cintillo

 

 

El 2013 será recordado como el año en que se disparó la industria de la impresión tridimensional, un preámbulo perfecto para la explosión que se avecina en 2014, cuando venzan patentes clave.

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En varios aspectos, el futuro ya está aquí, pero no luce como nos lo habíamos imaginado cuando éramos niños. Aún no hay autos voladores, ni teletransportación, ni hemos conquistado ningún otro planeta del Sistema Solar, pero sí tenemos internet ubicuo, videollamadas, autos eléctricos y nos acercamos cada vez más a poder fabricar casi cualquier cosa desde la comodidad de nuestra casa.

Quizá no sea como en los Supersónicos, pero la tecnología ya ha hecho posible la impresión de piel humana, prótesis óseas, una motocicleta, una pistola y una creciente lista de objetos que se amplía a cada minuto. Hablamos del fascinante mundo de la fabricación digital.

Arturo Zamora, cofundador de Estudio Huella Cero, un despacho de diseño y arquitectura que se ha dedicado desde hace cuatro años a la fabricación digital, explica que “podemos dividirla entre la que quita material, la que agrega material y la que lo deforma”; las impresoras 3D se ubican en la segunda categoría.

Pero empecemos por el principio: llamamos impresión 3D al proceso técnico de fabricación de un modelo tridimensional físico, a partir de un archivo digital porque es la forma más práctica de denominarlo, aunque en realidad se trata más bien de un proceso de fabricación por adición.

Fue en los alocados años 80 que se lograron avances técnicos en el área y se patentó el primer sistema de impresión, denominado ‘estereolitografía’, que fabrica un objeto lanzando un haz de luz ultravioleta sobre un contenedor con una resina que reacciona a dicha luz endureciéndose (un ejemplo en video, aquí). Dicha patente caducó hace unos meses y ya empiezan a venderse modelos de escritorio de impresoras que usan ese proceso, entre ellas Form Labs.

Si bien existen varios procesos distintos de impresión en 3D, actualmente el más popular, por su practicidad, eficiencia y costo, es el de Modelado de Deposición Fundida (FDM, por sus siglas en inglés), que utiliza una técnica aditiva en la cual la impresora va fundiendo un filamento de plástico, madera o metal para formar un objeto, así:

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Dicha tecnología fue patentada en los años 80 por la empresa Stratasys y venció a finales de la década de los 2000, dando pie al surgimiento del movimiento  RepRap, que plantea la posibilidad de hacer máquinas que sean autorreplicables, es decir, que una máquina pueda hacer la mayoría  de otra máquina.

 

Antes de la avalancha

El proyecto RepRap fue fundado por Adrien Boyer, y utiliza software de código abierto y un proceso de impresión idéntico al FDM, pero denominado Fused Filament Fabrication (FFF) debido a que los derechos de autor del nombre FDM aún los tiene Stratasys.

A nivel mundial, Stratasys está entre los líderes de un mercado que, de acuerdo con estimaciones de especialistas, en 2011 valía 1,700 millones de dólares, pero que se espera quintuplique su tamaño y valor en cinco años.

Si bien ha habido un boom en los últimos meses, gracias a esas patentes vencidas, “la industria no es tan nueva como todos creen”, afirma Juan González Luna, director de TCM, una empresa que desde hace 17 años se ha dedicado a la venta da impresoras 3D.

Y si bien hoy el mercado pasa por un muy buen momento, no siempre fue así: “Para vender la primera máquina me tardé 2 años, ni quién las conociera ni las justificara, y hasta el día de hoy hemos instalado 250 máquinas en el país”.

Buena parte de esas impresoras, detalla González, van a dar al sector educativo, su principal cliente, seguido de empresas de la industria automotriz, del calzado, de autopartes y de compañías que buscan prototipar piezas de maquinaria o empaques.

Ese auge también ha ayudado a reducir los precios: “La máquina más barata que teníamos hace 17 años valía 120,000 dólares, hoy vale 10,000 dólares, y ahora que Strata compró a Makerbot costará 1,500 dólares”, afirma González, quien revela que las ventas de TCM se han incrementado a un ritmo de 25% anual.

 

Emprendedores

Además de TCM, que es ya es toda una compañía veterana, hay nuevos jugadores en el mercado de la impresión 3D en México que tienen un enfoque distinto de la industria.

Una de ellas es MakerMex, una empresa con sede en León, Guanajuato, que surgió de una incubadora de negocios del Tec de Monterrey, a pesar de que Luis Arturo Pacheco, uno de sus cofundadores, estudió en la universidad La Salle.

En entrevista telefónica con Forbes México, Pacheco señala que también trabajan con el principio RepRap: “Hemos retomado ese diseño, lo hemos mejorado y conseguido todo aquí en México; no todo, el 80%, porque hay partes que no se fabrican en México. Estamos tratando de hacer toda la adquisición de forma local”.

Y el negocio va viento en popa: están vendiendo entre 15 y 25 impresoras mensuales más los consumibles y refacciones. Actualmente cuentan con 3 tipos de impresoras y ya trabajan en el desarrollo de dos más, una enfocada al usuario infantil y otra que se adapte mejor a las necesidades de la industria del calzado, su principal cliente, debido en parte a su ubicación geográfica.

“Vamos creciendo bastante rápido. Tenemos listas de espera de 4 semanas para la entrega para las impresoras armadas, y de dos semanas para enviar los kits”, relata Pacheco. Agrega que, además de vender los equipos armados, venden un formato en el que envían las piezas al cliente y él las ensambla, “lo que permite un mayor conocimiento de la tecnología y aprenden el proceso”.

Arturo Zamora, de Estudio Huella Cero, advierte además que este movimiento está siendo impulsado por la gente joven, “que tiene otro concepto de ‘cómo manejo mis ideas’ y de quién son. Que mucho tiene que ver con el fenómeno open source, va muy de la mano con el desarrollo de esta tecnología. Es algo que viene desde los 80. Ahora que se empezó a integrar el movimiento Maker y el open source, fue cuando empezó a despegar y llegó al mainstream”.

Huella Cero, cofundada por Arturo Zamora,  es egresado de la carrera de Diseño Industrial por el Tec de Monterrey y, si bien no vende el equipo de impresión, sí apoya a la evangelización del movimiento a través de cursos y talleres, además de poner sus máquinas de impresión al servicio del público desde hace 4 años.

Además, Huella Cero hace labor social a través de su participación en el movimiento Robohand, el cual se basa en una plataforma open source y facilita la fabricación de protesis a través de la impresión 3D.

En México, además de las opciones más cercanas al RepRap, Office Depot ya ofrece impresoras 3D de escritorio. Por 22,999 pesos, se puede adquirir un equipo Cubify que imprime objetos de hasta 140x140x140 mm.

Al respecto, Arturo Hernández, subdirector de marketing de la tienda, afirma: “Nos estamos anticipando a una necesidad que entendemos que va a existir en el mercado”, pero “hoy, no pensamos que haya un mercado establecido de ninguna magnitud, pero es una tendencia en la que se irá moviendo el mercado de manera natural durante los próximos años”.

 

La revolución económica

El panorama que plantea esta nueva tecnología para la economía es de disrupción. De acuerdo con el profesor Benjamín Núñez, catedrático de la Universidad Anáhuac, las impresoras “modificarán a la economía en su conjunto, no sólo a los mercados, sino que va a modificar los procesos de producción, distribución, circulación y consumo de cierto tipo de bienes”.

A solicitud de Forbes México, Núñez hace una prognosis, una que implica un mundo en el que la tecnología de impresión 3D está masificado y todo hogar cuenta con un equipo y su uso en la industria es algo corriente.

El catedrático prevee un fuerte impacto en la industria del trasporte, ya que se reduciría drásticamente el número de bienes a ser distribuidos, se van a “eliminar los puntos de intermediación en el comercio, no sólo nacional, sino entre las naciones”.

Ello plantea serios retos fiscales, ya que los bienes no pasarán por una aduana: “Los sistemas impositivos van a modificarse en la manera de gravar y en el punto de la cadena en el que van a establecerse las gravaciones de los actos económicos”, advierte Núñez.

Otro de los grandes retos es el del manejo de la propiedad intelectual: “Económicamente, la propiedad intelectual es un bien público, no uno privado, y en el caso de los bienes públicos, los mercados no funcionan de manera eficiente en la fijación de sus precios, por lo tanto se requiere de la participación de terceros, en este caso el Estado.”

Si bien por un lado la tecnología adelanta un futuro promisorio, en el que se pueda imprimir desde un clavo hasta un páncreas o todo un ser vivo, también plantea un escenario en el que se desdibuja la propiedad intelectual. Algo que podría agudizarse a partir de 2014, cuando venza la patente de sinterizado láser, una de las técnicas de impresión más precisas y versátiles. Veremos.

 

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