Algo que resulta notorio en cada una de las funciones de las películas que conforman la programación del Festival de Toronto son los sonoros aplausos y gritos de aprobación que despierta cualquier ataque frontal contra la política del actual mandatario estadounidense Donald Trump, personaje particularmente repudiado en tierras canadienses y por un porcentaje mayoritario de la prensa norteamericana, por lo que el revuelo que ha causado Knives Out, la nueva película de Rian Johnson (Star Wars: El último Jedi, 2017), no resulta en lo más mínimo sopresiva.

Tomando inspiración en los populares relatos de detectives de Agatha Christie como Asesinato en el Expreso Oriente o Muerte en el Nilo, la película de Johnson parece revertir el mecanismo de funcionamiento de las historias de Christie dándonos la resolución del misterio en la primera parte de la película, pero como afirma Blonc (Daniel Craig), nuestro equivalente del popular Hercules Poirot, hay siempre un agujero más. La película gira alrededor del aparente suicidio de Harlan Thrombey (Christopher Plummer), un acaudalado escritor y dueño de un imperio literario fundado en las historias de misterios cuya familia es una colección de vistosas aves de rapiña que viven cómodamente de su cuantiosa fortuna.

Contando con un reparto que incluye a Jaimie Lee Curtis, Michael Shannon, Toni Collette y nada menos que el Capitán América (Chris Evans), la película tiene como protagonista a la enfermera de Harlan Thrombey, Martha interpretada por Anna de Armas. Utilizados usualmente como personajes secundarios, resulta significativo que Johnson le de el rol central a una enfermera latina en medio de un ensamble tan llamativo como este, añadiendo una lectura política a la película, particularmente sobre la hipocresía de las clases privilegiadas que adoptan la bandera liberal.

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Rian Johnson, cuya última película antes de Knives Out fue El último Jedi,de la saga de la Guerra de las Galaxias, muestra una hábil mano para llevar el ambicioso juego narrativo de la película, aunque también quedan expuestas deficiencias importantes que también ya se habían hecho presentes en películas anteriores como Looper (2012). Haciendo comentarios sobre los influencers, los trolls de internet y la política estadounidense en tiempos de Donald Trump, Johnson parece haber seleccionado una muestra aleatoria de actividad en redes sociales para confeccionar los diálogos, que de no ser por un ensamble de este calibre, serían profundamente superficiales.

El juego propuesto por el director resulta efectivo y ciertamente entretenido, pero no puede evitar el destino de todo misterio que se disipa: el olvido.

 

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