Siempre me ha parecido muy interesante como en esta era en la que somos tan visibles, pasamos tan desapercibidos. El fenómeno es curioso, muchos tratan de hacer lo mismo para destacar y así la cosa no funciona. A diario vemos miles de fotografías de personas que suben lo que desayunan, comen o cenan; sonrisas amplias, eventos tan relevantes que se nos olvidan en segundos. Destacar se convierte en algo similar a un zumbido que pocos perciben y que casi nadie sabe construir. Evidentemente, si todos hacemos lo mismo, no hay manera de ser distinguido. Nos convertimos en una especie de masa informe que se mimetiza con el paisaje. Pero, también hay personas que para sobresalir hacen cosas de las que después se arrepienten. Una marca personal debe ser un elemento identitario que juegue a nuestro favor, no en nuestra contra.

Los seres humanos somos algo similar a esas antenas que siempre están mandando destellos para prevenir accidentes aéreos. Las personas estamos constantemente mandando mensajes: siempre, lo queramos o no, seamos conscientes o no, todo el tiempo. Enviamos información de nosotros mismos y de otros. Interpretamos nuestro entorno a partir de percepciones, incluso cuando queremos pasar desapercibidos. Lo hacemos con nuestra forma de vestir, de sonreír, de hablar y de callar.

Recientemente, me invitaron a una reunión de compañeros de la escuela a la que asistimos en pareja. La anfitriona me presentó con su esposo: “Mira, es Cecilia Durán Mena, la escritora que publica en Forbes”, y así, sin que yo hiciera nada ya me habían etiquetado. De repente, dejé de ser la compañera de banca para convertirme en algo más. “Hola, yo soy el esposo de Susana”. Sin saber cómo sucedió, ya traía colgada una etiqueta y él también. No recuerdo su nombre, sólo que era el esposo de alguien más.

Esto me enseñó varias lecciones importantes: la primera, si tú no te ocupas de forjar tu marca personal, alguien más lo hará. La importancia de que alguien más lo haga por ti es que la etiqueta dirá algo que no es precisamente un reflejo adecuado de tu persona; la segunda es que este tipo de etiquetas son muy poderosas y se quedan pegadas a la mente de las personas, como si estuvieran adosadas a la memoria con un pegamento muy potente. Entonces, más nos vale ser nosotros los que tomemos el manubrio y pongamos manos a la obra para construir nuestra marca personal.

Por ejemplo, cuando pensamos en Coco Chanel nos vienen a la mente conceptos muy diferentes a los que tenemos cuando recordamos a Mike Tyson. Claramente, ambos tienen una marca personal muy fuerte; lo mismo pasa si pensamos en Barack Obama, puedo apostar que los sentimientos y las sensaciones que genera el evocarlo chocan por completo con las que surgen al recordar a Donald Trump. Es terrible es cuando escuchamos un nombre y no nos genera nada o peor, cuando seguimos los consejos de algún tercero que nos dice que tenemos que vestirnos de cierta manera, hablar con un tono, ocupar un vocabulario que nos es totalmente ajeno. El efecto es peor, porque estamos mandando mensajes contradictorios. La gente puede leer entre líneas: no vamos a lograr engañar por mucho tiempo. Tratar de parecer lo que no somos es tomar el camino equivocado, mejor nos encaminamos correctamente desde el principio.

La meta es permitir que nuestra marca personal se convierta en una luz de nuestra mejor versión. Pero, claramente, esto no se logra de la noche a la mañana, hay que hacer un ejercicio de reflexión que nos lleve al autoconocimiento. Es un proceso por el cual llegaremos a distinguir en nosotros mismos aquellos rasgos que nos dan identidad y nos llevarán a destacar. Se trata de conocer nuestros defectos y partes débiles para controlarlas y de hacer sobresalir nuestros aspectos brillantes con el objetivo de establecer las bases de una reputación. Claramente, generar una marca en función de alguien más es muy riesgoso ya que se construye sobre terrenos arenosos. Ser el esposo de alguien más no debiera ser una característica distintiva, como tampoco lo es ser el hijo de fulano, el compadre de perengano. Más bien, tendríamos que buscar en nuestro propio acervo.

De la misma manera en que para una compañía su marca es un activo, para una persona tiene que ser el vehículo que comunique valores, pasiones y al individuo que tenemos dentro. Es un elemento del cual nos tenemos que sentir orgullosos ya que es nuestro salvoconducto primordial para destacar de la mejor manera: haciendo aquello que nos gusta y que queremos que el mundo conozca de nosotros mismos.

Centrarse en uno mismo consiste en conocer qué es aquello que me distingue si estoy parada entre una multitud. ¿Cómo le haría una persona para describirle a alguien más quién soy yo y que me encuentre? ¿Qué me gustaría que dijeran? Por supuesto, aquí va implícito saber quién soy y cuales son mis sueños. Cuando tenemos claras estas respuestas, lo siguiente es empezar a describirnos de esta manera. A nosotros mismos, frente al espejo; como si nos estuviéramos presentando al personaje que queremos ser. También, necesitamos describirnos así en nuestro entorno, hablar de nosotros mismos como nosotros mismos queremos que hablen de nuestra persona.

Al hacerlo, estas palabras se convierten en una profecía que está condenada a cumplirse. Por lo tanto, es indispensable cuidar lo que decimos de nosotros mismos porque así es como nos verán los demás. Hablar de esa gran idea que somos nosotros mismos ayudará a que el universo empiece a completar el trabajo. Pero, cuidado, no se trata de ser ese tipo de personas arrogantes, ego complacientes, egocéntricas que caen en la trampa de Narciso que muere ahogado contemplando su propia belleza.

Generar una marca personal se trata de construir aquello que queremos que la gente piense cuando escuche nuestro nombre. Se trata de destacar para ser elegido para aprovechar esas ventanas de oportunidad que nos encantaría hacer fructificar. Por eso, más que una actitud narcisista, al generar nuestra marca personal hay que dar un paso atrás y con honestidad vernos y evaluarnos. Hacer lo mismo que haríamos con un producto o con un servicio: entender cuáles son sus debilidades y que aspectos resultan interesantes. Se trata de magnificar las cualidades al punto en que el mercado nos recuerde siempre que haya una tarea que nosotros queremos y podemos hacer y nos elija por encima de las demás opciones.

Por supuesto, copiar la marca personal de alguien más es absurdo. Una marca personal bien hecha le sirve solamente a esa persona y a nadie más. El que quiera colocarse una marca personal ajena, le sucederá lo que a las hermanastras de Cenicienta con las zapatillas: le quedará apretada y caminar con zapatos más pequeños o muy holgados es sumamente incómodo. En última instancia, cuando hacemos bien el trabajo de construcción de nuestra marca personal encontramos algo maravilloso: nuestro propósito particular por el despliegue de nuestra identidad.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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