Si hoy en día tenemos servicios como Uber, que lo pides al momento, no importando el lugar donde te encuentres, y esto te permite no tener que gastar en un vehículo propio, ni en el mantenimiento que requiere un auto ni en combustible, ¿por qué tenemos que seguir pensando en que la educación universitaria la tienes que recibir en aulas ubicadas en lugares específicos, en el horario que alguien te impone y cargar con los sobrecostos que implica el mantenimiento de la infraestructura?

Ésta es la pregunta que realizó hace algunos días el doctor Mansoor Al Awar, canciller (es un tipo de rector) de Hamdan Bin Mohammed Smart University frente a más de 7,000 personas, muchas de ellas directivos de universidades latinoamericanas, en el foro organizado por la firma de servicios de tecnología para instituciones de educación superior Ellucian, en Denver, Colorado.

El cuestionamiento del doctor Mansoor puede sonar descabellado para algunos, pero es viable; es más, ya hay pruebas piloto con visores 3D a través de los cuales las personas pueden recibir una clase o hacer prácticas de laboratorio, interactuando al mismo tiempo con otros estudiantes que están en cualquier otra parte del mundo.

Este tipo de tecnología ayudaría a que menos estudiantes sean rechazados de las universidades por falta de recursos y espacios físicos en las instituciones. Sólo como dato: en países como Colombia y Ecuador, la tasa de matriculados aumenta 2.5% cada año, un ritmo insostenible de no incrementar por arriba de este porcentaje la infraestructura educativa.

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Pero éste no es el único aspecto que revolucionará la educación en los próximos años. Existen tecnologías de la información que incluso ya operan en Latinoamérica, gracias a las cuales los universitarios pueden conocer la calificación que obtuvieron en un examen apenas horas después de haber sido aplicado por su profesor o inscribirse al siguiente nivel sin tener que hacer largas filas. (En República Dominicana, por ejemplo, en una de sus principales universidades, miles de estudiantes acampaban con días de antelación a las fechas de inscripción para poder asegurar un lugar en la institución. Hoy, gracias a la tecnología, lo hacen en cuestión de horas.)

Herramientas como big data también comienzan a tener una injerencia importante en la educación universitaria. Gracias al análisis de datos y de comportamiento de hábitos de los estudiantes, los asesores académicos pueden predecir si un alumno, por ejemplo, tendrá la capacidad de seguir pagando su carrera o la abandonará en los siguientes años.

Este último no es un tema menor en Latinoamérica. En México, según datos de la SEP, la deserción universitaria se ubica entre 7.5 y 8.5%. En Colombia esta cifra es más alta, de 10%, mientras que en Chile, 3 de cada 10 estudiantes dejan su carrera durante su primer año de estudios.

Otra de las tendencias importantes en lo que se ha denominado smart universities es la posibilidad de que los estudiantes elijan las materias que ellos desean tomar, y no necesariamente las que tradicionalmente contemplan las carreras. Esto vincula a los estudiantes con las áreas profesionales que son de su interés y les ofrece una educación más holística.

Accesibilidad, flexibilidad, asequibilidad e impacto en la sociedad son 4 elementos clave que forman parte de la revolución que comienza a gestarse en las instituciones educativas del mundo, para dar paso a las universidades inteligentes, donde el ambiente de aprendizaje se transformará de manera radical.

Para las universidades y escuelas de negocios latinoamericanas, estas tendencias deben ser un campanazo a sus oídos que las ponga en alerta. Después de todo, y como mencionara el doctor Mansoor, si queremos dar el paso al desarrollo y transformar nuestras urbes en smart cities, “primero debemos contar con políticos inteligentes y ciudadanos inteligentes. Pero para ello requerimos que, antes, ambos tengan una educación inteligente”, una educación acorde con el mundo que se avecina.

 

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