México está atravesando una severa crisis de confianza: de los mexicanos y mexicanos entre sí y también hacia las instituciones. No me refiero a que los “mercados internacionales” desconfíen de nuestro país, pues parecería que ellos creen más en nuestro país que nosotros mismos.

La Asociación Civil México Sí Merece, de la que soy cofundador, recientemente lanzó la Encuesta Nacional de Valores en la Práctica 2018. Los resultados muestran, de manera evidente, esta conclusión:

Los ciudadanos(as) no confiamos en las instituciones de los tres niveles de gobierno (municipal, estatal y federal), y dentro del federal no se confía en ninguno de los tres poderes: Judicial, Legislativo y Ejecutivo. El 75% de quienes respondieron nuestra encuesta (1,050 personas) considera que en su gobierno municipal no se vive la honestidad; el 80%, que no hay honestidad en su gobierno estatal; y el 85% afirma que en el gobierno federal no se practica la honestidad. El grado de decepción de los ciudadanos respecto al gobierno no tiene precedentes.

A estas condiciones hay que sumar los siguientes datos: el 74% de los participantes no cree que los medios de comunicación tradicionales, como la televisión, la radio y la prensa escrita, les dicen toda la verdad sobre lo que sucede en el país, lo cual explica, en buena medida, por qué los mexicanos(as) optan cada vez más por medios digitales.

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En cuanto al sistema de justicia, los resultados dan muestra de lo que tanto se ha ventilado: que la justicia en nuestro país está tomada, corrompida, minimizada y en un estado de letargo e ineficiencia histórico. El 34% de la población dudaría en denunciar un delito, y tan sólo 6% confía en que se llegaría a resolver un delito denunciado.

Cifras en otros apartados de la encuesta abonan el argumento de que estamos en medio de una crisis de confianza en México: sólo 30% de quienes respondieron considera que los líderes empresariales viven con valores y ética, y sólo el 32% cree que sus propios colaboradores de trabajo practica la ética y valores en su desempeño. ¡Vaya!, el mismo ejército, las instituciones educativas y las instituciones religiosas han comenzado a perder la credibilidad de la que tanto gozaban.

Múltiples estudios internacionales demuestran que, para que una persona crezca, se desarrolle, progrese, es fundamental la confianza. En entornos y con relaciones de confianza se puede planear, operar con eficiencia e innovar. Ante la ausencia de confianza, la persona se la pasa protegiéndose, en lugar de planear y operar; los conflictos secuestran la eficiencia; las traiciones rompen las relaciones; las reglas no se respetan, y el cerebro se la pasa saturado y estresado, en lugar de estar libre para generar soluciones creativas. Llevemos esto a nivel familiar: Una persona no puede planear, ser feliz y trabajar eficientemente, si vive en desconfianza de lo que hace su pareja.

Lo mismo sucede a nivel nacional: ¿Qué empresa u organización puede planear a cinco o 10 años (mínimo necesario), si no confía en el rumbo que el gobierno toma, o si considera que el gobierno no es justo ni aplica la ley en un país? ¿Qué ciudadano puede vivir en paz, estudiar y trabajar con eficiencia, y generar grandes ideas cuando no cuenta con la certidumbre básica necesaria de que las instituciones de justicia lo protegen? Un país no crece cuando hay desconfianza entre los ciudadanos y de los ciudadanos hacia las instituciones. Si a esto le sumamos desconfianza de personas y organizaciones en el exterior, se genera una crisis. Sin duda, desconfianza mata desarrollo.

Una de las tareas del próximo gobierno, incluyendo cámaras legislativas, es sentar las bases de la confianza nacional. Muchos tenían la esperanza de que así fuera; por ello, emitieron su voto como lo hicieron. Los elegidos tendrán que responder cumpliendo, como condición básica para generar confianza, pero también siendo incluyentes, innovadores, eficientes, honestos y transparentes. El reto no es sencillo: la confianza tarda años en desarrollarse, pero se destruye en minutos.

 

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