz que nos dice algo que tal vez ya sabíamos pero que ha quedado ahogada en las turbulencias que provocan las emociones. Es una figura imprescindible para dimensionar adecuadamente las hipótesis y reducir riesgos innecesarios. Hacen falta esas voces de serenidad y prudencia.

Queda claro que en Gran Bretaña se les echa de menos: hay que ver las manifestaciones en las calles. Hace falta la recomendación de sensatez en Estados Unidos para los votantes. Se precisa de objetividad para caminar con los pies asentados en el suelo. Un consejero aporta buen juicio y reflexión, lo cual trae claridad en tiempos turbulentos. Eso es lo que se requiere para decidir bien. Por ello un consejero es muy necesario.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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