Es muy posible que la legalización no resuelva todos los problemas que creó la prohibición, pero por qué no darle oportunidad a un nueva política, una en que nadie sea perseguido por lo que consume y en que dejemos de ser tan hipócritas como para creer que el Espíritu Santo proveerá… las drogas.

 

El discurso progresista en buena parte del mundo occidental dice que no se debe criminalizar al consumidor de sustancias psicoactivas. Tanto liberales como izquierdistas (la derecha dice que nos iremos al infierno por drogos) decidieron avanzar y legalizaron el consumo de las drogas, pero se les olvidó regular la portación. Entonces surgió un problema: ¿cómo la voy a consumir si no puedo portarla? Ávidos, los legisladores corrigieron el problema: puedes portarla y consumirla, pero la producción, tráfico y venta son delito. Ante eso sólo queda una solución: que la droga me la provea el Espíritu Santo o el diablo.

Todo en empezó en 1909 en Shanghai. Ninguno de nosotros había nacido, pero Estados Unidos daban sus primeros pasos en la diplomacia mundial. Se dijo que las sustancias psicoactivas eran peligrosas y había que prohibirlas. Desde entonces se criminalizó su producción, tráfico y venta. La duda siempre han sido los consumidores; algunos países como China los castigan con penas de muerte, otros –como México– permiten el consumo y la portación de cantidades ridículas.

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Para que quede claro: la prohibición de las drogas en realidad fue la imposición a la totalidad de la humanidad, de la moral de un grupo reducido. El principal cabildero de ello fue el entonces obispo de Manila, acompañado de un grupo de misioneros que representaban a Estados Unidos. Pero no todo es religión; el mercado también jugó un papel importante: tanto Inglaterra como Francia y Holanda obtenían grandes recursos de la producción de opio en sus colonias asiáticas, que después operó Japón como gran potencia en el Pacífico. El nuevo gigante movía sus piezas para restarles poder.

Luego de las dos guerras mundiales, Europa quedó devastada. Estados Unidos se erigía como el triunfador de ambas guerras –aunque a los nazis los derrotó la URSS–, y a cambio de reparar lo que la ambición de los europeos destruyó, impusieron sus reglas a través del derecho internacional y de la recién nacida Organización de las Naciones Unidas (ONU). Se creó la Organización Mundial de la Salud, cuya labor, entre otras, era medir el potencial de peligro de las drogas. Otro elemento de mercado a tener en consideración es el desarrollo de la morfina (a partir de amapola) y de la metadona (su versión sintética inventada por los alemanes) durante la Segunda Guerra Mundial, que servían para calmar el dolor de los combatientes heridos.

Los teóricos críticos señalan que los organismos internacionales atienden los intereses y principios de aquellos que los crearon; así, el mundo de la posguerra debía ser democrático, capitalista –de preferencia liberal–, de ser posible cristiano o laico, pues, según sostenían (siguiendo al filósofo Immanuel Kant), así se construía la “paz perpetua”. Alguna bondad había en todo esto, y algún beneficio se obtuvo. Se redujeron al mínimo las colonias, se inició un proceso de independencias pacíficas, se abolió la esclavitud y se crearon los Derechos Humanos. Pero no pequemos de ingenuos: para 1945, Estados Unidos no tenía ni colonias ni esclavos, y eso lo volvía menos competitivo frente a los que sí. Su modelo económico necesitaba emparejar el terreno.

Regresemos a las drogas. En 1961 se realizó la Convención Única de Drogas Narcóticas; ahí, 73 naciones reunidas dieron un plazo de 15 años para que los países productores de amapola y 25 para los de hoja de coca, erradicaran los cultivos y redujeran el consumo. También se trataron otras plantas con efectos psicotrópicos como la marihuana. La idea era que para 1989 se prohibieran todas las drogas no medicinales y se impusieran sanciones penales contra quienes violaran esta disposición. Se había iniciado la Guerra contra las Drogas.

En la segunda mitad de la década de 1980, con Ronald Regan como presidente de Estados Unidos, se aumentó la represión contra el uso y tráfico de drogas. Fue ahí donde nacieron los mitos del narcotráfico, personajes como Pablo Escobar en Colombia o Rafael Caro Quintero en México. A raíz de ello, poblaciones enteras salieron de la miseria en que habita la periferia del subdesarrollo, y como en toda actividad económica capitalista, un pequeño grupo amasó grandes fortunas.

Datos curiosos: los dos principales productores son al mismo tiempo las dos únicas naciones latinoamericanas que no vivieron un golpe de Estado en el siglo XX; las dos únicas en que nunca ha gobernado la izquierda y ambas cuentan con convenios de ayuda económica y militar de parte de EU para combatir el tráfico. México y Colombia, países espejo bañados en sangre por la decisión de unos cuantos que gobiernan a su mayor aliado y que creen saber lo que es bueno para el resto.

No necesitamos tener información confidencial para darnos cuenta de que esa política no funcionó. Año con año aumenta el número de consumidores, y con ello el de adictos, a los que obviamente la droga les llegó a través de la divina providencia disfrazada de dealer. ¿De qué otra manera podría ser si la droga está prohibida? Otra explicación es la que da William Burroughs al inicio de El almuerzo desnudo: “Mientras haya quien la quiera habrá quien la venda.”

Hoy día las cárceles de todo el continente americano están repletas de consumidores y pequeños narcomenudistas. Entre estos últimos abundan mujeres que son cabeza de familia, cuya única opción para alimentar a sus hijos era vender alguna sustancia psicoactiva, las más veces marihuana. Podemos decir, entonces, que el Estado y el sistema de justicia han desmembrado más familias que la droga misma, y es que se estima que sólo 10% del total de consumidores se vuelve adicto, y eso aplica al tabaco y el alcohol.

Es muy posible que la legalización no resuelva todos los problemas que creó la prohibición. Es un hecho que no será una píldora mágica que acabe con el crimen organizado, pero luego de 100 años queda demostrado que el modelo prohibicionista fracasó: llevamos 60 años de guerra y cientos de miles de muertos por su causa. Así que por qué no darle una oportunidad a un nueva política, una en que nadie sea perseguido por lo que consume y en que dejemos de ser tan hipócritas como para creer que el Espíritu Santo proveerá… las drogas.

 

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