Hace unos días surgió en redes sociales el debate (en el contexto incorrecto), sobre la pigmentocracia. Soy de la idea que es importante tener un debate serio, y traer a la mesa a sociólogos, historiadores y expertos, para hablar de fondo del tema. Porque sí, México sí es racista, sí es clasista, y de paso agrego, sí es machista. Sin embargo, nada tiene que ver todo lo anterior, con llevar a cabo o no, distintos eventos que traen derrama de recursos económicos principalmente a la Ciudad de México.

Empecemos por la definición de la palabra pigmentocracia. La RAE, define:

  • Pigmento, derivada del latín pigmentum: sustancia colorante que, se encuentra en el citoplasma de muchas células vegetales y animales.
  • Cracia, de raíz griega: dominio de poder.

Por lo que concluimos que pigmentocracia es el ejercicio del poder basado por los colores de los seres vivos.

La palabra pigmentocracia se ha utilizado por distintos autores para explicar, a partir del análisis socio histórico, el mestizaje y su relación con los rasgos fenotípicos, y el poder. Recordemos de nuestras clases de primaria que, la estratificación de clases sociales de la colonia española en América estuvo basada sobre la clasificación de la mezcla de razas, y, por ende, el resultado en el color de piel.

El debate sobre el evidente racismo y elitismo en México es importante. Sin embargo, es importante hacerlo en el contexto correcto para que, un problema de fondo se evite confundir con un tema de forma, que fue el gran error de la semana pasada. Hoy somos un país mestizo, nos guste o no. Al aceptar nuestra realidad, podemos también articular el problema de fondo y empezar a resolverlo.

Es lamentablemente que, aún hoy en día, el entendimiento sobre lo que en términos prácticos sería un falso retraso evolutivo sea el pretexto para una discriminación o una asociación a privilegios y riqueza, así como también el acomodamiento en el papel de víctima sin recursos para resolver la situación.

Más allá del entendimiento sobre la mezcla y riqueza racial, mostramos al mundo, con la pobreza de nuestro debate, nuestra mediocridad al sumergirnos en el miedo al éxito. Como nación, y sistema social, le debemos a nuestro país, nuestra historia y las futuras generaciones, establecer las bases de un sistema igualitario de acceso a oportunidades, aprovechables para las personas dedicadas.

Es importante entender por qué nuestras inseguridades en vez de superarlas, las proyectamos al discriminar, y sentir placer al oprimir. Por qué dejamos a un lado la valía de la persona desde el “ser”. Y nos inclinamos cómodamente al clasificarnos en el efímero y circunstancial “tener”.

Sucede en todas partes y en ambos sentidos. Partimos del tener y los supuestos. Los comentarios descontextualizados de la semana pasada únicamente generan división, probablemente conveniente políticamente, en vez de contribuir a una muy necesaria reconstrucción del tejido social que ayude a sacar a nuestro México adelante.

En las empresas, sí, también se da. Las empresas son al final del día un reflejo de la sociedad. En algunas ocasiones simplemente maquilladas bajo políticas de lo correcto y aspiracional del deber ser al interior de una organización. Tanto en multinacionales como nacionales, sector público, organizaciones sin fines de lucro, organizaciones grandes y pequeñas, con mucha frecuencia, el inversor o máximo jerarca, quiere “ver y entenderse” con lo más similar a un par visual, así que la pigmentocracia se presenta en varias direcciones y es capaz de cruzar fronteras.

La frase “cómo te ven te tratan” es crucial entenderla. Porque más allá del color de piel, o la estatura, que por cierto también juega un rol para puestos directivos, tiene que ver con la conducción y las primeras impresiones que generamos. Y posteriormente, cómo se sustentan esas impresiones con el trato cotidiano.

Si queremos un México distinto, un México sin complejos, requerimos de una educación desde casa en valores, sed de lucha por lo correcto y superación, basados en el esfuerzo.

 

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