“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.”
Italo Calvino

Mi Guadalajara, la ciudad de los árboles florales en primavera, la lluvia de verano y, por mucho, la de la mejor calidad de vida en el país.

La ciudad que ha atraído, desde su fundación, a todo tipo de personas, desde los estudiantes que vienen de fuera a cursar la universidad y los extranjeros que llegan contratados por empresas transnacionales y acaban casándose con tapatías de ojos grandes, hasta la oleada de chilangos que escapó del temblor del 85 cuando en la Ciudad de México sólo había tráfico, smog y no existían las bicis públicas ni parques bonitos por la capital.

Sí, admito ser parte de este último grupo de inmigrantes chilangos que, como muchos otros, adoptamos a esta ciudad como nuestra. Y no por decisión propia, sino por la visión de mi padre, quien deseaba brindarnos una mejor calidad de vida y, por supuesto, la ventaja competitiva que implicaba el estar casado con una tapatía de ojos grandes y apellido compuesto.

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Estos inmigrantes circunstanciales en la ciudad contrastan con otro grupo no menos importante: el de la “Guadalajara de toda la vida”.

Como saben, sin caer en estereotipos, un grupo distinguido generalmente por el “pos”, el “ocupo” y los apellidos compuestos. El que valora por sobre todas las cosas la membresía del club, el colegio de abolengo y el carrazo. Una tribu urbana que, en la mayoría de los casos, debe sus fortunas a negocios inmobiliarios o a los ingresos de las ventas de grandes empresas tapatías que fueron fundadas por sus bisabuelos, abuelos o padres, pero rara vez por ellos mismos.

Ésta es mi historia de vida y de negocios. Así es como a mis 14 años llegué al Instituto de Ciudad, escuela jesuita con grandes valores y poco abolengo, la misma que, contradictoriamente, cedió este año al capitalismo inmobiliario. En este colegio no había muchos inmigrantes de mi tipo pero tampoco había “tapatíos de toda la vida”. Existía una rica diversidad de contextos económicos y culturales. Ahí fue donde decidí formar parte de ese tercer grupo denominado “tapatíos de corazón”. Justo al darme cuenta de que no quería ser un “tapatío de toda la vida”, tanto como tampoco quería ser un mero inmigrante, pues éstos tendían a aislarse en grupos de sus semejantes.

Es justamente en este tercer grupo, “tapatíos de corazón”, en el que está sucediendo la magia de nuestra ciudad: artistas, chefs, deportistas, cineastas y emprendedores que tienen lo mejor de los mundos: por un lado la ventaja de no haber vivido en la comodidad de la costumbrista y tradicional “Guadalajara de toda la vida”, y por el otro, el saberse miembros adoptados por una ciudad a la cual le tienen un amor indescriptible.

Gracias a estos “tapatíos de corazón”, en mi opinión, es que hoy en día Guadalajara es referente de cocina, arte, cine, deporte y emprendimiento disruptivo en diversas áreas: desde la cerveza artesanal hasta las startups tecnológicas.

La lista de los encorazonados tapatíos es vasta: Saúl Canelo Álvarez, Gael García, Lorena Ochoa, Gonzalo Lebrija, Paul Bentley y Paco Ruano. Guillermo del Toro, Gonzalo Oliveros, Joel Juan Qui, Antonio Ortuño, Trino Camacho, Jis, Pedro Jiménez, Julia y Renata, y Alfredo Hidalgo Rasmussen.

Vivo en una ciudad que me permitió ser disruptivo, con las condiciones necesarias para lanzar una idea que quizás en otra parte del país hubiera resultado difícil de llevar a cabo.

 

Contacto:

Twitter: @jesusbrisenog

Página web: Cerveza Minerva

 

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