Según los estudios de neuroimagenología que presenta Dan Ariely en su libro “Dollars and Sense”, pagar por un bien o servicio estimula las mismas partes del cerebro involucradas en el procesamiento de sentir dolor físico. Esto quiere decir que, cuando pago unos tacos al pastor, mi cerebro percibe el mismo dolor que cuando mi dedo chiquito del pie choca con la base de mi cama.

La molestia dependerá de la intensidad del golpe, o bien, de la cantidad de dinero que debemos pagar. El dolor no será tan intenso cuando pague esos tacos, en comparación con el pago de la tenencia de mi auto o de mi tarjeta de crédito cada fin de mes. Así como no es lo mismo pegarse en el dedo chiquito del pie que romperse el dedo gordo de la mano con un martillazo.

Sentir dolor es importante, pues nos recuerda ser precavidos cuando nos levantamos a media noche medio dormidos para no golpearnos con la base de la cama. Por ello, ese sentimiento nos protege de malgastar el dinero que tanto trabajo nos ha costado ganar.

Así pues, Dan Ariely concluye que el dolor que sentimos al pagar por algo está directamente relacionado a dos conceptos: tiempo y atención.

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Tiempo

La duración que hay entre el momento en que pagamos hasta que consumimos el bien o servicio, genera dolor. Por ejemplo, si estás planeando ir a Rusia 2018 con tus amigos, el dolor se verá sumamente disminuido si empezaste a pagar por ese viaje en enero. En julio te subirás al avión, entrarás al estadio, disfrutarás ver cómo México le clava dos goles a Alemania y regresarás feliz de la vida. Incluso el sentimiento que tendrás será de alivio, pues sentirás que habrás ahorrado dinero al ser tan precavido.

En cambio, tu cuate holgazán y desorganizado que se une al plan en el último minuto habrá de preferir romperse los 10 dedos de las manos con un rotomartillo, ya que el sentimiento de dolor se intensificará cuando tenga que buscar en su cartera la mínima cantidad de 800 dólares (en efectivo) para comprar su boleto en reventa. Mientras él sentirá un martillo golpeando su dedo, tú estarás aliviado de haber pagado “solamente” 250 dólares por la misma entrada. Además, como fue en seis pagos, la verdad es que ya ni lo sientes, es casi como entrar gratis.

El tiempo que pasa entre el pago de un bien o servicio, y el momento en que se consume, aumenta o disminuye el sentimiento de dolor que experimenta cada uno de los sujetos.

Atención

El dolor del pago está directamente relacionado a qué tan conscientes estamos del pago que realizamos. En el ejemplo mundialista, el hombre precavido (además de valer por dos) es mucho menos consciente del monto pagado y está mucho más concentrado en la felicidad de vivir el momento. Celebrará el gol del “Chucky”, la salvada de “Paco Memo” y la segunda anotación de “El Tecatito”.

En cambio, el amigo holgazán seguirá haciendo cuentas mentales de lo que pudo haberse comprado con los 550 dólares adicionales que pagó por comprar su boleto en reventa y, Dios no lo quiera, evaluará si en verdad valió la pena gastar 800 dólares en un partido de futbol. La atención del segundo hombre estará sumamente ligada al monto que acaba de desembolsar y no tan cercana a la experiencia del momento.

Así pues, el dolor del segundo aficionado mundialista será mucho mayor (cuatro veces más según  Ariely) que el dolor que sentirá quien pagó por su boleto desde enero. Resulta claro que el dolor de pagar es una función del tiempo y la atención que le damos al pago.

Dolor por pagar = Tiempo + Atención

Esta función del dolor del pago me hizo reflexionar sobre mi visita a Singapur en estos últimos días de marzo. Tuve la enorme oportunidad de participar en una serie de conferencias sobre Geopolítica, Comercio Internacional y Desarrollo Económico de Asia, Europa y Norteamérica.

Más allá de los interesantísimos temas discutidos, uno de los mayores aprendizajes lo obtuve de la propia visita y la afortunada sesión con el embajador Nathan Wolf (aunque su nombre no lo sugiera, Nathan es el embajador de México en Singapur).

La reflexión fue: ¿qué tan intenso habrá sido el dolor que sintieron los singapurenses para llegar al estado de sofisticación que disfrutan el día de hoy? Mi respuesta: muy intenso.

Para dar algo de contexto, les cuento que Singapur tiene una superficie un poco más grande que Cozumel. En ese pequeño territorio han logrado desarrollar un puerto que mueve más contenedores que todos los puertos de México juntos.

Con una población de 5.5 millones de habitantes, de los cuales 3 millones son locales y 2.5 millones extranjeros, han logrado incrementar su territorio “comiéndole” espacio al mar en casi 25% (de 581 km² a 720 km²) gracias a todas las técnicas de construcción que han generado. Además, tiene los primeros lugares en cuanto a desarrollo de tecnología para desalinizar y purificar agua, ya que la isla no cuenta con agua potable.

Singapur ha logrado eliminar el tráfico de sus calles otorgando licencias limitadas para controlar el número de automóviles. Un permiso para tener un coche por los próximos 10 años puede costar hasta 120,000 dólares sin tomar en cuenta que el precio del auto llega a ser hasta cuatro veces más alto que en México (¿se imaginan lo adoloridos que están los singapurenses si los comparamos con los mexas?).

Por último, estoy seguro de que la razón por la cual Singapur logró este nivel de sofisticación fueron los principios bajo los que fue regenerada: Meritocracia, pragmatismo y cero tolerancia.

Recordemos que la isla no tiene ningún tipo de recurso natural, ninguno, y fue poblada con una mezcla de indios, malayos y chinos no deseados por sus países. Esta combinación de creencias, religiones y costumbres generó problemas sociales, inseguridad, desigualdad social, corrupción… Suena familiar ¿no?

Tan grave se puso el asunto que Malasia prefirió “regalar” el territorio y no tener que resolver algo que parecía irreparable. Entonces, ¿quién podría ayudarlos? A diferencia de México, en Singapur no llegó el “Chapulín Colorado”, llegó Lee Kuan Yew e instauró los principios antes mencionados y que ahora describo brevemente:

  • Meritocracia: sólo las personas más capaces estarán destinadas a los mejores trabajos (públicos y privados)
  • Pragmatismo: no quieren inventar el “hilo negro”, si ya existe y funciona en otros lados del mundo, hay que copiarlo y mejorarlo si se puede.
  • Cero Tolerancia: todas las condenas tienen algún tipo de pena corporal. Pena corporal en el sentido literal de la expresión – hay azotes y pena de muerte. Si tiras basura en la calle acabas en la cárcel con varios azotes (sí, eso incluye colillas de cigarro, es basura). Además, no puedes mascar chicle en la calle porque está prohibida su compraventa. Espero esté clara la idea de lo que pasa si robas, haces fraude o te agarran en actos de corrupción.

¿Cuál ha sido el resultado de la aplicación de estos tres principios? Modernidad, crecimiento económico y mejor redistribución de la riqueza.

Singapur es la puerta de entrada para un mercado de 600 millones de habitantes del sureste asiático. Por supuesto que surge el argumento: Esto sería imposible de implementar en México, funciona para 5.5 millones de habitantes que son como maquinitas, pero no para casi 130 millones de personas muy creativas y espontáneas. Sin embargo, habría que considerarlo.

Más allá del resultado de la reflexión, creo firmemente que podemos dar pasos hacia una sociedad más parecida a la singapurense. Piénsalo, la enorme mayoría de los mexicanos estamos preocupados por temas de corrupción, educación y seguridad. Para esos tres rubros podemos seguir los pasos inspirados en los principios de meritocracia, pragmatismo y cero tolerancia:

  1. Corrupción: disminuir la interacción entre personas y así evitar la “mordida” (las fotomultas en la CDMX son un buen ejemplo de este funcionamiento).
  2. Educación: programas educativos con las mejores universidades del mundo. La Universidad Nacional de Singapur (NUS) tiene convenios con el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) para ofrecer programas combinados.
  3. Seguridad: implementar penas más severas (incluida la pena de muerte) para establecer una mejor relación costo/beneficio percibido al realizar un acto criminal.

Por supuesto que esto abrirá la puerta a una discusión sobre derechos humanos, pero terminaría ese debate con el siguiente planteamiento: ¿a qué mayor derecho deberíamos aspirar que al de poder caminar por nuestras calles y parques de manera segura y libre?

Considero que mientras esto no sea posible y siga aumentando el temor a hacerlo, resultará difícil continuar por el camino de la protección de los derechos humanos de corruptos y criminales. Sin duda una discusión muy compleja e imposible de resolver en dos párrafos.

Para terminar, regreso a mi planteamiento original: ¿cuánto dolor habrán sentido los fundadores de Singapur para poder llegar al punto actual? Sin duda mucho, pero valió la pena.

Creo que es muy importante tener presente que, así como cuando hacemos un gasto sentimos dolor, y este dolor depende del tiempo y la atención que pongamos en la acción de pagar, construir una sociedad libre de corrupción, con una mejor educación y una mayor seguridad, tiene un alto costo que será doloroso pagar.

Hoy estamos en una posición donde podemos hacer una especie de prepago por los cambios necesarios en nuestra sociedad. No seamos como el amigo holgazán que quiere comprar su boleto en el último minuto, el dolor de hacerlo será tan intenso que seguramente provocará que lo evitemos.

Sentir un poco de dolor no es malo, sobre todo cuando es un medio para llegar a un fin mejor.

 

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