Seguro han tenido la sensación, no hay forma de evitarla. Algo los molesta, hace que giren en la cama, sienten el sudor de su cuerpo en las sábanas. El asunto crece hasta espantar el sueño. La situación es molesta porque no sólo interrumpe el descanso, sino que, posiblemente, sea una señal de algo más grande rebotando en nuestra cabeza.

Santiago (Leonardo Ortizgris) pasa por dicho proceso todas las noches. Al dormir se sueña atrapado en un estacionamiento, la única salida es una puerta llena de luz que nunca se atreve a cruzar. Despierta y todas las madrugadas realiza el mismo ritual: ir a la tienda para distraer la cabeza, ahí juega y platica con la encargada, Dany (Cassandra Ciangherotti), para regresar con el alba a casa y ver a su mujer distante, lista para salir a trabajar, sin un gesto en el rostro de extrañeza por su comportamiento. Un día llega una nueva insomne a la tienda, Estela (Alejandra Ambrosi), una veterinaria también cargada de problemas que se unirá de manera irremediable al club.

El Club de los Insomnes (2017), dirigida por Joseduardo Giordano y Sergio Goyri Jr., aborda la manera en que afrontamos nuestros problemas, lo complicado de resolverlos y los espacios de fraternidad que creamos para sobrellevarlos. Los tres personajes principales de la película temen dar solución a aquellos que los acongoja, por miedo a que abrir la puerta sólo empeore las cosas, es más sencillo encontrarnos en nuestras fallas.

Estos temas unen a la cinta mexicana con filmes como Clerks (1994) –sobre todo en lo visual–, El club de la pelea (Fight Club, 1999) o Perdidos en Tokio (Lost In Translation, 2003), donde los personajes deambulan desconectados de su cotidiano y encuentran empatía en lugares inesperados. Santiago acude todos los días a su trabajo, en una oficina gris, donde el resto de los trabajadores muestra un falso compañerismo, para después ir a casa y enfrentarse al abismo de su relación. La rutina mata, consume, y más cuando nos negamos a salir de ella o no tenemos las herramientas necesarias para hacerlo.

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Santiago busca ayuda con una especialista, que parece juzgarlo más que auxiliarlo. Su severa mirada, que hace eco de la de su pareja, está cargada de decepción por la ausencia de resultados respecto a su depresión. En una sociedad que nos empuja a estar feliz todo el tiempo, la tristeza nos incomoda porque cuestiona nuestro estado de ánimo. Es imposible estar bien siempre, aun cuando allá afuera exista gente que parezca estarlo. De ahí la importancia del contacto humano en medio de la sensación de fracaso.

Este “club” es un oasis, un espacio de confianza transitorio antes de tener el valor de mirar a los ojos a nuestros demonios. Las personas cercanas, las que importan, son aquellas que aceptan las fallas, las tristezas, porque saben que el proceso es recíproco, nosotros hacemos lo mismo por ellos (por eso en la cinta no faltan los momentos de comedia, puntuales y efectivos). Eso no significa que el paso no se deba dar, la puerta luce amenazante, pero vencerla sólo puede fortalecernos.

Es un proceso, aunque duela.

 

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