El escritor Alfonso Reyes decía que para que una persona pueda aliviar la sed de un sediento no basta con un buen corazón, se necesita compasión ¡y agua!, por la sencilla razón de que nadie puede dar lo que no tiene.

Eso puede explicar un dicho que se usa con mucho tino y frecuencia: “De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. No basta con tener compasión, hay que tener agua y todas las herramientas para ayudar con eficacia a los demás, principalmente a los que están a nuestro alrededor: la familia, los vecinos, los compañeros o equipos que encabezamos en las organizaciones en que trabajamos.

Nadie puede ofrecer paz si en casa corrige a sus hijos a gritos y sombrerazos, y no hay quien pueda cuidar o dirigir a otros si no se cuida y se dirige adecuadamente a sí mismo.

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Cuentan que San Francisco de Asís decía a sus discípulos (palabras más, palabras menos): “vayan y evangelicen, si es necesario, prediquen”. Sus discípulos debían dar el ejemplo –el testimonio, dicen los cristianos–, antes que dictar sermones.

Entonces si queremos (y debemos) aportar al mundo, los primeros pasos se dan en el fondo de nuestro ser. Consiste en generar la riqueza que queremos compartir.

Así las cosas, podemos empezar por ser compasivos con nosotros mismos, tratarnos bien. No exigirnos de más, ser flexibles. Si nos equivocamos, no rechazarnos, ni condenarnos ¿por qué deberíamos sentir vergüenza?, ¿a caso no esos errores nos hacen crecer?

Un ejercicio muy útil, de todos los días, en especial cuando no logramos algo que creíamos que podríamos alcanzar, es respirar profundo y tratar de conectarnos con nosotros mismos y aceptarnos. Si nos ponemos metas más modestas, pronto alcanzaremos aquello que tanto anhelamos, pero entre tanto estaremos satisfechos con nosotros.

El gurú de la autocompasión Kristin Neff recomienda:

Autocorrígete de manera amable, recuerda que no es algo que sólo te pasa a ti, todos nos equivocamos, y descubre que si no cambias estás en un estado de sufrimiento permanente al que te has acostumbrado y por tanto ni siquiera intentas dejarlo.

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Otro punto muy importante es rodearte de gente positiva que tienes los mismos problemas, aficiones o profesión, que se puedan convertir en tu red de apoyo, que estén dispuestos a darte un consejo, acompañarte en un reto o simplemente que te permitan desahogarte sin juzgarte.

Tampoco puedes seguir adelante sin un descanso o diversión, son actividades que abonan a nuestro bienestar. Haz lo que te gusta, ejercítate, medita.

Si intentas hacer todo esto por ti, seguramente podrás intentar que los demás también lo vivan. 

Debemos aprender a desarrollar compasión por los demás, no exigirles de más, entender sus problemas, escucharlos, ayudarlos a crecer. Es algo que debemos tomar en cuenta en la casa, en el trabajo, en la calle.

Cuánta gente es incapaz de pedir una orientación, un apoyo, porque sabe que va a recibir burlas y hasta desprecios.

¿Quieres mejorar al mundo y hacerlo más amable para todos?, prepárate porque nadie puede dar lo que no tiene.

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Contacto:

Rosalinda Ballesteros, directora del Instituto de Ciencias del Bienestar y la Felicidad de Universidad Tecmilenio.

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