Por Uriel Naum

Un cáncer se extiende en América Latina. Lo conocemos como corrupción y avanza a pasos agigantados. No respeta países. Corrompe estructuras públicas y privadas. Se lleva las ocho columnas en los diarios; es la “noticia” en los principales noticieros de radio; internet nos inunda todos los días con el tema; es trending topic en redes sociales (#corrupción); los memes que abordan el tema no cumplen con el cometido de causar sonrisas, sino preocupación.

El tema nos asfixia. Se cuela a nuestras casas por los televisores. Se personifica cada que vamos a realizar un trámite. Lo vemos en autopistas mal hechas, en proyectos de infraestructura con sobrecostos, en enriquecimientos inexplicables, en la debilidad de instituciones para procurar justicia y en la falta de elementos legales que generen un ambiente propicio para los negocios.

La corrupción en los distintos países de América Latina se da en grados diferentes, pero nadie se salva. El índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional pone como el país más corrupto a Venezuela, seguido de Guatemala y México. Detrás de estos están, en ese orden, El Salvador, Ecuador, República Dominicana, Perú, Argentina, Colombia, Panamá y Brasil.

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Pero la corrupción es más que un asunto de percepción. Una prueba de ello es que en la mayoría de los países mencionados se investigan casos como el de Odebrecht, el constructor gigante de Brasil acusado de sobornar a altos funcionarios de Latinoamérica con más de 735 millones de dólares para favorecerse de obras importantes.

La corrupción supone 5% del PIB mundial. En América Latina algunos especialistas hablan de 2% del PIB; otros, hasta de 8%. Lo cierto es que en países emergentes más de 25% de los casos de corrupción, según el Banco Mundial, tiene que ver con contratos mercantiles, en detrimento de los negocios y el propio desarrollo.

Y no, la corrupción no conoce ideologías. Lo mismo se encarna en gobiernos de izquierda, que en los de centro y derecha. Los andamiajes institucionales son endebles ante esta “enfermedad” que va matando nuestras sociedades.

¿Necesitamos un órgano supranacional con capacidad de acción para detener este cáncer? El tema ya se ha puesto en la mesa antes. La pregunta que sigue es si los grupos de colusión dejarán que pase una iniciativa como ésta en Latinoamérica.

Nos habremos de dar cuenta que el cáncer nos mató como sociedad cuando los vendavales de noticias de corrupción dejen de sorprendernos. Entonces habrá poco que hacer. Mientras tanto me niego a aceptar que nos ha ganado la batalla.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.