Una de las grandes preguntas de la ciencia ficción (y tal vez de la ciencia en general) es encontrar qué nos hace humanos, cuál es la diferencia entre nosotros y una máquina, un animal, un programa de computadora. En su libro Los dragones del Edén, el escritor y científico Carl Sagan se cuestiona sobre la manera en que adquirimos conciencia, el rasgo -según él, claro- que nos separa del resto de los animales. Sagan explica que hay un antes y un después gracias a ese momento. Nuestra capacidad cerebral no es extraordinaria comparada con la de otros animales, sin embargo, la evolución de nuestro cerebro nos permitió diferenciarnos de otras especies. Pudimos preguntarnos: quiénes somos y de dónde venimos, sentirnos abandonados en la inmensidad del firmamento. “La curiosidad y el afán de resolver dilemas constituyen el sello distintivo de nuestra especie”, afirma Sagan en su texto.

Ese espíritu de curiosidad y anhelo por vivir se captura a la perfección en Blade Runner (1982) -sin importar la versión que tengan oportunidad de ver-, los replicantes (robots de aspecto humano) desean ante todo conocer el universo, explorarlo, agotar sus confines y poder vivir para contarlo. Son, en esencia, románticos insaciables. Desean dejar de ser esclavos para existir en plenitud, lejos de los tiránicos deseos del hombre, por eso se rebelan ante el injusto destino que la raza humana ha impuesto sobre ellos: sólo pueden vivir unos cuantos años. Ellos y no el detective encargado de buscarlos -digno heredero de la tradición noir- son los que están llenos de humanidad, aunque sean un invento nuestro.

Blade Runner 2049 (2017) busca retomar esa línea hasta llevarla a una de sus conclusiones lógicas, dejando a un lado el cyberpunk que caracterizó a la cinta de Ridley Scott para reemplazarlo por la elegante y fría estética europea del quebequense Denis Villeneuve. Al igual que en la película ochentera, tenemos a un detective, K (Ryan Gosling), que busca a replicantes prófugos, sobre todo modelos viejos porque los nuevos, como él, han sido creados para obedecer cualquier orden que se les imponga. (¿Romperán las tres leyes de Asimov?).  Una de las pesquisas de K pone al descubierto un secreto de los replicantes que podría cambiar el destino de la humanidad.

El trabajo anterior de Villeneuve, La llegada (Arrival, 2016), hablaba de lo limitado de nuestra percepción del tiempo y el espacio como humanos, aquí el cineasta pone nuestros límites como especie en el centro de la película. No es una idea revolucionaria o novedosa, tan sólo en los últimos años películas (Autómata, Ex Machina) y series (Westworld) habían empujado el mismo concepto de maneras interesantes, pero es suficiente para darle a la película un sustento sólido sobre el cual divagar en sus más de dos horas y media de duración, apoyado en el excelente trabajo fotográfico del gran Roger Deakins.

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Piensen en la manera en que la “compañera” de K (Ana de Armas), un programa creado para llenar el vacío de la soltería se desvive por hacer del detective un hombre más feliz. Una y otra vez Villeneuve, junto a sus guionistas, ponen en evidencia lo distante que se ha vuelto la raza humana del resto de su entorno.

Si lo humano se define por vivir, son ellos, los creados por la mano del hombre, quienes están de verdad haciéndolo o, al menos, intentándolo, mientras aquellos que cargan un corazón que palpita se encierran hasta disiparse. Recuerden la sorpresa del detective al encontrar un perro o un panel de abejas, hasta su continúo reconocimiento del clima y el agua en diferentes estados que se le presenta. La melancólica mira de Gosling al notar por primera vez la nieve.

Es posible que Blade Runner 2049 no logre convertirse en un acontecimiento como finalmente sí lo consiguió la cinta de 1982, aún con todos los tropiezos de producción que cargaba. Sin embargo, su objetivo es otro, más cercano a la reflexión y expansión de un universo. Si el futuro alcanzó a Blade Runner, ¿también nos pasará a nosotros? La pregunta dejó de ser qué tan humanos somos, sino cuál es nuestro lugar en un mundo lleno de criaturas más perfectas que nosotros. Perdimos nuestro lugar en la cadena evolutiva gracias a nuestras fallas. Los límites de la especie se han patentes, entonces.

Tal vez, en el fondo, nunca podremos ser otra cosa que lágrimas en la lluvia.

 

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