Durante la Segunda Guerra Mundial, la situación de los países árabes era muy diversa entre sí. Mientras El Cairo era el centro de la toma de decisiones económicas y militares británicas, en el resto de los Estados Árabes era muy diferente.

Concretar la idea del Panarabismo no fue fácil, sin embargo, después de grandes esfuerzos diplomáticos que cristalizaron en la Conferencia de Alejandría en 1944 y la de El Cairo en 1945, se creó la Liga Árabe con sede en El Cairo y con una estricta restricción a la intervención en los asuntos internos de los países miembros.

Para este mecanismo de cooperación, se establecieron como principales objetivos: fortalecer las relaciones entre los Estados miembros, coordinar sus políticas para salvaguardar su independencia y soberanía, y en general, todo cuanto afectaba a los asuntos e intereses de los países árabes. También se estrechaba la cooperación en materia económica, en comunicaciones, en asuntos culturales y en las políticas de bienestar social.

Y algo que destaca de manera importante es el acuerdo de no recurrir a la fuerza para resolver controversias intrarregionales. Con siete países fundadores, la Liga Árabe se unió al grupo de organismos internacionales que al término de la Segunda Guerra, buscaron un espacio para posicionar a la región como actor alineado a Gran Bretaña y los aliados victoriosos. Seis países más se integraron a la Liga entre 1953 y 1962 y ocho países más (entre ellos Catar) se unieron al organismo entre 1971 y 1977.

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A lo largo de la existencia de la Liga Árabe, diversas crisis se han presentado en la región. Desde el latente conflicto entre Israel y Palestina, hasta las guerras civiles y las crisis regionales como la Primavera Árabe. Sin embargo, la crisis regional que se avecina por el aislamiento de Catar por parte de países como Egipto (fundador de la Liga Árabe), Arabia Saudita (fundador de la Liga Árabe) y Bahréin (miembro de la Liga Árabe desde 1971) y Emiratos Árabes Unidos (miembro de la Liga Árabe desde 1971) no es únicamente detonada por factores energéticos, económicos y políticos. Esta crisis tiene más que ver con la asociación de Catar (país con 300,000 habitantes) a asociaciones terroristas como la Hermandad Musulmana, Estado Islámico y los grupos Shiítas de Irán y por supuesto con la reciente visita de Donald Trump al Medio Oriente.

Posterior a su visita y como ya se está haciendo costumbre en el primer mandatario estadounidense, comentó a través de su cuenta de Twitter al mencionar a los líderes árabes que ya no se permitiría el financiamiento a ideologías radicales, estos automáticamente tomaron acciones sobre Catar.

Estas acciones son básicamente el bloqueo económico y comercial, así como la suspensión de relaciones diplomáticas, con lo que se espera haya una disminución importante al suministro económico que Catar realiza sobre los grupos más radicales del Medio Oriente. Esto, en la visión de Donald Trump, debe tener un alto impacto en las operaciones terroristas alrededor del mundo.

Habrá que ver sí en realidad el radicalismo responde con una baja de intensidad a sus operaciones alrededor del mundo o sí es que este intento de Trump por intervenir directamente en la agenda del Medio Oriente no trae como consecuencia un estallido de violencia como repudio al intervencionismo occidental que desde los años setenta ha movido radicalismos alrededor del mundo.

 

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