El Código Penal Federal mexicano es muy claro en su Capítulo VII, artículo 208:

“Al que provoque públicamente a cometer un delito, o haga la apología de éste o de algún vicio, se le aplicarán de diez a ciento ochenta jornadas de trabajo en favor de la comunidad, si el delito no se ejecutare; en caso contrario se aplicará al provocador la sanción que le corresponda por su participación en el delito cometido.”

En otras palabras, a quién invite a cometer un delito o celebre públicamente que se realizó, obtendrá la pena que el juez disponga. Y ése fue el motivo por el que un juez giró orden de aprehensión y dictó auto de formal prisión en contra del cantante Gerardo Ortiz, pues consideró que en el video Fuiste mía había elementos suficientes para configurar dicha falta.

Antes de la orden de aprehensión, el gobierno de Jalisco ya había tenido un desencuentro con el cantante grupero, pues a partir de la publicación del polémico video lanzó un comunicado en que exhortaba a la población en general a sensibilizarse respecto de los contenidos en internet que hacen apología de la violencia y ponía como un mal ejemplo el videoclip del cantante.

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El video que generó la polémica fue publicado a principios de año, causando revuelo en redes sociales debido a que presentaba al cantante asesinando a una mujer y quemando el cuerpo, muy al estilo del crimen organizado. Ello generó que algunas ONG e instituciones lanzaran críticas al respecto, que derivaron en que la plataforma de videos YouTube eliminara de sus contenidos el material.

La violencia contra las mujeres es un problema terrible en México. Tan es así que en algunos estados de la República existe una alerta de género para que las autoridades tomen cartas en el asunto con la profundidad y especialización que requiere el tema. Es algo que no debe existir y que todos, sin excepción, debemos erradicar del mapa cultural de nuestro país.

Sin embargo, es difícil entender que se trate de un esfuerzo sistemático y direccionado en contra de la violencia de género cuando la ley se aplica de forma discrecional contra una sola persona y/o género musical. Esto nos lleva a pensar en otro tema que resulta igual de complicado y peligroso: la censura.

El problema de fondo tiene más que ver con la censura de contenidos que con la violencia de género. Que detengan y castiguen a Gerardo Ortiz porque su música hace una apología del delito me parece sumamente grave. Me explico:

Pensar que la música reproduce la violencia o que de alguna manera es la causante de la situación, es un error. La música, como producto cultural, es el reflejo de la condición de la sociedad que la gesta, no la causante de situación. La música es un producto cultural, no una condicionante de un estilo de vida. ¿La solución no sería crear estructuras incluyentes y educación que evite la violencia sistematizada en lugar de censurar?

El debate por el video inició en internet, un espacio donde, a diferencia de los medios tradicionales, cada individuo puede ver lo que quiera. En ese sentido, cada persona es responsable de los contenidos que consume y, en teoría, nadie ve nada que no quiera ver. Si una persona no quería ver el video de Ortiz, bastaba con que no lo hiciera.

El argumento del censor indica que se actúa por un bien común; digitalmente, esto se complica aún más, pues si se prohíbe un contenido se abre la posibilidad de prohibir cualquier contenido en pos de la abstracta figura del bien común.

En su momento, la ley en contra de los memes planteaba la posibilidad de limitar la libertad de expresión y la crítica política buscando proteger a un grupo que, es verdad, es socialmente más vulnerable a la violencia digital. Sin embargo, la ambigüedad de la ley generaba interpretaciones que podrían atentar directamente contra la libertad de expresión.

Lo grave es que ahora se ha creado jurisprudencia para bajar un video de internet y que podría ser utilizada para bajar cualquier otro contenido de la red. Un video simplón, una canción que hubiera sido olvidada en un par de meses, se convirtió en el objeto de la persecución de algunas buenas conciencias simplemente porque les pareció excesivo.

En el momento en que el Estado decida cuál es la estética correcta, cuáles son los géneros adecuados, qué podemos y qué no podemos escuchar, entonces habremos perdido. Si castigan y censuran un género musical, por el motivo que sea, se abre la puerta para perseguir todo. Ésa es la gravedad del asunto.

 

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