El resultado de la elección presidencial generó un ambiente de expectativa para el futuro, a partir del triunfo de Andrés Manuel López Obrador, con un porcentaje de votos que indica un mandato contundente de cambio, pero el problema es hacia dónde debe ser ese cambio y bajo qué condiciones.

Es de resaltar que la elección se dio en un contexto de madurez cívica en general, donde la participación alcanzó niveles importantes, comparables con los de otras elecciones presidenciales con una competencia limitada, gracias al modelo de comunicación que se ha desarrollado, que evita una confrontación abierta de ideas.

A pesar del clima de violencia que se dio en los meses recientes y que cobró la vida de más de 120 personas involucradas en la elección, entre candidatos y operadores electorales, el número reducido de incidentes que se vivieron en la elección dejó ver, a diferencia de elecciones anteriores, que había una intención ciudadana por plantear, a través de una vía pacífica y democrática, un cambio en la forma en que el país se ha conducido.

Si bien ese cambio, como se planteó al inicio, no es claro en términos de su rumbo, el mandato generado es para que el candidato ganador lo realice, asumiendo la condición de que el presidente puede hacer todo por sí mismo. En ese sentido, el discurso de López Obrador aceptando su triunfo parece asumir dicha condición, por lo que se mostró complaciente y magnánimo, tratando de generar certezas sobre los temas que discutió durante la campaña, aunque varios de ellos no son competencia exclusiva del presidente o, incluso, competencia del mismo.

Al plantear que no es una dictadura el régimen que quiere construir y al decir que respetará las libertades de la ciudadanía y que no habrá expropiaciones, cae en una posición donde considera que puede conceder condiciones a sus próximos gobernados, como garantía de que su gobierno no será como el que se anunció por parte de sus opositores. En ese sentido, generó confianza entre diversos actores políticos, económicos y sociales, que se reflejó en el tipo de cambio, pero también en las declaraciones de grupos empresariales, actores internacionales, incluyendo a Donald Trump, así como otros actores sociales.

El escenario que se construyó después de la elección parece ser el mejor que pudo haberse generado, no únicamente para la autoridad electoral, para el ganador, e incluso para los perdedores, pero fundamentalmente para la ciudadanía, pues se generó un ambiente de reconciliación y expectativa, del que solo se verán sus efectos hasta que comience en serio la construcción de la nueva administración y, más aún, cuando se inicie con el planteamiento de política pública.

De esta forma, de manera espontánea apareció un halo democrático que, ante las condiciones de crispación y desconfianza con la democracia desarrolladas en los últimos años, se plantea una nueva oportunidad para replantear el alcance y sentido de la democracia mexicana, que permita no únicamente un avance en la consolidación de las condiciones para el ejercicio de los derechos y libertades, sino también en los logros obtenidos por ella.

El reto de la nueva administración es fenomenal en ese sentido, porque puede repetirse la historia que se dio en el sexenio de Vicente Fox, donde ante la esperanza de consolidación democrática, se dio un gobierno cuyas contradicciones desactivaron el potencial que se había generado con un mandato tal vez similar, aunque no en número de votantes, al que se dio en la elección que se dio el domingo.

 

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