Desde antes de que Netflix pusiera al alcance de sus suscriptores la última película de Alfonso Cuarón, las reacciones ya se hacían sentir. Incluso, muchas personas sin haber visto Roma ya habían escuchado puntos de vista y, hasta se atrevían a opinar. El tema estaba en boca de todos. Por supuesto, las reacciones que provocaba ya corrían por las calles de la Ciudad de México —donde fue grabada— y trascendían fronteras. Antes de ver Roma, ya había recibido todo tipo de consejos: no la vayas a ver en la tele, vela en una pantalla grande; no vayas a llorar; vete sola al cine para que puedas llorar a gusto, haz esto, no lo hagas. Claramente, se estaba gestando el fenómeno del cual nos toca ser testigos.

No tuve la fortuna de ser de las primeras en ver Roma, cuando quise conseguir boletos en los poquísimos cines que la exhibieron, ya estaban agotados. Como suele suceder cuando eres de las últimas personas en conseguir el bien preciado del que ya todos gozaron, recibí muchas miradas de ternura —pobre, no la ha visto todavía—, comentarios de toda índole que empezaban con no te la voy a echar a perder, pero… y entonces comenzaban las divergencias. La primera opción fue: te va a encantar y la segunda era la totalmente opuesta: a mí no me gustó nada, te aseguro que a ti tampoco te va a gustar. Me gusto, Roma me gustó.

Más allá del gusto de las personas, que siempre será respetable, aunque uno no lo comparta, lo interesante es reconstruir de qué modo la experiencia estética producida por esta película se habría convertido en una categoría central de la belleza contemporánea. Como dijera Jacques Derridá, el concepto de obra de arte se ha vuelto obsoleto, decir si nos gustó o no, resulta banal, la comprensión de los procesos del arte actual se ha canalizado mediante el concepto de experiencia estética. ¿Qué nos hicieron sentir Roma y Yalitza Aparicio y cómo lograron que esta sensación fuera universal?

Ver Roma, me provocó una serie de emociones sorprendentes que tienen el efecto de ondas expansivas. Alfonso Cuarón logró con Roma algo muy similar a lo que se despertó en mi mente cuando terminé de leer Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Me sorprendió porque pudimos ver un México que ya no existe. Algo parecido a lo que consiguió Guillermo Cabrera Infante con Tres Tristes Tigres: escribió de la Habana que moriría con la Revolución Cubana antes de que la ciudad sospechara su propia muerte. Cuarón fue rebuscar un tiempo perdido, un México que se recupera a través de los sonidos callejeros del afilador, de los gritos del que vende tamales, de la banda de guerra que desfila; de la imagen en blanco y negro, de una casa decorada como se usaba entonces, de teléfonos de disco, de una familia de clase media con una historia que pudo sucederle a tantas, en una colonia que hoy no es lo que era. Cuarón descorrió la cortina y nos permitió espiar a través de una ventana. Echó las manecillas del reloj para atrás y se atrevió a enseñarnos ese tiempo que ya no va a volver.

Roma me provocó recuerdos entrañables: el coche de mi padre era como el del papá de la película,  mi mamá manejaba un Volkswagen que se parecía al del personaje de la madre, mi abuela materna que vivía con nosotros, el patio de la casa de mi amiga Almita era idéntico al de la película, la costumbre que teníamos de encender las luces a media tarde y dejar alguna prendida en las noches, las tardes en las que nos reuníamos en torno al televisor a ver algún programa toda la familia me resultó tan próximo. Todo eso se debió al cuidado que Cuarón tuvo para evocar por medio de detalles —como el Insurgentes evanescente de una niñez que lucha por no desdibujarse en el recuerdo—. Pero, lo que provocó Yalitza traspasa las fronteras de la imagen que seduce.

Yalitza, con su actuación, se metió en la mente y en el corazón. El personaje de Cleo me hizo recordar a Mariquilla, una jovencita que llegó a trabajar a casa de mis padres siendo una niña y salió vestida de novia para casarse. Mariquilla como Cleo nos cuidó a mis hermanos y a mí. Era la encargada de despertarnos, de ayudarnos a vestir, de acompañarnos a comer, de ayudarnos con las tareas, de leernos cuentos por las noches. También, me recordó a Odi, la nana de mis hijas que las atendió con cariño y esmero; sin su apoyo ni ellas ni yo podríamos contar lo que hoy somos. Yalitza, al encarnar a Cleo, despertó un sentimiento de cariño puro que le tuve a Mariquilla y ese agradecimiento eterno que le tengo a Odi. Yalitza le infundió al personaje esa delicadeza y dulzura que se encendió en muchos corazones. Lo que más me sorprendió fue enterarme de que esta misma sensación se comparte por personas de diferentes edades en diferentes latitudes. Y, si Derridá tiene razón: si Yalitza y Cuarón pudieron estimular esta experiencia estética, entonces estamos frente a una obra de arte con Roma.

Pero, hay quienes piensan que somos estridentes los que alabamos a Roma. Las críticas que Yalitza Aparicio ha recibido van desde la rayana vulgaridad hasta el oportunismo servil. Yo no sé si el arco que esta actriz dibujó entre Oaxaca y Hollywood sea una casualidad. Lo cierto es que muchas mujeres han suspirado por lograr lo que ella logró al interpretar a Cleo. Muchos hombres quisieran haber triunfado como lo está haciendo ella. Tantas críticas que ha recibido esta artista oaxaqueña desfallecen ante el brillo que le da cosechar grandes frutos. La sentencia con la que muchos se llenan la boca es que fue un golpe de suerte y que, así como llegó se irá. ¿Y qué? Podemos citar varios ejemplos de genialidad a los que les bastaron uno o dos golpes. Pienso en Josefina Vicens o en el mismísimo Juan Rulfo. ¿Para qué escribir más si ya nos había dado Pedro Páramo? Es momento de que Yalitza disfrute y lo que ha de venir, será tema del porvenir.

La experiencia estética que provoca Roma no es una respuesta pasiva con respecto al arte; antes bien, supone la capacidad para desarrollar la verdadera autonomía personal y la crítica del contexto social y político de aquellos días. En este marco, Roma se entiende como un estilo que, al no ser ya ni discursivo, ni conceptual, permite tener experiencias distintivas que reconfiguran la conciencia. Algunos críticos de Roma manifiestan la incompatibilidad entre la experiencia estética y contenidos políticamente relevantes, aduciendo que puede ser panfletario, dejándola como un mero juego interno para la obra. No es así. En Roma sucede lo contrario, es precisamente ese juego lo que la vuelve política; la subversión de la experiencia estética se encuentra en tomar elementos extraestéticos, precisamente, porque tiene una relación intrínseca con la verdad.

Las provocaciones de Roma y Yalitza nos permiten adivinar el gran amor que Alfonso Cuarón le tuvo a esas mujeres de su infancia para haberles ofrecido semejante homenaje. Lo que se enciende en las mentes y los corazones de quienes la hemos visto, — en pantalla grande o chica, con lágrimas o sin ellas— fue más allá de cualquier confín demográfico o de edad. Roma nos ayuda a desentrañar misterios que no sabíamos estaban esperándonos, ahí en nuestro corazón.

 

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