Si de algo sabe el mexicano es reconocer a aquellos que de lengua se comen un taco. Donald Trump es digno representante del género. Lo mejor para el país (y el mundo) es que ello es cada vez es más evidente. Hablador y rijoso, pero improvisado, se le debe tomar en serio por su cargo, pero a la espera que su personalidad (sobre todo su lengua) lo derrote.

¿Buscando vender el muro?

En pocos días ha sido notable la mutación del discurso del presidente estadounidense con respecto a México. Sin duda hay que estar alertas sobre lo que puede proponer su administración sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pero para eso faltan semanas o incluso meses. También sobre los mexicanos que hoy residen y trabajan de manera ilegal en Estados Unidos puede haber repentinas acciones, pero bastante se ha enredado Trump tratando de impedir la entrada de musulmanes. Lo curioso es que la moda del momento gira en torno a una posible invasión militar de México (sin consentimiento del gobierno) o ayuda militar (con el visto bueno) debido a la guerra contra el narco.

La mente de Trump es una maraña impenetrable. Del odio a México y los mexicanos al ofrecimiento de ayuda hay un abismo. Lo más probable es que el inquilino de la Casa Blanca esté buscando, de nuevo, tratar de “vender” la idea del muro al gobierno. “Venderlo” es la expresión correcta dada su estúpida promesa electoral (estúpida por todas las consecuencias negativas que puede traer en la relación bilateral) de que México cubriría el financiamiento de ese inútil muro (inútil en el aspecto migratorio, que se supone es su objetivo).

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Ya Trump habló en algún momento de que ese muro ayudaría a frenar el flujo ilegal de drogas (de sur a norte) y de armas (de norte a sur). Al parecer creyó que, deslumbrados, los mexicanos le comprarían la idea, y estarían encantados de pagar por ella. También buscó condicionar la visita del presidente Peña Nieto a Washington, D.C. con el compromiso de pagar el muro. Al parecer nunca se esperó lo que hubiera sido impensable hace pocas semanas: un presidente mexicano cancelando públicamente una reunión con su homólogo estadounidense.

La visión trumpiana de las relaciones internacionales es básicamente de toma y daca, como (finalmente lo que es) un vendedor de bienes raíces. Ciertamente Trump tiene una posición de fuerza, pero la sobredimensiona. Quizá eso explica no sólo los tropezones con México, sino el sufrido en otra ya famosa llamada, con el primer ministro de Australia, al que colgó el teléfono cuando éste rechazó acceder a sus deseos (romper un acuerdo, suscrito por el presidente Obama, por el que Estados Unidos recibiría cierto número de refugiados). Es un consuelo, pero al menos con Peña habló la hora completa, sin cortarle la comunicación.

El ofrecimiento de ayuda es además llamativo porque encierra una profunda contradicción. Trump había ordenado en una reciente Orden Ejecutiva (precisamente aquella sobre la construcción del muro) una estimación de los apoyos financieros a México. La implicación era clara: cortarlos para financiar la susodicha barda. Y ahora, por otra parte, se muestra dispuesto a utilizar recursos militares apoyando al país. La estrategia (suponiendo merezca ese nombre) no tiene ni pies ni cabeza.

 

La importancia de comprar tiempo

Trump no lleva siquiera tres semanas en la Casa Blanca (por más que parezca una eternidad desde que tomó posesión). Quizá con el tiempo evolucione en un presidente con objetivos y planes claros. Lo que es evidente hoy es que su palabra no tiene credibilidad, ni sus acciones reflejan un plan. Más bien, el suyo es un gobierno improvisado que lanza palos de ciego buscando complacer a sus votantes, una administración arrogante que presume sumisión ante la agresividad, pero se estrella ante la realidad nacional (división de Poderes) e internacional (gobiernos que no ceden a sus requerimientos).

Los habladores acaban ahorcándose con su propia lengua. El gobierno mexicano se encuentra en una situación sin precedentes, visto como enemigo por un gobierno que hasta ahora había sido un aliado cercano (con diferencias específicas). La mejor alternativa es simplemente evadir al hablador, fintar cuando se demande una reacción, comprar tiempo para que Trump quede (más) evidenciado en su falta de planes. Esto es, el tiempo que sus funcionarios requieren para tratar de aterrizar las propuestas de su jefe, sobre todo aquellas que no tienen ni pies ni cabeza (como el cacareado muro).

El presidente Peña Nieto no se cansa de llamar a la unidad. Lleva meses con ese discurso. No la obtendrá, al menos no como la quiere: una firme mayoría apoyándolo en su gestión. Lo más probable es que su enorme impopularidad se mantenga o incluso aumente en un año que será complicado económicamente. Pero lo cierto es que no requiere de unidad o popularidad, puesto que cuenta con la necesaria autoridad (y una coalición en el Congreso que lo apoyará de ser necesario), que nadie le regatea o disputa. Será ejerciendo esa autoridad, quizá, que logre esa aprobación que tanto quiere. Pero mucho depende de ello.

Lo que ahora necesitan demostrar Peña Nieto y su Canciller, Luis Videgaray, es una inusual habilidad con la mano izquierda ante el toro enfurecido que es Trump. Tienen un capote, pero no espadas. Esto es, no pueden matarlo, pero sí cansarlo. Porque brama y saca repetidamente la lengua, pero embiste con inusual torpeza, Trump desperdicia energía mientras que decepciona a su público. La clave para que México mantenga, en la medida de lo posible, las estrechas relaciones económicas con Estados Unidos es dejar que se estrelle solo una y otra vez gracias a esa larga lengua que no se cansa de mostrar. Como diría un clásico inventado en México, Kalimán, se requiere de serenidad y paciencia.

 

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