Nuestra manera de vivir y la actitud que tenemos ante cualquier acontecimiento se rigen por 3 componente básicos: acciones, pensamientos y emociones.

Son justamente las emociones las más antiguas y básicas de toda nuestra gama de reacciones, y aunque hemos tenido cientos de años para aprender a controlarlas, aún nos siguen dominando. Las empresas familiares se caracterizan por una dinámica que las diferencia de las que no lo son: las relaciones interpersonales. Determinadas por un componente afectivo, generacional y hereditario que más de una vez hace que la toma de decisiones se convierta en una lucha que conduce por caminos equivocados. Por ello, la comprensión y el buen manejo de las emociones son sin duda alguna habilidades y características clave que deben formar parte de la estrategia de cualquier empresa familiar, proyectándolo también a todas las partes del equipo, sean familia o no.

Al respecto, el objetivo del fundador de una empresa, o de quien esté a cargo de un equipo, debe ser aprender a gestionar sus emociones para:

  • La convivencia diaria entre integrantes, colaboradores y socios.
  • Mantener el equilibrio.
  • Establecer relaciones armoniosas con él mismo y con los demás.
  • Reconocer y aceptar sus sentimientos y los ajenos.
  • Salir de situaciones conflictivas sin dañarse a sí mismo, ni a terceros.

De esta manera, valorará e intentará conseguir lo que es mejor tanto para la familia como para la empresa. El reto, claro está, es lograr el equilibrio: no perder la familia por la empresa, ni la empresa por la familia.

No se puede escapar a la paradoja

Dice el dicho: «Tanto quiso el diablo a su hijo que hasta le sacó los ojos». En el amor, como en los negocios, la pasión desmedida trae malos resultados. Y no está de más recordar otra máxima popular: «A la familia y los negocios, ni todo el amor ni todo el dinero». Es otra forma de exponer lo que Stephen Webster llama la paradoja empresarial, es decir, que el mismo elemento que lleva a alguien a iniciar un negocio es el que también termina destruyéndolo.

Cuando tenemos en cuenta la definición de paradoja, sabemos que se trata de expresiones que aparentemente envuelven una contradicción. Así pues, en el campo semántico de los negocios existen ciertas paradojas, particularmente aquellas en las que se enfrentan la familia y el negocio. Dicho esto, en lugar de tener que elegir entre la familia y la empresa, es preciso argumentar que las empresas y sus integrantes, pueden, conscientemente, gestionar y con el tiempo, sintetizar este tipo de contradicciones, de tal forma que la empresa adquiera ventajas competitivas y estratégicas a largo plazo, resultado de un compromiso constante.

En la actualidad existen diversos tipos de paradojas en las empresas familiares, desde la sinergia entre generaciones de la familia, las tradiciones, hasta la difícil decisión de priorizar y escoger entre la empresa y la familia.

Los dos excesos

El común denominador de los fundadores de empresas familiares es una pasión que les sirve de resorte para concretar sus ideas. Tienen esa luz que les permite ver ventanas de oportunidad que otros pasamos por alto. Son personas que creen con determinación en sus proyectos y que en un momento determinado, son capaces de huir de su zona de confort con tal de perseguir sus sueños y hacerlos realidad. Están tan seguros de lo que traen entre manos que abandonan la comodidad de un sueldo seguro o de una carrera ejecutiva ascendente, ponen en juego ahorros y demuestran tal entusiasmo y pasión que son capaces de convencer a otros para que se sumen. Sin embargo, también es necesario tener presente la reflexión de Blaise Pascal, quien señala, «existen dos excesos: excluir la razón y no admitir más que la razón».

El arte de manejar un negocio familiar exitoso significa saber enfrentar las paradojas inherentes de este tipo de empresas. Es muy fácil decir que la respuesta radica en malabarear sin perder el equilibrio entre la familia-empresa. El sistema de una y otra entidad está compuesto de diferentes normas, creencias y valores, lo que significa que enfrentan conflictos de manera diferente.

Es tan contagiosa la fe y confianza que los empresarios familiares tienen a sus proyectos, que varias personas —entre proveedores, financieros, posibles socios…— los apoyan y se muestran deseosos por participar, tener una relación de negocios sólida y no quedarse fuera de la jugada. Los clientes llegan atraídos por el placer de ver satisfechas sus necesidades y, seducidos en el círculo virtuoso, el camino se pone en marcha. Ese es el lado positivo de la pasión empresarial. Ese que lleva a propios y extraños a creer y a tener esperanza en algo que aún no pueden ver. Pero, como casi todo en la vida, la pasión tiene dos lados.

Esta pasión que lleva a levar anclas e izar velas para adentrarse en el mundo empresarial, es la misma que puede hundir negocios. El lado negativoes este ensueño que ciega a los fundadores de la empresa familiar, los lleva a la cúspide de la autosuficiencia y los conduce a tomar malas decisiones en los peores momentos. Como convertirse en Ulises embriagado por el canto de las sirenas. El entusiasmo desmedido, combinado con la falta de análisis y de evaluación de riesgos, se convierte en la maldición del cuento que mata a la gallina de los huevos de oro; es lo que lleva a las empresas familiares a su cierre anticipado. La clave está en ese “darse cuenta”. Si al momento de tomar una decisión te das cuenta de que no has evaluado los riesgos ¡Detente! Estás cegado por tus emociones.

Signos que indican mal rumbo

El primer signo de que la pasión empresarial se está encaminando al lado incorrecto, es cuando la impaciencia se vuelve el principal motor que impulsa una decisión para un proyecto o un nuevo negocio. Si los autores de la idea están tan embelesados que demuestran un optimismo exacerbado y son incapaces de evaluar las debilidades y los riesgos, algo anda mal. Otra señal es tratar de ser el hombre orquesta del proyecto, el amor por sus hijos y el apasionamiento los lleva a creer que, si no son ellos o sus hijos los que están a cargo de cada tramo de decisión, de cada momento operativo, entonces las cosas saldrán mal. En consecuencia, son incapaces de delegar o de administrar adecuadamente el tiempo, creando cuellos de botella que terminan asfixiándolos.

Otra paradoja importante en el ámbito familia-empresa refleja principalmente la inclinación por la tradición (costumbres) o por el cambio entre generaciones. Las familias empresarias invierten años de sudor y lágrimas para alcanzar un óptimo desarrollo y crecimiento. A medida que buscan combinar satisfactoriamente el amor a la familia con la rentabilidad de la empresa, la familia enfrentará un dilema: seguir haciendo las cosas como se han hecho desde el principio, o enfrentar un cambio radical en la manera de operar y de administrar el negocio.

El principal foco de alarma es cuando un fundador no es capaz de planear o imaginar lo que sucedería si el sucesor de la dirección de la empresa no es de la familia. Al no existir un plan alternativo, y al no tener líneas de acción de reemplazo, el riesgo aumenta. En caso de presentarse desviaciones, no hay una forma suave de corregirlas. Entonces comienzan los palos de ciego, las decisiones precipitadas, los movimientos exagerados que una empresa familiar, por muy sana que se encuentre financieramente, no soporta y en muchas ocasiones muere o tiene que ser vendida prematuramente para no perder el patrimonio.

La pasión como motor, no freno

Es necesario que los fundadores y sus familias comprendan y aprecien sus raíces, que se vuelvan sujetos de la comprensión del ambiente externo del negocio, de las amenazas y oportunidades que les permitirán la continuidad del legado familiar, el crecimiento de la utilidad y sobre todo, la adquisición de la experiencia. Se trata de lograr una armonía que envuelva la confianza con la integridad, entre el bienestar de los colaboradores y las prácticas llevadas a cabo.

En el mundo de los negocios, la pasión es un valor mágico que echa a andar la rueda de la rentabilidad, siempre y cuando esté sustentada en un buen análisis y basada en premisas correctas y en escenarios que den cabida a cursos alternos de acción. No existe la menor duda: la pasión es el motor que lleva a perseguir sueños y concretar ideas. Sin embargo, debemos cuidar que ese valor que le damos a nuestras emociones no se convierta en un freno, que nos permita dar pasos certeros y elegir las opciones adecuadas que permitan que la empresa cumpla con su misión, y como consecuencia, la familia también reciba de manera correcta los frutos de su inversión en el proyecto empresarial. En la vida, como en los negocios, hay que hacer como dice el dicho: «El corazón ardiente y la cabeza fría».

Para ir más allá de la confusión de la complejidad de los negocios familiares, los empresarios deben abandonar la búsqueda constante por lo inmediatamente práctico y paradójicamente, comenzar a entender las ideas y valores subyacentes que han formado el mundo en el que trabajan. Encontrar un equilibrio en la relación familia-empresa significará el éxito del negocio y la conservación de la tan anhelada unidad y armonía familiar. Esto solo puede alcanzarse si reconocemos que el papel de las emociones es primordial, con la responsabilidad y madurez que requiere de los involucrados.

Apostarlo todo, darlo todo, no quedarse con nada o no guardarse nada está bien, esa es, de hecho, una actitud de los ganadores; pero, si las decisiones no se toman correctamente y si no se miden las fuerzas, se estará transitando por el camino de la derrota. El caballo desbocado puede salir y ganar la carrera; pero también puede llegar último o perderla.

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