Las reglas que daban orden y regían al mundo han cambiado. Esas que se crearon a partir de la segunda guerra mundial, los acuerdos de Bretton Woods y las que normaban el comercio en el marco de la OMC, la Unión Europea y la OTAN, sólo por decir algunas, son cuestionadas aquí y allá. Todas esas reglas constituían un acuerdo y una visión comunes sobre el funcionamiento de las democracias representativas y sentaban la base de un orden mundial generalmente aceptado. La globalización, el surgimiento de potencias económicas como China, la tecnología con sus modelos de negocio disruptivos, las redes sociales y la polarización de la sociedad, han dado como resultados movimientos políticos y sociales que cuestionan y rompen esas reglas.

Así, estamos viviendo un mundo cambiante en el que “lo nuevo” ya no puede ser explicado con los ojos “de lo viejo”, pues resulta en que las cosas se vuelven enredadas o, al menos, inexplicables. El surgimiento de políticos disruptivos a la Trump, AMLO, Bolsonaro y los que vienen, es la nueva normalidad. El rechazo al sistema anterior y sus instituciones es la norma. En este sentido, la importancia de la economía y el crecimiento ha pasado a un segundo término para el electorado. No es que la economía no le importe a la gente, sino que hay otros factores que están teniendo más peso o peso relativo, como lo es la desigualdad. En la historia de la humanidad vivimos en el momento más próspero e igualitario de todos los tiempos, pero la desigualdad es la que domina la agenda. Y no hay nuevas reglas, todavía.

La crisis global de 2008 polarizó mucho a la sociedad y al electorado. El triunfo de Obama en los Estados Unidos fue el inicio de una polarización que traía consigo las condiciones propicias o el caldo del cultivo para que llegara un antagonista a lo que él representaba y enarbolaba. Es decir, Obama inauguró la “polarización” del electorado en el que la economía pasa a segundo término y pasa a primer término la “defensa” de los instintos básicos o formas de ver el mundo. Estamos en una sociedad hoy en día donde es más importante sentir que “hacemos algo al respecto” aunque lo que hagamos no sea efectivo (Acuerdos de París), en donde es más importante “tomar una posición” (defender una causa) que hacer una diferencia, en la que “tener un punto de vista” es más importante que vivir en la ignorancia o tener la razón.

En un mundo en el que escuchamos a Di Caprio o a Will Smith que nos digan qué hacer con el calentamiento global, o en el que es más importante dedicar recursos financieros y humanos a enfermedades que salvan menos vidas pero atienden a una minoría, o en las que los libros de autoayuda nos impulsan a perseguir el sueño de ganar los 100 metros en las olimpiadas a los 80 años “porque todo es posible”. La polarización del electorado en torno a instintos básicos, creencias y “otros datos”, es la nueva norma.

Así, las elecciones 2020 en los EE. UU. serán, nuevamente, con base en instintos y posiciones extremas. La famosísima frase de “¡es la economía estúpido!” ya no aplicará más. De esta forma, el electorado valorará menos la buena marcha de la economía y mucho más está sensación de no estar representados por sus valores clave. En una dialéctica Hegeliana pura, en la que a cada tesis corresponde una antítesis, ¿cuál será la síntesis? De pronóstico reservado, la elección 2020 en los EE. UU. podría definirse más a favor del político que logre una efectiva polarización del electorado, más que por la marcha de la economía misma.

 

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