El lunes se conmemoró el Primero de Mayo. Como desde hace muchos años muy poco sucedió. El presidente se reunió, como siempre, con los corruptos líderes del sindicalismo y se evitó hablar de los temas importantes, principalmente de cómo revertir la pauperización del empleo en México. Nuestro país ha sido capaz de incrementar en varios millones el número de empleos formales. Sin embargo, muchos de ellos ya existían, sólo se volvieron formales, mientras que otros se generaron en sectores de servicios que ofrecen remuneraciones muy bajas. El resultado es que la masa salarial, es decir, lo que ganan todos los trabajadores en su conjunto, apenas si alcanza los niveles anteriores de la crisis de 2008. Los bajos salarios tienen varias explicaciones. Una es que los sectores de mayor crecimiento y alto valor agregado, están aislados del resto de la economía, por lo que se generan pocos empleos de calidad. No obstante, la productividad del país ha crecido más que los salarios. Sin duda, hacen falta regulaciones e instituciones que impulsen lo salarios a la alza. Uno de ellos es un sindicalismo independiente.

La idea de los sindicatos luce vieja. Un resabio de las ideas socialistas del siglo pasado que estorba para construir una economía moderna. Nada más alejado de la realidad. Existen múltiples ejemplos de organizaciones y prácticas sindicales que han logrado incrementar la productividad de sus empresas y los salarios de sus agremiados.

Cuando en Estados Unidos se incrementó el número de personas sindicalizadas, durante los años 60 y 70, la desigualdad salarial disminuyó, mientras que ésta creció de manera importante cuando los gremios perdieron fuerza. En los procesos de liberalización económica, los sindicatos se consideraron siempre como un obstáculo, no como una institución capaz de atenuar sus efectos negativos entre los trabajadores y hacerlos partícipes de las nuevas ganancias. El resultado fue el deterioro de la calidad de vida de millones de estadounidenses que se refleja en su apoyo a propuestas radicales supremacistas como las de Donald Trump. Cuando se debilitaron los mecanismos de protección de la clase trabajadora, entonces, en el desconcierto, fueron presa de la retórica del odio y la mentira.

En México, lo sindicatos oficiales son partícipes de procesos de privatización corruptos y desmedidos. En el contexto de la reforma económica, el gobierno vio a los sindicatos como actores que solamente ayudarían a evitar protestas sociales por las políticas de ajustes, sin opinar con respecto a las mismas.

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El Sindicato Petrolero, por ejemplo, apoya, a cambio de mantener impunidad y privilegios, sin reservas, la reforma energética. Este sindicato nunca fue un actor que buscara una reforma que mejorara las condiciones de los trabajadores del sector o que propusiera alternativas. Todo fue cuestión de pactar lo necesario para que los negocios y el control se mantuvieran. De hecho, los procesos de democratización del país han dejado a los sindicatos intimados, ahí las cosas suceden como si Díaz Ordaz gobernara el país todavía. El sindicalismo independiente, por su parte, es escaso, débil y poco apoyado por los actores políticos.

Una cosa es clara, no vamos a detener el proceso de deterioro salarial y condiciones de empleo sin organizaciones sindicales fuertes, que representen e impulsen los intereses de los trabajadores. Simplemente no va a suceder que, la supuesta riqueza que generarían las empresas que pueden disponer de trabajadores no sindicalizados va a ser tan grande y extendida, que superara la acción redistributiva de los sindicatos. Eso no significa que no se hayan cometido excesos por parte de los gremios, especialmente en los sistemas de pensiones de algunas instituciones públicas. Tampoco que no deban cambiar procedimientos y prácticas sindicales para buscar objetivos como la absorción de la tecnología y el mejor capital humano de sus agremiados. El punto es que el sindicalismo debilitado, cooptado, corrupto, ineficaz qué ahora vivimos, explica buena parte de la pérdida salarial de nuestro país. Los sindicatos mexicanos simplemente no son actores en la toma de decisiones, no impulsan la idea de un salario mínimo justo, tampoco la de aprovechar la renegociación del TLC para recortar diferencias salariales o la de mejorar los servicios que ofrecen instituciones como el IMSS o el ISSSTE. Son una rémora de lo que queda del viejo sistema priista, alimentada por la enorme corrupción que los caracteriza.

 

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