El próximo 5 de junio, los electores de 13 estados acudirán a las urnas para definir 12 gubernaturas, 448 diputados locales y 967 presidencias municipales. El pasado fin de semana arrancaron las campañas con el correspondiente despliegue de las maquinarias electorales de los partidos políticos. Más allá de las predicciones de triunfo que cada contendiente hace, existen factores evidentes que denotan las perspectivas y estado de ánimo de los ciudadanos respecto de los procesos en marcha.

Estudios recientes demuestran que la sociedad no está satisfecha con los partidos políticos, que desconfía cada vez más de los políticos y que –con una indiferencia creciente– ha dejado de creer en que se resolverán –o al menos se atenderán– sus problemas prioritarios.

 

¿Qué puede hacerse para recuperar un poco de la confianza ciudadana?

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  1. Los partidos políticos parecen no entender la demanda ciudadana ni la problemática social: ante la falta de liderazgos recurren a personajes bizarros y caricaturescos buscando atraer más votantes; lo hacen porque admiten que no tienen nada más que ofrecer, pero ante todo porque con los votos de estas figuras “populares” pueden seguir manteniendo sus cuotas de recursos y posiciones.
    No es demeritar ni menospreciar el derecho de nadie a participar, pero si la clase gobernante da pena, esa táctica sólo alimenta la extravagancia, mediocridad e incompetencia de quienes aspiran a ser parte del gobierno. Para mejorar la oferta hay que trabajar mucho en la preparación de líderes de calidad.
  2. Palabras como justicia, igualdad, seguridad, empleo, transparencia y desarrollo ya se vaciaron, ya nadie cree en el discurso, lo contaminaron, lo dejaron sin significado. Todos ofrecen lo mismo y no hay garantía alguna de cumplimiento de las propuestas (aunque las firmen y certifiquen).
    La ciudadanía busca respuestas claras, compromiso, reciprocidad. Desafortunadamente no le queda otra más que tomar lo que hay y aguantarse. Le toca a la sociedad exigir, demandar, fiscalizar, no olvidar, no ser tan ingenua, empoderarse y aumentar su autoestima para que no le sigan faltando al respeto.
  3. Las campañas se volvieron tan aburridas que los eventos de campaña ya no funcionan sin música, entretenimiento o algo que “jale” a la gente; se acude por interés, nómina, dependencia o coerción, ésa es la cruda verdad. Nadie quiere perder su trabajo, su local en el mercado, la tarjeta de descuentos o hasta un crédito de interés social.
    Esos grupos nutren las votaciones y permiten replicar el sistema. Son el recurso para mantener a raya a la mayoría apartidista y “apuntalar” “mayorías” ficticias. Urgen cambios profundos al sistema para mejorar su calidad y representatividad. Estas transformaciones no pueden dejarse sólo en manos de los partidos políticos, pues es evidente que no tendrían interés en lo que vaya en favor del ciudadano.
  4. La necesidad de cultura política es contundente; sin embargo, los saldos negativos inducen a los buenos ciudadanos a la abstención, el hartazgo y la automarginación. Este factor, sumado a las limitantes impuestas a los candidatos independientes, generan un desperdicio de líderes legítimos, auténticos y con las capacidades necesarias para actuar en favor de la sociedad, más aún cuando los partidos políticos insisten en “rellenar” las candidaturas con familiares, incondicionales y asociados.
    La corta duración de las campañas y las opciones forzosas dejan a la ciudadanía en manos de los mismos de siempre, dividida y sin opciones reales. La gente acude a las urnas y tiene que tomar lo que aparece en la boleta; en palabras comunes: vas a comprar pasta de dientes, no encuentras, tienes que usar detergente (si quieres lavarte) o te quedas como estás. Más aún, se suponía que se acabarían el derroche, el dispendio y la compra de votos (¿de verdad?).
  5. Las campañas deberían ser eventos de renovación, de reflexión, evaluación pertinente y de compromiso con la mejora de la sociedad en que vivimos. En lo emocional, nos gustaría pensar que las campañas son un momento de inspiración, aspiraciones, objetivos, emotividad y unidad en torno de líderes con cualidades que buscan sumar el consenso de una mayoría y poner esa fortaleza al servicio de todos. Nuevamente predominan el descrédito, los chismes, las intrigas y las descalificaciones, partiendo de la premisa de que todos son iguales y que no habrá cambios. Tristemente lo que queda es votar por él o la menos [email protected]
  6. Cuando alguien se presenta como [email protected] a una campaña, lo que hace es construir una personalidad (no una caricatura), una representación superior de sí [email protected], de sus logros, valores, ideales y capacidades; las conjuga con sus propuestas y compromisos para someterlos a consideración de [email protected] [email protected] y que [email protected] decidan.

Actualmente, los excesos, el ridículo visual y la degradación siguen prevaleciendo. Los partidos y sus [email protected] siguen buscando publicidad mediante el escándalo, las ocurrencias e improvisaciones. Desconocedores de su contexto, pretendientes de seguidores y amigos en las redes sociales, se convierten sin pudor en espontáneos, cantantes, poetas, cómicos de tercera y soneros de la loma. Inflados por sus séquitos terminan traicionados por el ego.

La verdad es que muy pocos realmente representan y podrán cumplir lo que dicen, pero como la memoria de la sociedad es corta, voluble y frágil, pueden mentir, exagerar, escenificar peleas y hasta amenazar con perseguir a sus antecesores corruptos. Al final, todo es moverse, brincar, sudar, activarse y hablar en el circo electoral para que todo siga siendo lo mismo y el ciudadano regrese a su letargo.

 

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