Por Eduardo Valcárcel B.

Las “Personas Expuestas Política o Públicamente”, significado del término PEP, es un concepto originado en Suiza para describir la categoría en la que caen todos los individuos que manejan recursos estatales, cuentan con algún grado de poder o gozan de reconocimiento público. Podemos encasillar como PEP a jefes de Estado, funcionarios de alta jerarquía y líderes políticos; a aquellos que son parte de monarquías, líderes de organizaciones sin fines de lucro, entre otros.

Todo al que gusta de los superhéroes de Marvel o admira la figura de Franklin D. Roosevelt sabe muy bien que “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Es por eso que, a quienes les sirve el sombrero de PEP en nuestro país, República Dominicana, deberían procurar estar abiertos al escrutinio público, y dejar de calificarlo como persecución o invasión de privacidad, y entenderlo como lo que es: una responsabilidad que viene con el cargo.

Y no sólo les pasa a los políticos. También los artistas, deportistas, líderes religiosos y empresarios deben estar prestos al tema, y recordar siempre que en el mundo actual ya nada queda entre bastidores, sino que priman la transparencia y la velocidad. Como he escrito en otras ocasiones, vivimos en una sociedad hiperconectada, en la que la comunicación dejó hace tiempo de ser unilateral, para convertirse en un verdadero diálogo entre el público y las personas de poder. Estos últimos están llamados a rendir cuentas, responder por sus acciones, a no molestarse por preguntas sobre su gestión, asumiendo esta práctica como una oportunidad para fortalecer su imagen y reputación con cada acción ejecutada.

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Recientemente hemos visto buenos y malos ejemplos de figuras bajo el escrutinio fulminante del público, gracias a los medios o las redes sociales; algunos han optado por victimizarse y otros han entendido su rol y sus implicaciones, y así controlar su propia narrativa y dar la cara. Esto les ha ocurrido a figuras de alto prestigio y larga data en Hollywood, como Morgan Freeman; estrellas del deporte como Robinson Canó; también lo ha sufrido un grupo de presidentes (hoy expresidentes) latinoamericanos que se ha visto afectados por escándalos como el de Odebrecht; y más recientemente políticos europeos que han incurrido en falsear sus hojas de vida, como Cristina Cifuentes, en España, o Giuseppe Conte, en Italia, hasta consultores políticos como João Santana, en Brasil, o Roberto Prieto, en Colombia, cuyas malas prácticas los han llevado a estar tras las rejas.

Debo decir que en la región no existe una noción unificada de las PEP, sino que en las regulaciones internacionales esta figura ha sido reconocida a través de diferentes instrumentos normativos que la califican como una contraparte de alto riesgo. Este reconocimiento está diseñado para ser usado como una herramienta en la lucha contra la corrupción —en el caso de figuras con poder público—, ya que implica la exigencia de prácticas bien estrictas en comparación con las que normalmente se le exigen a los ciudadanos comunes y corrientes.

Algunas de esas prácticas son registros de información y declaraciones juradas de bienes e ingresos. Estos documentos son especialmente necesarios para las entidades financieras, que requieren reforzar sus medidas de seguridad cuando entran en contacto comercial con altas figuras de todos los ámbitos y sus familiares, para “curarse en salud” ante cualquier irregularidad que pueda salpicarles.

De ahí la importancia de, primero, definir bien quiénes caen dentro de esta categoría, lo cual es un reto cuando en República Dominicana no contamos con regulaciones al respecto; y segundo, de incrementar la conciencia de las PEP sobre sus responsabilidades, libertades y deberes. Ya sea un diputado, un deportista, un cantante, un líder sindical o un líder de la iglesia, se deben a sus seguidores y a ellos deben rendirles cuentas.

*Managing Partner de Newlink

 

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