– Buenos días, ¿el Canciller Videgaray?

– ¿Quién lo busca?

De la Casa Blanca, del gobierno de Donald Trump. Es urgente…

– Qué pena, no ha llegado. Lo enlazaría con su celular, pero se le perdió. Pero si me deja su número se reportará lo antes posible.

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No tan sencillo, quizá, pero la estrategia que debe seguir México es evidente: dilatar las negociaciones que el presidente Trump está ansioso por concluir. Ello es posible porque el gobierno mexicano ya dejó claro que una opción es que se abandone el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). La máxima pérdida posible es, pues, un escenario aceptado. El gobierno mexicano puede entonces jugar estratégicamente desde su (innegable) debilidad. Lo primero es dejar a un lado tres ilusiones, para a continuación aplicar la táctica dilatoria por tres razones.

  • Ilusión # 1: Se puede ablandar a Trump

Trump lleva menos de dos semanas en el gobierno, días impactantes para Estados Unidos y el mundo. Por desgracia no ha habido sorpresas: es un narcisista que no tiene empacho en improvisar, el malcriado hijo del dueño de la fábrica, acostumbrado a gritonear y humillar a quién se le ponga enfrente.

Trump odia a México y a los mexicanos. No hay vuelta, no va a cambiar, por lo menos ante su público. Sin cámaras y a puertas cerradas quizá es un hombre razonable (aunque ello es dudoso). Su estupidez del muro ha sido evidenciada como exactamente eso, y el niño malcriado está enojado porque el presidente Peña Nieto lo evidenció como un blofero con su invitación a cancelar la reunión (y que le canceló).

Trump necesita un triunfo, y rápido. No aceptará nada que no sea una victoria contundente a los ojos de sus partidarios. Por eso el tuit en que exigía, ¡AHORA! (¡NOW!), una negociación que llevase a un cambio migratorio y reducción en el déficit comercial de su país con México. Pero ése es su problema, no de México. No se puede o debe tratar de ayudarlo en esa arena movediza en la que se metió solito (y que le ayudó a ganar la elección).

  • Ilusión # 2: Una negociación ganar-ganar

El equipo mexicano sigue hablando de que sólo se negociará cuando se tenga claro que el resultado será un ganar-ganar para los tres países del TLCAN. Esto es, un Tratado renovado, al tiempo que se negocian otros rubros como migración y seguridad.

El comercio es, por definición, un ganar-ganar. Pero ojalá el equipo nacional entienda que Trump tiene una mentalidad de negociador cruel y barato, y así lo ha demostrado toda su vida. Lo suyo es perjudicar, regodeándose de ello, a la contraparte, incluso llegando a la transa (Trump University es uno de muchos ejemplos). Por eso, como ignorante de los postulados económicos más simples, ve al comercio como un ganar-perder (y, también equivocadamente, que la balanza comercial apunta a ganador y perdedor).

Por ello sería ingenuo esperar un ganar-ganar. Si acaso, medidas cosméticas que hagan un daño mínimo mientras que Trump proclama victoria. Pero la posibilidad de un acuerdo que implique beneficios para México (sobre todo comerciales o migratorios) no entre en el léxico trumpiano. Es preciso dejar esa ilusión, si existe en la realidad, de lado.

  • Ilusión # 3: Negociar rápido para no alargar la incertidumbre

Un tema reiterado en semanas recientes es que a México le conviene negociar lo antes posible con Estados Unidos para así “no alargar la incertidumbre”. Esta ilusión va encadenada con las dos anteriores. Considerando las perspectivas trumpianas sobre México, los mexicanos, el comercio y la migración, el acelerar la negociación es la ruta equivocada. Más que negociar, hay que buscar no negociar, o al menos tardarse, por tres razones.

  • Razón # 1: Que los estadounidenses se hagan bolas

Trump ha creado un triángulo negociador que muy probablemente será inestable, formado por el secretario de Comercio (que habitualmente no entraba en las negociaciones internacionales), por el Representante Comercial (USTR, el encargado habitual), y un cargo nuevo, el Consejo Nacional de Comercio, que tendrá un director.

Lo menos que puede esperarse es una batalla por territorio burocrático, por qué instancia liderará las negociaciones, y qué agenda tener frente a México. Lo peculiar es que los tres designados trumpistas a dichas dependencias han declarado reiteradamente su rechazo al estado actual del comercio exterior de Estados Unidos, sí, pero con China. Hay que darles tiempo para que se hagan bolas, aparte de que igual y se dejan llevar por sus instintos y enfocan sus baterías hacia el gigante asiático.

  • Razón # 2: Que los empresarios se harten y rebelen

Trump ha golpeado a los empresarios a tuitazos, y estos han reaccionado en mayor o menor grado con docilidad. Pero a la postre ceder será costoso. El chiste de cancelar la planta en San Luis Potosí le costó a la Ford Motor Company 200 millones de dólares. Los intereses de muchas multinacionales en México son abundantes, dependientes de un flujo comercial sin obstáculos. Tarde o temprano esos empresarios se hartarán y plantarán cara a Trump, defendiendo sus propios intereses… y de paso los de México.

  • Razón # 3: Que los republicanos se harten y rebelen

Los republicanos son, tradicionalmente, partidarios del libre comercio. Trump sin duda está encontrando eco, más bien, entre algunos sectores demócratas. Y el presidente ya se peleó (vía Twitter, por supuesto), por su orden en contra de la entrada a Estados Unidos de nacionales de ciertas naciones con mayoría musulmana, con dos senadores de su propio partido (uno de ellos John McCain). De facto, Trump puede destruir la coalición legislativa que hoy lo apoya, al menos en ciertos temas. El libre comercio con México es uno de ellos.

Luis Videgaray y el cardenal Richelieu 

Quizá Luis Videgaray aspire a la candidatura presidencial del PRI. Contra lo que muchos piensan, una victoria que lo lleve a esa meta no estará en una negociación que altere radicalmente el TLCAN, sino una que mantenga el statu quo lo más posible. Lo más probable es que, si gana la nominación, Videgaray deje su puesto en manos de otro negociador, con la misma estrategia dilatoria. La clave es tardarse y dejar que el gigante trumpiano muestre sus pies de barro.

El cardenal Richelieu, el poderosísimo primer ministro de Luis XIII de Francia, dijo “El tiempo y yo contra quien sea”. Al ahora poderoso ministro de Enrique Peña Nieto le conviene cortejar a ese aliado. De entrada, debería extraviar su teléfono celular.

 

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