Estamos viviendo los momentos disruptivos en aspectos económicos, políticos y sociales que pondrán a prueba la capacidad de nuestra sociedad para mantener la estructura institucional en todos los niveles de la vida pública. No debe representar este aspecto algo fatalista, negativo o destructivo, sino al contrario, podría ser una vía de replantear, limpiar, corregir y reorganizar muchos aspectos que se han convertido en lacras destructivas de la sociedad.

El proceso económico de México está ligado a la globalización porque le apostamos a una apertura indiscriminada sin haber creado los mecanismos de defensa interna a la liberación de nuestra economía, y esto se hizo sin un proyecto de largo plazo.

Muchos actores políticos dirán que la apertura indiscriminada era necesaria, pero la realidad muestra que no era así, pero jamás quisieron oír las opiniones y los criterios que señalaban que México requeriría políticas de protección industrial, de mercado interno, de áreas críticas sociales y de negociaciones internacionales más enfocadas a aspectos políticos y humanos que económicos.

La volatilidad financiera actual no podrá ser superada en muchos años, porque los fundamentos que la generan siguen vigentes y porque las fuerzas geopolíticas están luchando por hegemonías de control como es el caso de Estados Unidos, China y Rusia. México ha sido presa de esa volatilidad, reflejada en la depreciación del tipo de cambio, que entre julio de 2015 y julio de 2016 fue de 19.2%.

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Por otra parte, existe un movimiento pendular que está mostrando que los procesos de globalización están llegando a un nivel de ruptura con grandes consecuencias para el mundo y para México. Un ejemplo inequívoco es esta corriente proteccionista que abiertamente se está manifestando en las economías del mundo, pero el punto más delicado es que se muestra en la economía hegemónica y controladora de las finanzas mundiales, por Estados Unidos.

Ante esta circunstancia, la decisión de Gran Bretaña de salirse de Europa se convertirá en un evento casi anecdótico, frente a una política proteccionista de un cambio absoluto de paradigmas por parte de la economía norteamericana.

Los impactos expansivos que tendrá el regreso del péndulo de libres mercados a mercados semiprotegidos será muy delicado para los países que, como México, le apostaron a la apertura plena. Nos va a tocar abrocharnos el cinturón de manera muy severa; todo dependerá del grado de virulencia nacionalista que generen las políticas bilaterales entre Estados Unidos y México.

De hecho, en lo que va de 2016, y como resultado de condiciones internacionales poco favorables que generaron una menor recaudación, el gobierno federal ha realizado tres recortes presupuestales, por un monto acumulado de 260,715 millones de pesos.

Lo que para muchos era inconcebible se volverá una negra pesadilla. Por ello es importante tener los escenarios de riesgo y de accesos estratégicos que traten de neutralizar los efectos negativos y de construir plataformas de desarrollo que permitan a la población de México absorber impactos tan críticos como la disminución del empleo y del consumo.

Tendremos que hacer un gran esfuerzo para que la gente común y corriente, sobre todo de clase media, no pierda sus expectativas de progreso y mantenga el ánimo de esforzarse para lograr futuros mejores.

Mucho dependerá de cómo logremos solucionar estos momentos desestabilizadores, de que los mexicanos entendamos que unidos podremos superar muchos de estos problemas, en lugar de pegarnos unos contra otros, de que encontremos motivaciones para cuidar nuestra propia estabilidad y contribuyamos a la estabilidad nacional. Muchas de las respuestas del futuro van a estar en que los líderes en todos los campos de la actividad económica, política y social dejen a un lado sus siempre mezquinos intereses y apuesten a favor de la patria.

México se va a encontrar en una situación sumamente delicada si no estamos conscientes de que unidos será la única forma de superar las crisis que vendrán en los próximos años.


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