No es lo mismo decir “llueve mañana” en lugar de “lloverá mañana”. La primera afirmación empalma el futuro con el presente. La segunda disocia ambos tiempos verbales. ¿Qué persona, en este caso, se preparará mejor para la lluvia?

 

 

 

“Si hablas de cosas que han pasado como si estuvieran presentes, ésta ya no es una historia,

ya no es una narración, sino una realidad”.- Longinus, siglo 2 a.C.

 

 

 

¿Patrañas neurolingüísticas? ¿Lo que decimos sobre lo que vemos no determina la realidad? ¿Las circunstancias tienen su propio flujo y son independientes a lo que elegimos? Acabo de encontrarme con este alucinante documento del economista M. Keith Chen. Una teoría científica que prueba que la manera de hablar determina y crea futuro, como reflejo.

El especialista de la Yale School of Management asegura que el idioma, es decir, la estructura de comunicación que usamos todos los días, es determinante del futuro que estamos creando.

El ejemplo que Keith Chen clarifica es el siguiente: algunos idiomas son mejores que otros para desarrollar el instinto del ahorro y la prevención. Así, en la medida en que el futuro se vincula de manera más fuerte con el presente, la persistencia de la abundancia y la solución positiva será mayor. Decir, crea. Sorprendente.

Keith Chen afirma que el alemán tiene una mayor vinculación entre el presente y el futuro si se le compara con el inglés. Esto provoca que los germanoparlantes sean más propensos a ahorrar que los angloparlantes.

“Esta hipótesis se plantea si gramaticalmente el lenguaje separa el futuro y el presente. Esto haría que el futuro se sienta más distante, ya que el ahorro implica costos actuales para un futuro de recompensas, lo que haría más difícil ahorrar. Por otro lado, algunos idiomas gramaticalmente equiparan el presente y el futuro. Las personas que hablan estos idiomas estarían más dispuestos a ahorrar para un futuro que parece mucho más cercano”, afirma el investigador.

“Dicho de otra manera, me pregunto si la forma de hablar que disocia el futuro y el presente, puede hacer que las personas sean desmotivadas y devaluen recompensas futuras”.

 

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Keith Chen lleva la lengua a otro nivel. Para probar su hipótesis, examina el efecto del idioma sobre el ahorro nacional entre los miembros de los países desarrollados de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE), y entre el conjunto más amplio de países que integran la World Values Survey.

Aquí los patrones interesantes de comportamiento emergen. Los hablantes de lenguas que tienen poca o ninguna distinción gramatical entre el presente y el futuro, parecen más orientados hacia el futuro en numerosos comportamientos monetarios y no monetarios. Son 31% más propensos a haber guardado ahorro cada año, han acumulado el 39% más riqueza para su jubilación, son 24% menos propensos a fumar, tiene un 29% más de motivación para ser físicamente activos y son 13% menos propensos a ser médicamente obesos.

El idioma de un país tiene un efecto significativo en la tasa de ahorro. Los países cuya cercanía conceptual entre presente y futuro es evidente, ahorran en promedio un 6% más que los países que disocian el hoy del mañana, además de que parecen más estables a través del tiempo.

A partir de datos de ahorro del Banco Mundial, Keith Chen muestra que su hipótesis también se cumple entre los países en desarrollo, a pesar de numerosas variaciones como las diferencias culturales, de valores, las instituciones o el marco legal de la economía.

Ya en el siglo pasado, el antropólogo Edward Sapir y el lingüista Benjamin Lee Whorf, enfatizaban: “La manera en que los individuos denominan o describen situaciones influye en la manera en que se comportan ante esas situaciones”.

Quizá podríamos cambiar el curso de un futuro que se nos presenta como reflejo del presente, a riesgo de que, evidentemente, parezcamos locos al decir: “Llueve mañana. Me preparo hoy”.

 

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Twitter: @_Arechiga_

 

 

 

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