Uno de los grandes privilegios que tiene el ser humano la libertad. Al ser libres, de acuerdo con nuestras posibilidades y a nuestro leal saber y entender, desplegamos la capacidad de elegir. Razonamos y escogemos. La toma de decisiones es una muestra del uso que hacemos de nuestras facultades para maximizar nuestros beneficios. Si lo pensamos bien, algunas veces, el proceso no es tan racional: decidimos desde el cerebro, otras desde el corazón y otras desde las vísceras. Sin importar las motivaciones de nuestra elección, siempre optamos lo mejor. Nadie escoge lo peor por gusto. Nos podemos equivocar, eso sí. Pudimos haber apreciado algo como mejor y darnos cuenta del error. Entonces, si siguiéramos esa lógica, llegaríamos a concluir que cuantas más opciones tengamos será mejor. La conclusión no es necesariamente cierta. Pareciera que no sabemos qué hacer con tanta libertad. Por eso se da la parálisis de elección.

Elegir se trata de descartar. Tomamos un camino y abandonamos otro. Es lo que conforma nuestra cotidianidad. Desde temprano en la mañana, tenemos que tomar decisiones: nos quedamos en cama o nos levantamos; desayunamos cereal o no; tomamos café o té; le ponemos azúcar u otro endulzante. Escogimos una escuela, un grupo de amigos, un empleo, un proyecto y la selección de opciones va desde los temas más triviales hasta los más trascendentes. Según la Universidad de Cornell, una persona promedio toma doscientas decisiones sobre lo que va a comer en un día y enfrenta alrededor de treinta y cinco mil elecciones diarias en total. Lo curioso es que entre más posibilidades tenemos para elegir, en vez de resultar más sencillo, el procedimiento se complica y llegamos —en casos extremos— a la parálisis de elección. Tantas decisiones pueden llegar a ser abrumadoras. Nos entra el gusanito de la duda y nos dejamos abrumar por sus vacilaciones.

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Titubear es una cosa y otra es volvernos de piedra el momento en el que nos paramos frente un anaquel lleno de diferentes productos y nos sentimos imposibilitados para elegir. Con lo fácil que sería estirar el brazo y escoger, pero sentimos que al hacerlo caeremos al vacío. Nos sentimos parados al borde del precipicio en vez de a punto de elegir algo tan sencillo como una pasta de dientes o un paquete de pan. Esta sensación se debe al exceso de información, de alternativas. Un mayor número de opciones disponibles puede debilitar nuestra capacidad para tomar decisiones. La parálisis de elección se da frente al juego de satisfacción e insatisfacción que profesamos al tomar una decisión.

En un mundo hiperconectado, las opciones de elección se multiplican y la velocidad con la que se exige tomar decisiones pueden ser abrumadoras. Hay una frustración que queremos evitar. No nos queremos equivocar y, por lo tanto, queremos informarnos más sobre ventajas y desventajas, sobre el momento preciso para llevar a cabo la elección, sobre las diferentes calidades y cualidades, precios, condiciones. En fin, la cadena de toma de decisiones puede llegar a ser tan larga y tener en cuenta un número infinito de variables que más que dar como resultado un proceso eficiente de selección, da el resultado contrario: dejamos de hacerlo. Nos tropezamos con todos los datos antes de decidir.

Por supuesto, la información no desaparece. Todo lo contrario, tiende a multiplicarse y las opciones crecen como hongos silvestres en tiempo de lluvia. No obstante, podemos encontrar un método de elección que venza la parálisis y nos ayude a salir adelante. La lógica booleana es una lógica de conjuntos y nos sirve, principalmente, para definir formas de intersección entre conjuntos. Buscamos una forma de ordenar el caos para provocar movimiento y toma de decisiones. Tendremos dos conjuntos:

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  1. El conjunto de identidad: A=A
  2. El conjunto de no contradicción A es diferente de B

Por lo tanto, en el primer conjunto agruparemos todas aquellas acciones que nos acercan a lo que estamos buscando y en el siguiente estarán las que nos alejan. Parece una simpleza, no obstante, la principal utilidad que puede tener esta lógica es la de eliminar todas las referencias que no nos aproximen a lo que buscamos. Por esa razón, nos ahorraremos todas las opciones que no tienen que ver con el tema buscado.

Por supuesto, la lógica booleana nos va a servir para ahorrarnos confusiones que pudieran surgir entre el tema de nuestra búsqueda y otros temas conexos. Por ejemplo, si nos interesa el tema x, pero no en relación al z, nos evitaremos muchas referencias que no buscamos.

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Reducimos las posibilidades y clarificamos aquello que verdaderamente queremos encontrar. Nos ahorra la neurosis y la obsesión en la que podemos entrar al tener tantas alternativas y nos deja un terreno de elección en el que además de reducir el menú de elecciones bajamos la posibilidad de cometer un error. Nos encaminamos hacia una dirección deseada y reducimos el margen de equivocación. Evidentemente, el riesgo sigue existiendo, pero se disminuye el nivel de irresolución y abatimos la parálisis.

Visto así, el problema de la parálisis de elección en sí mismo, no se refiere necesariamente a las cosas que elegimos, sino de todas aquellas a las cuales, teóricamente, renunciamos al escoger. Si comemos en el restaurante 1, no comemos en el 2; si elegimos vivir en la Ciudad X estamos dejando la posibilidad de vivir en el Pueblo Y o en la Comunidad Z y también de unirnos al ejército y salir de gira con una compañía de circo. Por definición, las posibilidades constituyen alternativas excluyentes, y nadie puede tomar todas las direcciones en una encrucijada de forma simultánea. Es esta característica, la de la renuncia, la que nos dificulta tanto tomar una decisión, y la capacidad de asumir la inevitabilidad de esa renuncia forma parte de nuestro proceso de maduración como seres humanos. Pero hay formas para hacerlo, al simplificar y reflexionar sobre identidad y contradicción podemos vencer la parálisis por elección.

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