Los adictos (no importa a qué) viven en una carrera contra sí mismos. El placer asociado al uso sólo funciona si se siente como la primera vez. Un salto de paracaídas desde un quinto piso sube hasta un rascacielos y se reducen las precauciones. Una taza de café se transforma en un litro. La dosis aumenta como única respuesta, hasta que el estímulo se pierde por completo. Lo mismo sucede con las grandes franquicias de Hollywood, cada vez más grandes y más ruidosas hasta diluir las características más significativas de su primer éxito. El desgaste toca eventualmente a la puerta.

Piensen en la improbable franquicia de Rápido y furioso. Iniciada por una pequeña cinta sobre carreras de coches y ladrones de electrodomésticos, ahora transmutados por la magia del cine en espías internacionales con aire de superhéroes. Cada nueva entrega apuesta por subir el nivel (no necesariamente de calidad) para seguir atrayendo fanáticos de la gasolina (sobre todo hombres) en una fantasía sobre la familia y el amor por la misma. Lejos quedaron los sándwiches de atún rancios que consumía Brian (Paul Walker) para acercarse al negocio de Dominic Toretto (Vin Diesel).

La octava entrega de la saga inicia con Dominic y Letty (Michelle Rodríguez) disfrutando de unas merecidas vacaciones en Cuba, llena de amantes de las carreras y los bikinis, justo como le gustaban los videos de reggaetón a Fidel Castro. Sin embargo, una misteriosa mujer llamada Cipher (Charlize Theron), hacker profesional y misteriosa portadora de dreadlocks, convence a Dom de abandonar lo más importante de su vida, la familia que ha formado, para volver a ser un forajido y conquistar el mundo un litro de magna sin plomo a la vez.

The Fate of The Furious, como hicieron las tres entregas más recientes, apuesta por incrementar el espectáculo y el carisma del reparto, el dinero compra muchas cosas. De esa manera, los antiguos villanos (Dwayne Johnson y Jason Statham) intercambian lugares con el héroe. El movimiento permite que los actores de mayor carisma tomen la pista central y sobre sus hombros avanza la película. La dinámica no presenta nada nuevo, pero genera suficiente aire para un guion que parece copiado de los capítulos anteriores.

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No obstante el ímpetu visual impuesto por el director F. Gary Gray (La estafa maestra, Letras explícitas) y los millones de dólares en el banco, la franquicia deja ver lo desgastado de su estructura. Las secuencias llenas de acción y admiración casi homoerótica presentan como única solución seguir inyectando gasolina al motor hasta ahogarlo. Subir la dosis hasta que el público pida bajarse del recorrido. Si hoy corremos sobre el hielo para escapar de un submarino, mañana cruzamos el espacio para desviar un meteorito (programado, obviamente, por un primo resentido de algún villano pasado).

Lo que sea con tal de sentir la emoción de la primera vez, aunque en el fondo sepamos que no hay manera de regresar a ella.

 

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