En 1965 el cofundador de Intel, Gordon Moore, marcó el camino de la era digital: predijo que el número de transistores en un “microchip” se duplicaría cada dos años y su costo se reduciría en igual proporción. Estos ritmos de crecimiento (y decrecimiento en costo) dibujan una figura exponencial. Esta observación la conocemos como la Ley de Moore, y se ha mantenido las últimas cinco décadas.

Si la ley de Moore fuera aplicada a la industria automotriz, hoy tendríamos un Súper Vocho que viajaría a velocidades de 4,000 km/h, tendría capacidad para recorrer 850,000 km con un tanque de gasolina, y costaría aproximadamente 10 pesos. Obviamente esto no ha sucedido y, a pesar de tener autos como el Tesla, este sector no ha gozado de una disrupción similar a la de otras industrias, donde las mejoras de sus productos y servicios han sido de al menos 10x. Hoy un coche (cualquiera que sea) no viaja 10 veces más rápido ni es considerablemente más barato o con mayor autonomía que un Vocho de 1960. En su lugar, fue una aplicación la que vino a revolucionar el modo en que nos movemos: Uber. Esta plataforma significó un cambio en el tablero de juego, ya que no fue el sector automotriz quién sufrió un cambio disruptivo, fue la industria de la movilidad. Este “demonio del transporte público” (como lo llamaron algunos medios) nació en San Francisco en 2009 y llegó como una alternativa más cómoda y segura para los usuarios frente a las opciones tradicionales de transporte.

Al igual que la industria de la movilidad ha sufrido una disrupción inesperada gracias a la aplicación de la tecnología, este aprovechamiento tecnológico ha permitido que surjan empresas como alternativas más eficientes para otros sectores. Netflix, por ejemplo, generó un cambio disruptivo en los servicios de entretenimiento, y Airbnb está haciendo lo propio con el sector hotelero. ¿Y las Fintech, apá?… bueno, el sector de servicios financieros está en medio de una crisis de identidad, donde los banqueros creen que, por ya no usar corbata, ya son Fintechs.

Va algo de historia: en 1864 (en los tiempos de Maximiliano de Habsburgo) se creó la primera institución de banca comercial en México, llamada Banco de Londres, México y Sudamérica. Esta institución recibía depósitos, otorgaba créditos y emitía billetes; muy similar a lo que sucede hoy, ¿no? Antes de ese año, en nuestro país no existía la intermediación bancaria, si acaso algunos esbozos de lo que hoy conocemos como crédito. Hoy en día, la banca no ha cambiado mucho, sus operaciones son prácticamente las mismas desde hace 153 años.

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En 1972 Banamex trajo a México el primer cajero automático, que fue también el primero en América Latina. Con el tiempo, los cajeros y practicajas hicieron que el tiempo que tardamos en realizar nuestras operaciones bancarias se minimizara, pero aún existía un detalle: había qué acudir a ellos. Posteriormente y gracias a la tecnología, fue posible el desarrollo de apps y plataformas que sin duda facilitaron un sinnúmero de transacciones y redujo considerablemente el tiempo que le dedicamos a nuestros asuntos financieros.

Pero…mijo…las Fintech vamos más allá. Llegamos para revolucionar la forma en la que todos manejamos nuestro dinero, patrimonio y los seguros que cubran los riesgos a los que ahora estamos expuestos. Logramos esta disrupción proponiendo alternativas “buenas, bonitas y baratas” en aspectos como las transferencias de dinero, préstamos, inversiones, ahorro, asesoramiento financiero, “peer to peer lending”, “peer to peer insurance”, entre otros.

Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Brasil y México concentran el 58.3% de la actividad Fintech en LATAM. Parte del acelerado crecimiento del sector es que los costos operativos son mucho menores al adoptar canales digitales, lo que a su vez nos permite llegar a segmentos típicamente excluidos por la banca tradicional. Tenemos por ejemplo el caso de África, que pasó de no tener banca a tener únicamente banca móvil, es decir, jamás tuvo sucursales, cajeros o la infraestructura “tradicional” de un banco.

Las Fintech queremos que cualquier persona pueda acceder a servicios financieros más eficientes y menos costosos, y que, quienes ya hacen uso de servicios de la banca tradicional, tengan mejores opciones para el manejo de su dinero. Al final de cuentas nuestro patrimonio es algo que a todos nos preocupa, entonces ¿por qué no utilizar nuestro dinero como mejor nos convenga?, ¿por qué no elegir entre diversas opciones la que signifique mayores rendimientos para nuestra inversión?, ¿por qué no acceder a un crédito que fue negado por otras instituciones?

Hace casi un año nos anunciaron que habría una regulación que “pondría en orden” a este sector. Lo que se busca es apoyar al crecimiento de las Fintech, prevenir el lavado de dinero y promover la transparencia y justicia para los usuarios de nuestros servicios.

Una regulación adecuada podría permitir que cada vez más inversionistas apostaran por las Fintech, generando una sana competencia que beneficie a los usuarios de servicios financieros (más opciones, más baratas) y lograr la tan buscada inclusión financiera. Sin embargo, una sobrerregulación causaría el efecto contrario e incluso pondría fecha de caducidad a la vida de muchas de estas empresas.

Es indispensable generar una legislación lo suficientemente flexible para que cada quién haga con su dinero lo que quiera; para que haya más competencia, mejores productos y más baratos; y para proteger a los usuarios de los que quieran abusar de su confianza. Debemos encontrar una legislación que nos permita construir el Súper Vocho de los servicios financieros.

 

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