El mundo está regido por el caos. Creamos instituciones para ofrecer un poco de certeza, para enfrentar la incertidumbre, aun cuando llenemos sus pasillos de humanos fallidos como nosotros mismos. Un presidente se presenta ante el pueblo como la columna que sostiene un edificio, cuando éste falla los naipes muestran la verdadera y frágil naturaleza que hemos construido. Es en esa fragilidad que buscamos culpables, realizamos una autopsia buscando culpables. Construimos demonios para expiar nuestros propios pecados, poco importa si la verdad es algo mucho más complicado.

Ese parece ser el espíritu detrás de El Vicepresidente, más allá del poder (The Vice, 2018), el trabajo más reciente de Adam McKay (Ricky BobbyLoco por la velocidad, La gran apuesta) detrás de la cámara. La cinta propone una biografía sobre la vida de Dick Cheney (Christian Bale pasadito de kilos), quien fue vicepresidente durante la presidencia de George W. Bush en Estados Unidos y es considerado uno de los políticos de colmillo más retorcido dentro de la escena política norteamericana.

El retrato de McKay es bastante libre y relajado con los datos –como cualquier biopic hollywoodense, pero aquí se acepta de manera descarada–, su interés no es ofrecer verdad sino capturar una idea para llevarla a la farsa: el poder es peligroso porque quienes lo ejercen viven a la sombra. El concepto hace eco de los rumores sobre el verdadero alcance de Cheney durante los años de Bush hijo, cuando un sector de la prensa lo tachaba constantemente de torpe o corto de ideas. Alguien forzosamente ejercía el poder y si no era el presidente, seguro era su oscuro vicepresidente.

The Vice recorre la vida de Dick desde que era un borrachales cualquiera en un pueblo perdido de Estados Unidos hasta hace un par de años, cuando los medios empezaron a cuestionarlo sobre su papel en la Guerra de Irak, por ejemplo. Si algo ocurrió en los ocho años de gobierno republicano bajo el mando de George W. Bush (quien ya tuvo su propia biopic llena de burlas a su “torpeza” gracias a Oliver Stone) seguro detrás del suceso estuvo Cheney, según lo muestra McKay.

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Al igual que en su trabajo anterior que también recibió múltiples nominaciones al Oscar, La gran apuesta (The Big Short, 2015), el realizador intenta imbuir a las acciones de un tono cómico. El truco no funciona del todo porque en aquella cinta, también inspirada por hechos reales, los protagonistas eran unos sinvergüenzas que se aprovechaban del sistema (y de miles de familias que lo perdieron todo durante la crisis financiera del 2008. Eran, a fin de cuentas, la corporalidad del sueño americano. Cheney, para McKay, es la perversión del mismo.

 

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