En una compañía de servicios profesionales, cuando hay que dedicarle 3 o 4 horas más a la semana de lo que determinado cliente ha contratado, es algo molesto y sobre todo a veces injusto. Yo diría que hasta un par de horas estaría dentro de la normalidad, mientras no pase cada semana, pero normalmente no es así. Ahora más que eso, y de forma recurrente, lo aseguro: es bastante molesto. Y la razón es sencilla: tenemos tantas otras cosas que hacer de otros clientes, de nuestra propia organización y también las obligaciones administrativas.  Todo eso sin contar el tiempo para llegar al lugar de trabajo y, por supuesto, la vida privada y todo lo demás que nos hace sentir vivos y que construye nuestra felicidad. En el lenguaje corporativo, este tiempo excedido de trabajo es conocido como over service.

Sin embargo, hay personas que trabajan 42,6 horas a la semana sin remuneración. Según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), 42,6 horas es el promedio de tiempo de trabajo no remunerado de una mujer mexicana, mientras los hombres en México dedican 16 horas a lo mismo.  El dato es del 2019. En cuanto a las brasileñas, el promedio es de 16,8 horas. Un hombre brasileño, a su vez, aplica 10,8 horas de trabajo no remunerado a la semana. Los datos de Brasil constan del 2017.

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La CEPAL aclara que el trabajo no remunerado “se mide cuantificando el tiempo que una persona dedica a trabajo para autoconsumo de bienes, labores domésticas y de cuidados no remunerados para el propio hogar o para apoyo a otros hogares.”

No sabría decir porque hay tanto contraste entre los datos de México y Brasil. En México, de acuerdo con las cifras presentadas, una mujer trabaja casi el doble sin recibir dinero de lo que trabaja una mujer en Brasil sin pago. A pesar del contraste, los números en ambos países siguen un patrón: las mujeres trabajan mucho más horas a la semana sin remuneración que los hombres. Tenemos un problema.

Y eso pasa aunque este trabajo no remunerado sea esencial: el trabajo del cuidado de la familia, incluyendo a los ancianos; el del cuidado con la educación de niñas y niños; el de la limpieza’ el soporte psicológico a los que están a su alrededor; la gestión de la casa; el cuidado con los hijos de otras familias del vecindario; y, claro, uno de los más laboriosos: el de la reproducción.

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La escritora Silvia Federici defiende que el trabajo doméstico es el trabajo más importante de la sociedad capitalista, a medida que da origen a los trabajadores. Y, según ella, sin ellos, no habría trabajo. Federici insinúa que las mujeres son la infraestructura – que ha sido invisibilizada – que permite a los trabajadores seguir produciendo su labor. Las actividades domésticas y del cuidado son básicas y necesarias para un mínimo de calidad de vida de uno y su respectiva capacidad de aprendizaje y de producción (sobre todo producción del trabajo que sí es remunerado).

Trabajadora en momento de merienda entre una jornada laboral y la siguiente. Rio de Janeiro, RJ, Brasil

Este desequilibrio en la labor del cuidado nos ha llevado a graves consecuencias a nivel de (falta de) equidad de género. Al tener menos tiempo disponible y menos disposición mental, las mujeres tienen una probabilidad bastante más baja de destaque en el ámbito profesional, en el académico, en el artístico, en el deportivo, etc. Y eso afecta fundamentalmente a las mujeres más pobres, ya que tienen menos posibilidades de contratar empleados domésticos o aún utilizar servicios como delivery de pedidos a domicilio, o cualquier otro tipo de servicio que ayude a ejecutar tareas básicas del hogar.

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España ha dado un paso fundamental en este sentido. Desde el 1 de enero, las licencias de padres y madres por nacimiento se equipararon plenamente. Eso implica en una división más igualitaria del trabajo. Es un guiño importante que la administración española da a la sociedad sobre la necesidad de la división justa del trabajo.

Ahora, más allá de la imposición legal, hay que perseguir un cambio cultural. Tanto desde las empresas y otras organizaciones, que tienen que no solo acceder al movimiento, sino que incentivarlo, cuanto a nivel familiar, para que, hablando de una pareja heterosexual, la mujer no trabaje a modo over service. No podría apuntar soluciones. Busco traer una reflexión. Tampoco la solución tiene que ser exportada, pero sí hay que tratar que ese cambio cultural se extienda a México y a Brasil, siempre con sus matices locales.

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Contacto:

Bruna Weber. Consultora para la región Américas. Integra el Comité de Diversidad de LLY Brasil. Investiga narrativas de las relaciones de trabajo.*

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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