La sentencia es clara: al hablar de negocios debemos tener la cabeza fría. De esta premisa, hemos saltado a la conclusión de que la forma en que llevamos acabo transacciones económicas a de ser a temperatura de hielo.

Eso ha servido en el pasado y me temo que tenemos que cambiar la premisa. Es momento de sustituirla por algo como: los negocios se hacen con la cabeza fría y con el corazón en la mano.  Parte de lo que esta apresurada oleada de movimientos, la resiliencia surge como un bastión al que nos podemos aferrar.  Ser resiliente frente a obstáculos perturbadores, hoy más que nunca, se convierte en un elemento de sobrevivencia y la piedra fundacional de la ventaja competitiva. 

No se trata de una idea romántica o de un sueño de superación que nos lleva a volar entre las nubes. Por el contrario, estoy hablando de fijar los pies en el piso de la realidad y a partir de ver con objetividad la situación en la que estamos parados, entender qué es lo que tenemos que hacer para salir adelante todos. Se trata de mirar al entorno e incluirlo en nuestros planes, porque en soledad, no vamos a llegar muy lejos. Entonces, buscamos el bien común, porque es lo correcto, pero también porque eso es lo conveniente para forjarnos un mejor destino. Estoy hablando un hacer un verdadero trabajo en equipo que sea glorioso en lo individual y en lo colectivo. Lo podemos hacer.

Estamos descubriendo nuevas formas de trabajar. Tuvimos que aprender a valernos de las plataformas de videoconferencias. Hemos descubierto que hay tecnologías ágiles capaces de transformar fábricas paradas en proveedores para hospitales e instituciones de salud. Muchos lograron cambiar sus procesos para fabricar respiradores, tapabocas, caretas, para integrarse a una cadena de distribución y forjar eslabones que creen valor. Estamos aprendiendo qué es la resiliencia. Ya vamos asimilando lo que significa tener la capacidad para superar circunstancias tan adversas que rayan en lo traumático. Vamos despertando a la importancia que tiene una actitud positiva frente a circunstancias difíciles, para transformar la dificultad en una oportunidad. Y, más nos vale tomarlo en serio porque a la actual crisis sanitaria le seguirá una crisis económica. 

Tim Hardford, economista y autor del libro Cincuenta innovaciones que han cambiado al mundo, relata esta anécdota para ejemplificar la importancia de la resiliencia. En 1975, Keith Jarrett un extraordinario músico, pianista de jazz, tenía que dar un concierto en la Ópera de Colonia. El concierto estuvo a punto de ser un desastre garrafal. Pero, fue salvado y no terminó en un naufragio gracias a la resiliencia de Jarret.  Resulta que el jazzista se topó, al salir al escenario, con un piano viejo, pequeño y desafinado. El primer diagnóstico era fatal: casi no se podía tocar. Sin embargo, el músico se sintió obligado a tocar, pues ahí estaba la audiencia que lo esperaba. No los podía defraudar, así que, entendiendo objetivamente sus limitaciones y con el corazón en las manos, empezó a atacar las teclas de ese instrumento desvencijado. El resultado fue un triunfo total: se excedieron los resultados esperados y se obtuvo uno de los discos de jazz en directo de mayor éxito de la Historia. ¿Cuál fue la fórmula de éxito?

Según Hardford, cuando Jarret se dio cuenta que al tratar de adaptarse al piano que no se podía tocar y por lo tanto, el desastre sería fulminante —y que además no tenía otro elemento para ejecutar el concierto—, el músico encontró una fuente de inspiración que devino en nuevas formas de tocar y lo hizo. Es decir, se trata de tener la mente fría para justipreciar la situación y el corazón para salir adelante. Ahora la ecuación tiene dos elementos, debe tenerlos para funcionar. La objetividad del análisis no basta; se necesita un corazón ardiente que responda con creatividad e innovación al reto y al compromiso. 

Con esta pandemia, estamos aprendiendo sobre la plasticidad de las estructuras y aquellas que no muestren comprensión se romperán.  De hecho, ya se rompieron y aunque hay quienes todavía no se dan cuenta, tarde o temprano se darán. El viejo orden mundial nos estaba separando. La brecha cada vez más profunda entre los que son propietarios del ochenta por ciento de los bienes en el mundo y el resto de los habitantes de la tierra, no ha sido el único motivo de polarización. Estábamos muy ocupados metidos en una pantalla. La frivolidad nos distanció. La arrogancia que nos lleva a creer que el éxito era merecido, que se lo habíamos labrado nosotros solitos, y que quienes luchaban para llegar a fin de mes no podían culpar a nadie más que a sí mismos, nos ha despedazado y no es buena idea estar separados. 

Esta perspectiva del triunfo hace difícil creer que todos somos un mismo equipo ya que incita a los triunfadores a considerarse artífices de su éxito, y a los que se quedan atrás a apreciar que las élites los miran con desprecio y a mirarlas con resentimiento. ¿Cuál equipo si en el momento de la verdad, unos se cuelgan las medallas y otros sólo se quedan viendo? En un aspecto más aterrizado, hoy las empresas tienen que darse cuenta de que sin resiliencia están perdidas. No hay forma de seguir exigiendo créditos leoninos a nuestros proveedores, no hay forma de seguirnos aprovechando de un flujo de efectivo ajeno. Si no cuidamos a nuestros clientes y a nuestros proveedores, si no les servimos de escalón de impulso, nos vamos a quedar sin ellos. 

La ventaja competitiva se debe conformar con procesos resilientes. Esto es debido a que no es considerada como capacidad sino como proceso que engloba multitud de factores. Si cuando una persona está pasando por una situación extrema o delicada, hay una serie de factores que influyen, como la familia, el entorno, situación económica, amistades para salir adelante, hoy las empresas y los negocios tienen que empezar a conformar ecosistemas resilientes con procesos que nos ayuden a sobreponernos. Es decir, no se trata de una visión individualista, sino de una con amplo espectro y radio aumentado. 

Un proceso resiliente identifica la situación y genera alternativas para superar las dificultades. Claro que hay que tener cuidado, el optimismo sistemático sólo conduce a continuos choques de situación. Las empresas resilientes deben contar con una misión, visión y valor, esta última con sentido común para ofrecer maneras de interpretar y encauzar los acontecimientos. Se organizan con estrategias, saben aprovechar al máximo con lo que se tiene a mano. Tienen ojo de águila ya que pueden ver posibilidades donde los demás sólo ven confusión. 

Si en medio de la bruma que genera esta crisis, los negocios se dan cuenta de que la resiliencia puede forjarles un mejor entorno, no dudo que este elemento se convierta en la piedra fundacional de la ventaja competitiva. La resiliencia los llevará a destacarse porque de eso debe tratarse el nuevo orden de cosas en el mundo.

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