La corrupción se mantiene como el tema crucial de la transición política. Fueron los escándalos, la explosión del voto de castigo y los excesos del grupo en el gobierno los factores más determinantes que llevaron a un cambio de régimen.

La ciudadanía exige la erradicación total de las prácticas, complicidades e impunidad que socavaron el presupuesto público y que minaron los programas y las políticas públicas. Tradicionalmente, la búsqueda de “chivos expiatorios”; nuevas leyes; auditorías y las filtraciones en los medios han sido los métodos más recurrentes para acallar las críticas.

No obstante lo anterior, para combatirla a fondo, se requiere una serie de ajustes estructurales que tienen que ver no solamente con la clase política, la burocracia y las empresas corruptoras, sino con una transformación de las conductas sociales cotidianas, la cultura cívica y los modelos de aproximación al problema.

1) Aunque duela, la corrupción ya no es un tema individual ni excepcional. Históricamente se adoptó la idea de que ser “transa”, “vivillo” y “robar por una buena causa” es parte del carácter nacional. Tal afirmación es contraproducente, pues da margen a la doble moral, al juego perverso de tolerancia y complicidad donde más vale ser parte de la corrupción que quedarse fuera.

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El cambio deseado debe partir de reducir la laxitud de las normas y adoptarlas como patrones de conducta cotidiana. Recuperar los valores, la integridad, honestidad y la confianza. Desafortunadamente, esto tiene que ver incluso con la seguridad individual, con la actitud y factores de distribución del ingreso.

Hacen falta nuevos modelos de influencia; así como en las redes estalla el reproche social, así también debe caer a nivel de calle. No solo exhibir sino inhibir; borrar comercialmente a las marcas y empresas; compartir para limitar los comportamientos reprobables y al mismo tiempo, informar y formar ciudadanos más capaces, cooperativos y solidarios. Esto no requiere de campañitas como las del pasado sino de una resolución contundente individual y colectiva para cortar de tajo esas tendencias.

2) El particularismo de la política. Otro tema muy complicado es como hacer para que los servidores públicos dejen de seguir el instinto natural por el que las personas tienden a favorecer a su grupo, su familia o sus intereses personales. Es decir, para combatir la corrupción hay que interiorizar una vocación de servicio a prueba de fuego.

Trabajar con transparencia, con una disciplina y eficacia enfocada en los grandes objetivos nacionales; tratar a todos sin distinciones, separar los asuntos públicos de los privados y dejar de hacer del aparato de gobierno un botín de unos cuantos para recuperarlo en favor de la sociedad se antoja una tarea titánica.

Ni las leyes, los impuestos, ni los proyectos y mucho menos los organismos públicos deben ser manejados como patrimonio de unos cuantos, enfocados en explotar a los ciudadanos bajo cualquier pretexto. Para limitar la corrupción hay que comenzar dejando de extraerle recursos a la sociedad y hacer negocio por supuestas causas ecológicas, el hambre y la pobreza.

En las formas de corrupción, debemos incluir el lucro que se hace con los programas sociales y que incluye el reclutamiento, alineamiento, la sumisión y el condicionamiento de grandes grupos sociales vulnerables. Hacen falta educación, información, formación responsable y el asumir las responsabilidades personales que contribuyan al orden social.

3) El sistema anticorrupción ejemplar. Desafortunadamente creer que la gente cambia solo con buenas intenciones ya no es absolutamente válido. Se requieren historias de fracaso, castigo y férreo combate a los corruptos.

Mientras las historias de impunidad sean comunes y frecuentes no se puede avanzar en contra de la corrupción. El impacto negativo de un escándalo, que desaparece de la atención de los medios y después de un tiempo se transforma en un caso notable como modelo de gestión, le dice a la sociedad que deje de creer o hacer porque -aunque se sepa- no pasa nada y al final, los malos funcionarios públicos pueden disfrutar de lo robado.

El camino de las leyes es muy intrincado; los procedimientos son muy complejos, las formas de escape son muchas; el estado no sabe litigar, siempre pierde; de nada sirve denunciar, no se recupera nada de lo robado; las penas son ridículas y la vida de francachela, excesos y derroche de los corruptos son la tentación permanente. Mientras esa telenovela se repita, se abona para que esas conductas se actualicen, se construyan nuevos modelos de transa y se vayan agregando y formando más especialistas de la corrupción.

El papel de las organizaciones sociales, fundaciones y personalidades que promueven esa cultura de cambio debe contar con el apoyo pleno y al mismo tiempo debe salir de campañas y discursos a las acciones cotidianas, los talleres y procesos de formación así como en la participación directa en el combate a la corrupción.

 

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