La libertad de expresión, la censura, el machismo y el escándalo en las redes sociales han encontrado en las últimas semanas un punto de unión, de manera discreta, en los casos de Marcelino Perelló, Plaqueta y Nicolás Alvarado. Y de manera paradójica, todos ellos han podido sacar lo mejor y lo peor de las plataformas digitales, todo al mismo tiempo, en una especie de desahogo psicótico de la sociedad mexicana.

A finales de marzo, el antiguo líder del 68, Marcelino Perelló, hizo en su programa de radio una serie de comentarios misóginos, violentos, vulgares y fuera de proporción sobre el caso de los “Porkys”, diciendo que la chica estaba exagerando, que el caso no ameritaba todas las circunstancias que lo rodeaban y que, incluso, algunas víctimas de violación, disfrutan eróticamente la violencia que se ejerce contra ellas.

El programa en Radio UNAM habría pasado sin sobresaltos, de no ser porque fue subido a las redes sociales casi una semana después y muchos usuarios y medios de comunicación lo escucharon y se indignaron con los comentarios de Perelló. Yo entre ellos.

El antiguo líder del 68 no sólo no se disculpó, sino confirmó sus comentarios. El 17 de abril, se presentó en el programa de Ciro Gómez Leyva para decir que ratificaba prácticamente todo lo declarado en su programa. “Yo adoro a las viejas, las adoro, no sólo como objetos sexuales, las tetas, las nalgas, los ojos. Adoro su manera de ser, su perspicacia especial, esa dulzura, ese filo finísimo que tienen al pensar”, explicaba el académico al decir que él no era misógino, ni macho.

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Aunque Perelló probablemente no esté consciente del hecho, logró evidenciar muchos aspectos tácitos de la cultura nacional, entre ellos ese micromachismo que subyace en la sociedad y que es, en buena parte, un cómplice pasivo de la violencia que se ejerce contra las mujeres en este país.

Así, sus defensores aludían a una libertad de expresión “exagerada y malentendida”, que le permite a cualquiera juzgar a una persona sin conocerla y sin saber nada de su trayectoria. Es decir, se estaba haciendo una defensa ad hominen, tratando de disculpar al académico no por lo que dijo, sino por ser quien es. El mismo Ciro afirmaba “sólo son comentarios desafortunados”.

En su columna en Milenio, Nicolás Alvarado planteaba dos cosas: la necesidad de legislar sobre los discursos de odio en Internet, que le permitían a desconocidos insultar a quien fuera y, por otra parte, la falta de congruencia de la UNAM, al ser presa de la turba virtual que la obligó a expulsar a Perelló y a él mismo. Víctima del tren del mame, dijo.

Peligrosas declaraciones. Lo más valioso de la red, es al mismo tiempo lo más grave: cualquiera puede hablar, opinar y juzgar. Y dicha libertad está bien, hasta que nos estorba. Si se legislara a usuarios o contenidos en la red, entonces de nueva cuenta se abriría la puerta para permitir que se censurara lo que fuera.

Y entonces un político que defraudó y robo, podría exigir que no hiciéramos comentarios o memes sobre su persona, ya que, si bien el hecho puede ser de interés general, puede ser víctima de un daño moral.

Entiendo a Alvarado, pero se equivoca. Si la libertad de expresión digital se castigara, estaríamos a muy poco de convertirnos en potenciales censores autoritarios, poniendo límites a lo que se puede decir y a lo que queda estrictamente prohibido mencionar.

La libertad de expresión viene en dos caminos: tengo derecho a decir lo que sea, pero también debo hacerme responsable de que dije. Y eso fue lo que le sucedió al también funcionario del Museo del Chopo: tuvo la libertad de decir lo que quiso, pero le causa extrañamiento que le pidan que se haga responsable de sus declaraciones.

Y por ello, las redes son tan contradictorias. Se volcaron contra Perelló por sus palabras, pero también se volcaron contra Plaqueta por denunciar. Esa es la sociedad psicótica de la que hablaba: se pide castigar al que insulta públicamente, pero también se insulta a la que denuncia.

Y es que el caso Plaqueta no es moralmente sencillo: los usuarios de las redes recriminaban su conducta clasista y voluble; pero al final, la ley la asistió y la conducta que ella denunció es clasificada como una falta administrativa. Podemos iniciar un debate sobre las relaciones de poder ocultas en el lenguaje, pero mientras eso sucede, la bloguera tiene a la ley de su lado.

En el caso de Perelló sucedió que él no sabe que no sabe que las mujeres están expuestas a un clima de violencia y acoso constante en el territorio mexicano. Y por más líder que pueda ser, por más perfecta que pueda ser su prosa, lo único que quedó en evidencia es su formación y la forma en la que muchos hombres ven aún a las mujeres.

No obstante, en el desarrollo de todos los casos no deja de existir cierta recriminación contra los usuarios de Internet y las redes sociales. Todo parece indicar que, al final, la culpa es de nosotros por tener redes sociales y opinar.

 

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