José Mujica se puede dar el lujo de pararse en la tribuna de las Naciones Unidas para hablar de la felicidad y el tiempo libre, para declararse socialdemócrata , como la mayoría de los guerrilleros que sobrevivieron a su propia utopía y se incorporaron a la lucha electoral.

 

 

Cuando José Mujica no es un hombre de Estado es un soñador. Llegó al poder ya viejo pero no cansado y su jubilación como guerrillero la vive siendo presidente de Uruguay. Sus discursos en las cumbres internacionales y en la ONU causan revuelo aunque lejos están de ser incendiarios.

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Si hubiera tenido acceso a la tribuna cuando era parte de los Tupamaros el tono sería otro, sus discursos serían como fueron los del Che Guevara, quien a los 36 años, un 11 de diciembre de 1964, siendo ministro de industria de Cuba, insistía en el pleno de las Naciones Unidas en su disposición de dar la vida para liberar a cualquier pueblo del mundo. A sus 78 años Mujica aseguró en ese mismo organismo que “tal vez hoy la primera tarea sea salvar la vida”.

Entre 1965 y 1966 los jóvenes anarquistas y socialistas de Uruguay se unieron en el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T), entre los libertarios estaba Mujica.

Esta guerrilla se inspiró en la que comandaran Fidel Castro y el propio Ernesto “Che” Guevara. Al igual que el resto de los guerrilleros del continente, los comunistas uruguayos veían en la Revolución Cubana la confirmación de que era posible derrocar a las oligarquías.

Aunque el propio Che fue incapaz de replicar el triunfo, su expedición a Angola se transformó en “la historia de un fracaso” según sus propias memorias y en Bolivia fue muerto no en batalla, sino asesinado por los militares que temían a la presión internacional si lo llevaban a juicio después de su captura.

Pero regresemos a Uruguay, aquel país del oriente sudamericano vivía una democracia con aspiraciones autogolpistas que se concretaron en 1973 de la mano de un presidente constitucionalmente electo y que se tornó en una dictadura militar donde los civiles encabezaban y legitimaban el gobierno. En ese contexto, José Mujica fue herido de seis tiros y permaneció encarcelado 15 años. También conoció a la mujer que hasta la fecha es su esposa.

El Pepe Mujica saltó a la fama cuando a mediados del 2012 el diario español El Mundo lo bautizó como el presidente más pobre del mundo.

Hasta su granja, chacra le dicen en el sur, llegaron medios como la cadena inglesa BBC en busca del presidente que sembraba flores, reparaba el mismo su tractor y tenía una perra coja como mascota. Todo para encontrar el origen de su pobreza. La respuesta dona el 90% de su sueldo a obras sociales. Algo insólito en un mundo donde la clase política tiende a enriquecerse de manera desproporcionada al amparo de la administración pública, aún en épocas de crisis y desempleo, aún a costa de la sangre y el hambre del pueblo.

Su aspecto bonachón ayuda, su vestir sencillo lo enaltece. Que solo posea un Volkswagen sedán 1987 –de los que en México llamamos vochos y en el resto del mundo escarabajos–, y los use para ir a trabajar como presidente lo llenan de una congruencia irrebatible convertida en lugar común: “es el mejor presidente del mundo” dijeron los integrantes de la banda de rock Aerosmith quienes fueron a conocerlo y le regalaron una guitarra autografiada.

Pero a José Mujica no le gusta el mote. Ha dicho que no es el más pobre del mundo, que pobres son aquellos que necesitan mucho para vivir, y él es un campesino que tiene lo suficiente. Un chacarero (floricultor) según la misma página de la presidencia uruguaya. Sus detractores lo tachan de radical y populista, de ser un demagogo que creo un personaje: El Pepe. Aunque los propios uruguayos dan fe de encuentros personales e historias de calle que indican lo contrario. En Valizas una de las playas más concurridas de Uruguay escuché de boca de un ingeniero agrónomo decir que antes de llegar a la presidencia, Mujica iba a comprar las plantas y semillas para su chacra y siempre les compraba un poco a la empresa donde él laboraba y otro tanto a los de la competencia, así que en opinión del agrónomo así era para todo, equitativo en la medida de lo posible.

En la chacra apenas si hay dos policías vigilando, nada que ver con el oneroso y vergonzante despliegue de militares del estado mayor presidencial mexicano. Ahí, vive junto con su esposa la también ex guerrillera y ahora senadora Lucía Topolansky, la misma que siendo líder del congreso invistió a su marido como presidente del Uruguay. Una historia que pareciera de cuento de hadas pero sin príncipes ni princesas, eso sí, hubo calabozos, torturas y vejaciones para ambos. Un par de fugas de película y luego la vida en el campo. Hoy día los periodistas que han visitado la oficina de Topolansky dan cuenta de que ahí tiene tres fotos: la del Che, la del Pepe, y la de Gardel.

El segundo hecho que llevó a este hombre sencillo al status de rockstar fue su propuesta de legalizar la marihuana en su país. De lograrlo sería el primero en América, pero sobre todo el inicio de un cambio de paradigma en materia de combate a las drogas que ha dejado miles de muertos tan solo entre Colombia y México y que de a poco se expande a Perú, Bolivia y es un factor que aumenta la violencia en la paupérrima Centroamérica. La oposición acusa que esta medida es un distractor para no hablar de la creciente inseguridad en Uruguay, la inflación y demás males que afectan a todos los países del mundo. Lo cierto es que Uruguay con poco más de tres millones de habitantes es un actor minúsculo del sur dentro del concierto internacional. Rodeado, por si fuera poco, de dos gigantes regionales: Argentina y Brasil, el resto es el Atlántico.

Por ello, José Mujica se puede dar el lujo de pararse en la tribuna de las Naciones Unidas para hablar de la felicidad y el tiempo libre, para declararse socialdemócrata como la mayoría de los guerrilleros que sobrevivieron a su propia utopía y se incorporaron a la lucha electoral. Pararse ahí además y decirles que no sirven para mucho que “nuestro mundo precisa menos organismos mundiales de toda laya, que organizan foros y conferencias que sólo sirven a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas”.

Y como ejemplo de que los organismos internacionales reflejan los intereses de quienes los crearon suelta la queja razonable, Uruguay aporta el 14% de sus fuerzas armadas a las misiones de paz, apenas 2500 soldados. Nada si pensamos que EU tiene 33 mil efectivos estacionados en Japón, pero mucho si consideramos las dimensiones del país sudamericano, “llevamos años y años, siempre estamos en los lugares que nos asignan, sin embargo donde se decide y reparten los recursos no existimos ni para servir el café”, replicaba el Pepe frente a una sala casi vacía, en la que horas antes se agolpaba la gente para ser testigos de cómo el presidente Barack Obama declaraba la inexistencia o la muerte del imperialismo estadounidense. Aún así hubo suficiente espacio en la prensa para el discurso “filosófico” de Mujica.

En general los estudiosos de las relaciones internacionales sostienen que basar el análisis a partir de los individuos es un error, nos dicen que tampoco importan sus principios ideológicos sino las consecuencias morales de sus actos. Que poco hay que fijarse en cómo gobiernan sino en el tipo de gobierno que ejercen, colocando las democracias por encima de toda otra forma de gobierno. Sin embargo a veces aparecen personajes cuya particularidad rompe con cualquier esquema. Ese es el caso de José Mujica, el presidente de Uruguay, que cuando no es un soñador tiene que actuar como hombre de Estado que considera que la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, es una vieja terca con la que es difícil negociar; que se niega a entorpecer sus relaciones con la Unión Europea para defender la dignidad de Evo Morales tras ser detenido en Francia de manera ilegal o que ya busca acuerdos bilaterales extra Mercosur, porque al final como todo hombre de Estado su obligación es velar primero por los intereses de su pueblo.

Sobre su pasado es escueto, el día que le preguntaron si había matado a alguien respondió: tengo mala puntería. Ha dicho que sus errores son hijos del tiempo que le toco vivir, como tal los asume pero hay veces  que el ex guerrillero también sueña y le dan ganas de gritar: “¡Quién tuviera la fuerza de cuando abrevábamos tanta Utopía!”.

 

 

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