Un señor está probándose gabardinas en un estand de la marca Simple by Trista, en la feria de diseño Latinoamericano Caravana Americana. Rebeca, cofundadora de la firma mexicana, le sugiere que ponga de cabeza la prenda y se la vuelva a probar.

La gabardina, de seda y lino, se convierte en una chamarra con cuello abultado de pliegues que esconden dos bolsillos, y de costura perfectamente ajustada a la cintura, como si el patrón hubiese sido cortado en este sentido.

“Esto me lo enseñó una clienta en una feria”, comenta Rebeca, también diseñadora de la marca, “una vez, por error, se puso del revés la chamarra que me compró. Le gustó y vino a la feria para contármelo. Desde entonces, yo también lo recomiendo a mis clientes”, explica.

El término “feria de diseño” sugiere la imagen de un recinto estructurado en estands donde diseñadores o artistas exhiben sus creaciones a la espera de un pedido estrella y de consumidores que huyen de la producción en serie. Pero, ¿y si en realidad la moneda de cambio en estos eventos fueras tú o, mejor dicho, lo que tú puedes contar a estos productores sobre sus creaciones que ellos mismos desconocen?

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Rebeca, diseñadora de Simple by Trista, asesora a un cliente durante la última edición de la Caravana Americana.

Los participantes en estos eventos son emprendedores que llevan pocos años en el mercado y cuentan con equipos de menos de dos cifras, aunque también hay sitio para nombres más consolidados.

En ambos casos, muchos de ellos no disponen de locales con rótulos con su nombre, máxime administran una tienda en línea. Por esto, dependen de intermediarios, como tiendas físicas, para que sus productos lleguen al público.

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Esto hace que los creadores-empresarios-vendedores no tengan ocasión de interactuar con los clientes, con toda la pérdida de información que esto conlleva.

“Yo no estoy en tienda, por esto lo que hago mucho en ferias es probar el diseño. Saco una o dos prendas de la nueva colección para sentir la percepción de la gente. La tienda sólo me da la cantidad vendida. En cambio, aquí es donde veo las caídas, las texturas, los colores”, explica Rebeca, que en la última Caravana vendió todas las piezas en tonos mostaza, el color de su colección para primavera 2018. Sin duda, un test superado con éxito, según ella.

Además de conocer la respuesta del cliente al experimentar el producto, las ferias también sirven para que los diseñadores les pongan cara.

“Ayer conocí a Paola Ruiz de Chávez, una interiorista muy famosa. Vino y me dijo que nos había comprado mucho a través de su despacho”, explica Emiliano Molina, artífice del estudio de diseño mobiliario Cuchara, también participante del Caravana. “Yo sabía de los pedidos a nombre de este despacho, pero desconocía que era el de Paola Ruiz de Chávez. Estaba trabajando para ella sin saberlo”, comenta.

Foto: cortesía Atalaya Design Fair.

 

De la Roma a Toronto sin salir de CDMX

Distribuir en la ciudad-base del diseñador es un clásico en el capítulo de desafíos del manual para emprender en este sector. Pero aún lo es más hacerlo en otras regiones, por no decir países.

Por esto, las ferias de diseño también son una buena ocasión para que el nombre de la marca viaje y explore otros mercados.

“Nuestro show room está en la Roma, por tanto, el público es muy chico, estamos en tiendas de esa área”, explica Ana González, de la marca mexicana de bolsas Gag Bag, que en la última edición de la Caravana Americana vendió 20 bolsas a la tienda de diseño de Toronto The Wanderly.

Aldo Álvareztostado, alma del estudio de mobiliario y objetos utilitarios Piedrafuego, también consiguió que sus icónicas macetas de calaveras recorrieran territorio en la última edición de esta feria.

“Voy a entrar en la Casa Estudio Luis Barragan”, arquitecto mexicano ganador en 1980 del conocido como nobel de arquitectura, el premio Prizker, explica Álvareztostado. “Es un honor estar en la tienda porque para mí, como arquitecto, es toda una inspiración”, cuenta este emprendedor con base en Guadalajara, que gracias a esta colaboración ahora distribuirá también en Ciudad de México.

Foto: cortesía Atalaya DF.

 

Ferias, espacios para el networking en la capital

Junto a Caravana Americana, en Ciudad de México se celebran otras ferias de diseño, como La Lonja MX o Atalaya Design Fair, que apuestan por diseños de autor que no están en ningún catálogo y premian la artesanía.

Denisse Arainz, diseñadora textil, tiene experiencia en dos de esas, La Lonja y la Caravana. La creadora afirma sin dudar que los 10,000 y 17,000 pesos que respectivamente pagaron para exponer los tejidos de su marca, Arudeko Studio, en esas ferias se tradujeron en nuevos contactos. “La última vez que estuvimos en La Lonja conseguimos un contacto buenísimo con un coreano y también nos metimos en Polanco, que es una buena zona para vender”, explica.

Facebook y sus colegas nos han hecho creer que hoy todos es evaluable y nos han convertido en jueces cambiando el mazo por un mouse. Instagram y Linkedin expanden nuestro círculo de networking a espacios hasta entonces desconocidos. Y Google y Amazon presumen de bases de datos que registran todo lo que existe.

Pero las ferias siguen siendo microclimas donde los contactos florecen y se sellan con intercambio de tarjetas. Y los diseñadores con perfiles multimedia en varias redes, pero sin espacio físico, las necesitan. Porque la reacción del público a un producto no se puede resumir en un “like”, menos aún cuando llevan puesta tu chamarra de cabeza.

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