La figura de la galería y el museo  como  espacio de legitimación para el arte contemporáneo puede ser contraproducente para la imagen de las empresas culturales.

 

 

 

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A partir del siglo XX, con la generación de nuevas tendencias artísticas, las empresas dedicadas a las artes visuales se han visto en la necesidad de ampliar sus conocimientos y su práctica para la actualización de los contenidos y las formas de exhibición de sus exposiciones.

Además de continuar con las funciones que las definen dependiendo sus objetivos como pueden ser la promoción, difusión y protección de los artistas que representan y sus obras, la adquisición y resguardo de sus colecciones, conservación e investigación. Ahora se enfrentan con otras necesidades que las transformaciones sociales y artísticas le exigen. La manera en la que se enfrente a éstas reafirmará su compromiso como institución y con la sociedad a la que sirve.

La importancia que tienen las empresas culturales a nivel social en la creación de sistemas de información cultural y de sistemas estéticos, debe de permear el trabajo de todos los integrantes de la organización.

Por una parte, la forma en la que sean presentados los objetos dentro de una exposición determina su contextualización histórica y social, sus cualidades formales y posibles modos de acercamiento perceptual, sensible e intelectual. Esta multiplicidad de lecturas que nos brindan los objetos, obliga a la apertura de multiplicidad de presentaciones a la que pueden recurrir los espacios de exhibición. Las formas de presentación en un entorno físico determinado y/o manipulado, la disposición de los objetos, el diseño museográfico, las estrategias visuales y/o teatrales, más la información que acompañen a dichos objetos determinarán la experiencia estética por parte de los espectadores, así como las herramientas y conocimientos que adquiera entorno al discurso planteado.

Nos encontramos con un fenómeno producto del mercado comercial del arte. Dentro de las empresas culturales existe la figura de la galería y el museo  como  espacio de legitimación para el arte contemporáneo que influye a su vez en el posicionamiento económico de artistas y de colecciones. Esto puede ser contraproducente para la imagen de las empresas culturales, pues su papel dentro del desarrollo cultural de su sociedad se puede confundir con intereses meramente políticos o económicos donde se busca el beneficio de quienes tienen incidencia en el mercado: curadores, coleccionistas, marchands de arte y artistas. Es entonces donde todos los agentes involucrados en la empresa como pueden ser los mismos curadores, directores, diseñadores, investigadores,  museógrafos, líderes de opinión y otros deben siempre tener cuidado con las finalidades de la organización y sus objetivos como espacio de contemplación, educación y conservación de patrimonio para evitar el sólo responder a tendencias del mercado y poder siempre mantener una autonomía creativa, comunicativa, y propositiva para sus públicos,  el mundo del arte y la cultura en general.

Esta labor comunicativa de las empresas culturales los ha llevado a idear nuevas estrategias que promuevan la inclusión y la pluralidad. El equipo de trabajo juega aquí un papel decisivo en la forma de presentar los contenidos y la figura de los mismos artistas, por lo que debe siempre estar actualizado en búsqueda de profesionalizar y singularizar su trabajo fuera de su rol tradicional.

Afortunadamente,  el arte contemporáneo ha dado la oportunidad de poder ser cada vez más creativo y atrevido en la constitución de las exposiciones. Ahora figuras como el curador entonces pasa a ser también una especie de artista al poder proponer nuevas formas estéticas y teóricas para la conformación de exposiciones y discursos (2). Y no sólo eso, sino que también ha permitido que personas como arquitectos, diseñadores y los mismos artistas practiquen la curaduría a sabiendas de que es un espacio libre de expresión. Ventaja para aquellos interesados en cambiar el medio tradicional del arte, y desventaja para aquellos puristas que aún promueven el trabajo convencional y definido de los espacios dedicados a las artes plásticas.

A pesar de que los espacios de exposición de artes plásticas suponen fungir como un lugar neutral y plural, sabemos que siempre estarán definidos por posturas y discursos pues trabaja con creaciones humanas dentro de un determinado contexto. Siempre encontraremos voces de autoridad sobre las concepciones  de los social, lo cultural, lo artístico, las modas, las teorías, etc. La forma en que decidan estructurar sus discursos y la forma de presentarlo influirá en nuestra percepción del objeto y de la misma institución. Así como pueden sobre contextualizar, también pueden descontextualizar los objetos que nos presentan hasta llegar a una especie de estetización de los mismos, lo que puede llevar a la superficialidad y generación de lo que Guy Debord llama la “sociedad del espectáculo”, donde la grandiosidad visual, el impacto a través de medios de comunicación y los grandes flujos de visitantes provocan un aislamiento de los verdaderos valores de los bienes culturales.

No me parece incorrecto el hacer uso de grandes medios para democratización de la cultura, sin embargo se debe de tener sumo cuidado en las consecuencias que esto puede tener y cómo afecta a los sistemas de percepción y educación sensible del público no especializado. Pues corresponde a las instituciones culturales públicas y privadas el de seguir enriqueciendo y transformando las concepciones consensuadas sobre lo artístico y lo cultural en la sociedad.

 

 

(1) El arte busca los ideales estéticos colectivos, llamadas categorías estéticas. Es decir, son los sentimientos estéticos colectivos los que hoy explican al arte y a los medios masivos. Los sistemas estéticos presuponen valores producto natural de la sensibilidad y educación humana, integrados por los objetos, los productos de las artesanías, las artes y los diseños, la gente con sus comportamientos y aditamentos corporales y las ideas en circulación. Véase, Juan Acha, “El fenómeno sociocultural de la crítica”, Crítica del Arte, México, Trillas, pp.21-23

(2) Lawrence Alloway, “The Great Curatorial Dim-Out”, Thinking about exhibitions, New York, USA, Routledge, 1996, pp.4-8.

 

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