Los nuevos nuevos nuevos cines mexicanos (ya olvidé en cual vamos) se olvidaron de las tradiciones nacionales para asustar al público, incluso se alejaron del género. Aunque, tiempos más recientes han parido a una fresca camada de cineastas interesada en abordar el horror y el terror, pocos recurren a la tradición mexicana para dotar de contexto a sus películas como se hacía en los inicios de nuestra cinematografía.

No se trata de que al principio se evitaban las influencias extranjeras (la estética de Universal y, después, la Hammer inspiraron grandes producciones mexicanas), sino que creadores y productores intentaban recurrir a personajes y leyendas próximas para atraer al público local. Por algo uno de los primeros trabajos de terror en México fue dedicado a La Llorona (1933) y las figuras del pancracio nacional pelearon con cuanta alimaña se cruzaba en su camino (incluyendo a los “mostros” extranjeros).

Dicha tradición se perdió. Por algo no hemos tenido, por ejemplo, un found footage dedicado al chupacabras o un thriller (uno bueno, perdón Los crímenes de Mar del Norte) sobre los asesinatos del “Goyo” Cárdenas. La influencia extranjera domina nuestras pantallas, por eso una cinta como Ladronas de almas destaca y se desmarca entre las producciones recientes dedicadas a los espantos.

El cineasta duranguense Juan Antonio de la Riva ha creado un gran homenaje al cine mexicano de terror de las décadas 40, 50 y 60, lleno de citas a las películas que admira y conoce de memoria. Ladronas de almas cuenta la historia de un bando de realistas en la época de la Independencia que llegan a una destruida hacienda (en la zona posteriormente conocida como Morelos) buscando un cargamento de oro perdido, una familia dominada por mujeres habita entre las paredes. Al pasar la noche, uno a uno comienzan a desaparecer y la razón parece ser sobrenatural: los muertos vivientes vagan por el lugar.

Ahí están las reminiscencias, los ecos de La bruja (1954), La invasión de los vampiros (1963), Muñecos infernales (1961), El monstruo resucitado (1953), entre muchas otras (¿Diana Salazar eres tú?). La diferencia entre De la Riva y otros realizadores contemporáneos más jóvenes, es que el primero no juega al conocedor presumido o la trivia desenfrenada. Cada una de las citas se integra de manera orgánica a la película y enriquece su contexto, sumando al funcional estilo de De la Riva, presente a lo largo de toda su carrera (Pueblo de madera, El gavilán de la sierra).

Ladronas de almas es una demostración puede cruzar fronteras, dialogar y nutrirse de expresiones locales. Juan Antonio de la Riva no está inventando el hilo negro, claro, pero esa nunca es su intención. Durante décadas se creó el cuento de que el cine mexicano de terror siempre fue chafa y digno de la sorna pública, que la única manera de hacer horror era hablando en inglés o en algún idioma asiático. Ladronas de almas es un platillo de sabor muy mexicano.

 

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