¿Puede un libro obsesionar a una persona hasta llevarla a la muerte?

 

En 1774 se publicó por vez primera la novela romántica Las penas del joven Werther, de Goethe. El autor se había inspirado en su propio desengaño amoroso para contar la historia de un hombre que se suicida por un amor no correspondido. La obra se hizo tremendamente popular, tanto así que (se dice) muchos jóvenes atormentados por la pasión se suicidaron emulando a Werther.

Goethe no se suicidó. El Werther fue una catarsis que lo convirtió en un escritor famoso e influyente hasta nuestros tiempos, junto con el resto de su monumental obra. Esto me lleva a preguntarme si puede un libro obsesionar a una persona hasta llevarla a la muerte. Esos jóvenes que se suicidaron tras leer la historia de Werther, ¿estaban en sus cabales?, ¿tendrían problemas no relacionados con el libro que influyeron en la decisión de autoaniquilarse?, ¿o simplemente se dejaron llevar por una magnífica historia de ficción?

Es inquietante pensar que un conjunto de palabras plasmadas en varios cientos de páginas puedan exaltar los sentimientos y provocar que un individuo haga cosas que cambien su vida. Pienso en los cientos de personas que se lanzan a un peregrinaje por la ruta que indica Dan Brown en El código Da Vinci (2003), cuando la supuesta sociedad secreta del Priorato de Sión es un fraude inventado en los años 50 por un delincuente llamado Pierre Plantard.

Hace unos meses leí una noticia: en octubre de 2012, una muchacha alemana murió tras ser sometida a más de cien azotes por parte de su novio, al recrear una escena de la favorita de millones de señoras anhelantes, 50 sombras de Grey (2011), una novela erótica con supuestas prácticas sadomasoquistas.

Tanto El código Da Vinci como 50 sombras de Grey son bestsellers y dudo que alguna vez logren la categoría de obra de arte que sí alcanzó Las penas del joven Werther. Sin embargo, levantan pasiones, le hablan al oído a los lectores, les dicen lo que quieren escuchar, y muchos de ellos les creen como su fueran La Verdad, como si no tuvieran escrita en la portada la palabra “novela”, que es, precisamente (y según la definición de la Real Academia Española):

“Una obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres.”

El escritor se puede valer de hechos reales para construir una novela, pero casi siempre modifica o tergiversa las acciones, los nombres y las descripciones a su conveniencia, para que su obra resulte mejor que la realidad. Cuando tiene éxito en su empresa, no falta el lector que quiere vivir la historia en su propia piel, así como el buen Alonso Quijano quien, por leer demasiadas novelas de caballería, se convenció de que era un caballero andante y se lanzó a pelear contra molinos y a conquistar a su dama bajo el nombre de Don Quijote de la Mancha.

¡Oh! Pero esa también es una novela.

 

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