A nivel nacional, algunos resultados de las elecciones asustan, como los éxitos del UKIP en el Reino Unido, y del Frente Nacional en Francia, con sus programas radicales, xenófobos, eurófobos y antipolíticos.

 

 

Hace un par de décadas, la vejez del continente europeo era sinónimo de sabiduría. En todo el mundo la voz de los europeos resonaba como la voz de la experiencia de aquellos que habían logrado construir imperios, no sólo según una visión colonialista, sino cultural.

Durante siglos, el desarrollo de Europa ha coincidido con el concepto mismo de progreso. Sus ciudades mágicas y milenarias han sido la cuna de la civilización occidental, donde entre arte, filosofía y literatura han ido formándose los conceptos de libertad, democracia e igualdad.

Hoy en día la realidad ha cambiado. Tal vez debido a un normal proceso de evolución darwiniana, se mira al viejo continente como a un enfermo de demencia senil, que necesita comprensión y paciencia, más que veneración.

En este contexto, las elecciones del pasado fin de semana para renovar el Parlamento Europeo, es decir la institución legislativa representante de los ciudadanos, han sido percibidas como un asunto regional, total y exclusivamente interno a la Unión, más que un evento con impacto global.

Sin embargo, la falta de interés y entusiasmo hacia los asuntos europeos interesa primero a los mismos europeos: a pesar de que por primera vez los casi 400 millones de ciudadanos del bloque con derecho a voto tuvieron la posibilidad de elegir al presidente de la Comisión (el órgano legislativo que representa la Unión en su conjunto), la participación electoral ha sido sólo del 43.1%, lo que testimonia una desafección general al futuro de la Comunidad.

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De hecho, a la luz de los resultados, el descenso significativo en el apoyo a los partidos tradicionales se ha traducido en el triunfo del euroescepticismo. En efecto, si el balance entre la derecha mayoritaria de los demócrata-cristianos del PPE y la izquierda socialdemócrata del PSE no sufre sustanciales cambios, la verdadera novedad es la superación del bipartidismo tradicional, gracias a dos nuevos partidos, verdaderos ganadores: por un lado, el partido de los populistas, que como ave fénix ha emergido de las cenizas de la Europa en crisis, y por otro, el partido mayoritario en términos absolutos, es decir, los abstencionistas.

El evento principal de esta elección no ha sido, por lo tanto, la elección del presidente de la Comisión, como esperaban las fuerzas proeuropeas, sino el ascenso de los extremismos euroescépticos. Sin duda, a nivel nacional, algunos resultados asustan. Entre éstos los éxitos del UKIP en el Reino Unido, y del Frente Nacional en Francia, con sus programas radicales, xenófobos, eurófobos y antipolíticos.

Aún más horror, el escaño ganado por el partido neonazi NPD en Alemania, que sumado al 7% del partido antieuro Alternative für Deutschland, testimonian la expiración de la memoria histórica del pueblo alemán. Mismo discurso en Austria, donde el FPO, de ánimo de extrema derecha, creció del 8%, ganándose el tercer lugar.

También en Italia, Dinamarca, Grecia y España, los extremismos han eclipsado a los partidos tradicionalistas. En España, donde el bipartidismo ha sido tradicionalmente fuerte, los dos principales partidos no han logrado ni siquiera el 50% de los votos.

En toda Europa, los extremismos populistas se han convertido en los baluartes del ánimo de la protesta de los europeos, condenados a la austeridad económica por una clase política rica, corrupta, inepta e incapaz de dar respuestas eficaces a los problemas de la desocupación, la inmigración, el poder adquisitivo y la crisis del euro.

 

Euroescepticismo, ¿enfermedad o cura?

Por cierto, el éxito del euroescepticismo se traduce claramente en la defensa de políticas proteccionistas y nacionalistas. De hecho, a nivel nacional, las campañas electorales han dejado muy poco espacio a los temas europeos, y al mismo tiempo las elecciones se han transformado en una ocasión de castigo para los partidos de gobierno y sus resultados insatisfactorios, y en una ventana de oportunidad para las nuevas formaciones políticas y para los partidos pequeños.

El próximo Parlamento Europeo nace bajo las expectativas peculiares de cada país miembro, ya que los votos han sido expresión de problemas locales o nacionales, y no europeos. La UE siempre se ha caracterizado por su diversidad, pero la crisis del euro ha creado nuevas divisiones entre los Estados miembros, y el sueño europeo, de un pueblo y un gobierno unidos, parece ser todavía una utopía lejana.

La crisis económica ha revolucionado el escenario político y ha favorecido la aparición de una nueva geografía política, reorganizando las divisiones dentro las naciones, con la instauración de nuevas fuerzas y nuevos líderes políticos, y también dentro de la Unión, con una fractura siempre más marcada entre periferia y núcleo. Núcleo que sufre él mismo por la pérdida de identidad: en los últimos años, el centro de poder decisorio se ha desplazado de Bruselas a Berlín, sin traducirse en una mayor coherencia o eficiencia políticas, y una brecha insalvable parece alejar París de Berlín.

Con las recientes elecciones, los europeos han denunciado su ganas de cambiar, pero sin preocuparse en qué dirección va este cambio. Paradojamente, el único aspecto transnacional emergido por el voto es justamente el escepticismo. Las mismas coaliciones transnacionales son capaces sólo de pensamientos limitados en términos de políticas europeas.

Si interpretamos con optimismo este fuego populista, podríamos esperar que el nuevo Parlamento diera voz a la parte más vulnerable de los europeos, cambiando el enfoque de la Unión desde el mercado hacia sus ciudadanos. De hecho, el populismo ha logrado encanalar la rabia y la frustración de la gente en el marco político, ahogando el potencial recurso de la violencia o de la protesta armada.

Por otra parte, los éxitos de los extremismos, sobre todo derechistas, podrían tener un precio demasiado alto, hasta una peligrosa deformación de los valores que constituyen la política y la sociedad.

En la crítica contra la Europa como inútil máquina burocrática al servicio de los bancos, y en la difusión de los sentimientos antieuropeos, subyace la aniquilación del proyecto de paz europeo. No se trata solamente de un discurso ético y moral, sino también económico, ya que la inestabilidad política es la primera enemiga de los mercados.

 

La pequeña memoria de los europeos

El escenario mostrado por el resultado electoral es mucho más grave que una mera denuncia de las debilidades de la Unión Europea. El riesgo es que las olas nacionalistas derechistas resuciten los extremismos fascistas, que los europeos se habían convencido de haber enterrado gracias justamente a la creación de una Europa unida.

Por más utópico y sentimental que pueda parecer la idea de una comunidad de Estados construida sobre pilares culturales y no sólo económicos, el proyecto europeo tenía la valiente ambición de crear generaciones “iluminadas”, movidas por el deseo común de liberté, egalité, fraternité, más allá de las fronteras estatales.

El éxito del FN de Marine Le Pen en Francia, un partido que se ha batido largamente por la reinstauración de la pena de muerte, la ruptura de los tratados en materia de asilo, el rechazo del Acuerdo de Schengen sobre la libre circulación, el cierre de las fronteras, así como la supervivencia de los viejos fascismos, y el nacimiento de los populismos extremos, hace dudar sobre la evolución cultural de las nuevas generaciones europeas.

Considerar que la prosperidad de los populismos es simplemente un efecto de la desesperación causada por la crisis es una simplificación de un problema que va mucho más allá de la situación económica del viejo continente.

Los europeos tienen derecho a querer un cambio, pero tienen el deber de reflexionar sobre la dirección que este cambio va tomando. El peligro de los populismos europeos es esa base de ignorancia que estos mismos partidos alimentan.

Por eso mismo, el primer desafío para la Unión es justamente mejorar su base cultural, dado que, como afirma un viejo dicho italiano, “la madre de los idiotas siempre está preñada”.

 

 

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