La preocupación no es nueva, sigue siendo la misma que habitó en las cabezas de Tomás Moro, de Karl Marx, de John Maynard Keynes de Picketty. El tema de la desigualdad de la distribución de la riqueza es una cicatriz. La línea que divide a quienes todo lo tienen de aquellos a los que todo les falta es oprobiosa. Anhelamos la utopía, esa ciudad en la que la sociedad vive en una forma ideal, el buen lugar, contrastante al mal lugar de las distopias. Y, por alguna razón, el Hombre se dejó encandilar y en vez de caminar hacia la sociedad política ideal, con un plan, proyecto, doctrina y sistema deseables, optamos por el camino al revés. Es un sinsentido que la  Organización para el Crecimiento y Desarrollo Económico (OCDE) aborda en su publicación Un marco para la acción política sobre el crecimiento inclusivo. Este informe presenta el Marco de la Organización para el Crecimiento y Desarrollo Económico para la Acción de Políticas sobre el Crecimiento Inclusivo, desarrollado para ayudar a los gobiernos a mejorar las perspectivas de los que actualmente se quedan atrás.

Parece que en la OCDE se reflexiona sobre algo que hemos dejado de ver a lo largo de la historia de la humanidad: el modelo de crecimiento económico se debe centrar en el individuo y no en el Producto Interno Bruto per cápita. Cuando nos centramos en las personas en lo particular en vez de fijarnos en la economía en su conjunto, cuando el criterio es buscar el crecimiento y el bienestar de cada habitante, estamos construyendo un modelo que contribuye al progreso independientemente del origen, del lugar, de las condiciones lo que contribuirá a romper el espejismo de bienestar macroeconómico y a propiciar una distribución justa de los beneficios.

Es decir, se trata de propiciar políticas que propicien un desarrollo que incluya. Se trata de acercar medios de crecimiento no de inhibirlos. En esa condición, poco importa la situación en la que se encuentren los ricos. A ellos hay que dejarlos que sigan generando empleos, que sigan administrando las fuentes productivas de la economía, que sigan trabajando. Ellos no son el problema que queremos atacar, al revés, hay que dejarlos en paz. Más bien, tenemos que poner la mirada en donde necesitamos resolver y empezar a reducir las desigualdades no bajando el nivel de otros sino elevando el de quienes están en niveles de no inclusión.

Por lo tanto, según este informe de la OCDE, para lograr una mejor distribución de la riqueza, tenemos que promover la eficiencia de los mercados. Para incrementar el estándar de vida de la gente, tenemos que vigilar que las políticas que orientan las decisiones políticas, fiscales y monetarias no menoscaben la cohesión social ni frenen el desarrollo. En esta condición, debemos estar atentos que las decisiones económicas de estado se alejen del resentimiento y busquen sinergias que sean propiciatorias no nada más de un desarrollo, si no de un desarrollo incluyente.

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Así, mientras las franjas superiores de la pirámide de la distribución de la riqueza siguen creciendo, se aceleran las dinámicas de crecimiento productivo y la brecha que separa a las bases de la cúspide se irá reduciendo. Sin embargo, no todo es tan sencillo como parece. El gran problema de desigualdad que está enfrentando el mundo tiene que ver con regiones económicas. La inequidad traspasa fronteras, eso hace que el problema se agrave. Por esto, vemos que hay países que ven partir a sus nacionales en busca de mejores oportunidades pues la tierra que los vio nacer no los puede retener. La gente se mueve de las regiones pobres y va en busca de condiciones de vida más dignas.

Por ello, según el reporte de la OCDE, es tiempo de pasar del discurso a la fase de concreción. Del estudio se desprende que las políticas asistenciales y las decisiones sociales no serán suficientes, necesitamos dar condiciones de mercado de las que se desprendan prácticas de efectividad que sean la base del progreso. La inequidad es un gran desperdicio económico ya que inhibe las posibilidades de desarrollar talentos locales y de aprovechar la inteligencia de quienes están en una situación desfavorable. No necesito ahondar, sabemos de sobra como la distribución inequitativa de la riqueza puede pesar cuando se busca el progreso.

Es momento de cambiar el paradigma. Concuerdo con el informe de la OCDE con que ya llegó el tiempo de dejar de medir el éxito de una economía a partir de índices agregados y cifras ponderadas que nos sirven de analgésicos porque esconden las franjas de separación entre la gente. Si ayudamos a las personas a elevar su calidad de vida, si invertimos en capacitar al individuo, en dotar de condiciones a los lugares, si ayudamos a la dinámica de los negocios y ponemos el interés en ayudar a que la gente pueda emprender y en que los proyectos de emprendimiento sean exitosos, estaríamos dándole una solución desde la raíz al problema.

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Por supuesto, la inequidad y la desproporcionada distribución de la riqueza no es un problema que se pueda frivolizar. La pobreza es un problema serio; el hambre, más. Las políticas que prometen acabar de cuajo y rápidamente con lo que la humanidad no ha logrado hacer desde hace siglos, no pueden más que hacernos sospechar. Sin embargo, la propuesta de la OCDE me gusta porque pone el foco en el individuo. Es decir, en ti que me lees y en mí que escribo. El sector empresarial, la sociedad civil, las autoridades y los ciudadanos en lo particular tenemos un papel y debemos participar haciendo lo que nos toca.

Debemos impulsar la creatividad en el emprendimiento, la excelencia en las prácticas de mercado, la innovación en los negocios, la transparencia en las políticas del estado, la vigilancia y el cuidado de los nuevos negocios. Todos debemos apostar al apoyo de un crecimiento que incluya, buscando que el que se va rezagando, encuentre ayuda —en vez de frenar al que va ganando velocidad—, porque al final, todos somos un equipo y a todos los integrantes nos conviene triunfar en esta partida.

Insisto, la preocupación no es nueva, sigue siendo la misma que habitó en las cabezas de Tomás Moro, de Karl Marx, de John Maynard Keynes, de Picketty. El tema de la desigualdad de la distribución de la riqueza es una cicatriz. Es momento para que la herida empiece a sanar de una vez y para siempre.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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