A partir de los siglos XX y XXI, la mayoría de los conflictos bélicos ya no obedece al expansionismo territorial, ni al nacionalismo liberal del siglo XIX, sino a procesos de descolonización, movimientos de liberación nacional y la exacerbación del nacionalismo.

 

 

Una de las principales causas de las guerras durante los imperios y tras el nacimiento del Estado fue el expansionismo territorial.

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El siglo XIX estuvo marcado por innumerables conflictos de esta naturaleza, pues el expansionismo territorial se convirtió en la política de los Estados europeos con la intención no sólo de ampliar sus territorios, sino en la búsqueda de extender su franja de seguridad. De ahí la constante conformación de alianzas (por ejemplo la triple alianza entre Alemania, Austria e Italia).

La política exterior entonces aplicaba medidas de anticipación por las que al asumir la existencia de un posible enemigo, existía la agresión como medida inhibitoria de un contrataque. De ahí que podamos encontrar que una de las formas de adquisición del territorio fue la conquista y la ocupación, que en algunos casos, al no ser territorios desocupados o terra nullius, supusieron el aniquilamiento de pueblos enteros a fin de fundar nuevas culturas.

A partir de los siglos XX y XXI, la mayoría de los conflictos ya no obedece a este expansionismo territorial, ni al nacionalismo liberal del siglo XIX, sino a procesos de descolonización, movimientos de liberación nacional y la exacerbación del nacionalismo.

El nacionalismo “es una ideología y un movimiento sociopolítico, basado en la conciencia de la nación, que expresa la creencia en la existencia de ciertas características comunes en una comunidad nacional o supranacional, y el deseo de modelarlas políticamente. El sentimiento de pertenencia a la nación propia se llama patriotismo, que llevado más allá de ese sentimiento se convertiría en nacionalismo”.

Se vincula entonces el nacionalismo a la ideología y a una conciencia de pertenencia a una cultura específica. En ningún caso se acota al territorio como una especificidad para que los nacionalismos existan; por ejemplo, el pueblo judío antes de la conformación del Estado de Israel.

En el siglo XX hay muestras de distintos tipos de nacionalismos, por ejemplo un nacionalismo con base en ideas racistas como en Alemania y el nacional-socialismo o en Italia a través del fascismo, o bien un nacionalismo proveniente del proceso de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial, o el nacionalismo étnico del poscomunismo.

La realidad es que no existe un Estado sin características multiétnicas (o no se quiere reconocer), por lo que los choques entre grupos, diría Samuel Huntington, generan enfrentamientos que van desde guerras comunitarias, pasando por secesiones o movimientos separatistas, hasta rebeliones y guerras civiles.

El laboratorio político donde se observó este nacionalismo étnico se encuentra específicamente en el caso de la extinta Yugoslavia, donde en algún grado participó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y que nos lleva al cuestionamiento de ¿por qué no participa en otros conflictos de similar naturaleza como los armenios en Azerbaiján o las minorías en Ucrania o en Moldavia, o con otros movimientos en Cachemira o Sudán, o en la oposición entre Israel y Palestina? No encontramos que participe con el mismo rigor que en la extinta Yugoslavia, donde se reconoció la secesión o separación unilateral de las partes que la componían, y que hoy son sujetos con personalidad legal en el plano internacional.

El nacionalismo en la actualidad, llevado a la interpretación radical de la ideología de los pueblos, ha creado conflictos de grupos al interior de los Estados o territorios, llevándolos incluso a la confrontación directa más allá de lo que dispone el derecho internacional humanitario. La respuesta internacional a estos conflictos ha sido mínima al lado de las pérdidas de vidas humanas de los no combatientes. Corresponde a la ONU y a los Estados parte el mantenimiento de la paz como parte de su mandato original. La pasividad ante el interés político en los conflictos cuestiona la fuerza del derecho.

 

 

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