El país es mucho más complejo que el Estado de México, y las decisiones del presidente Peña Nieto han mostrado que  la conducción ha sido mucho menos eficaz de lo que promete el discurso.

 

 

“La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro —decía Einstein—, es sólo una ilusión persistente”.

El gobierno del presidente Peña Nieto parece empeñado en demostrar que es posible recrear al menos parte del pasado, la más exitosa de nuestra historia reciente. El punto de partida del gobierno fue simple y contundente: el país no ha estado avanzando, la economía exhibe un muy pobre desempeño, la pobreza no ha aminorado y las estructuras políticas no responden a las necesidades del país ni resuelven sus problemas. En una palabra, el país está a la deriva y para alterar ese curso se requiere un gobierno eficaz. Comparta uno la estrategia adoptada o no, nadie podría disputar la esencia del diagnóstico.

Mi hipótesis es que el proyecto del gobierno surgió de comparar la era exitosa del desarrollo estabilizador en términos de crecimiento económico y orden político con las últimas décadas, lo que le llevó a desarrollar una estrategia dedicada a la reconstrucción de las estructuras y características de antaño, con el objetivo de convertir al presidente en el corazón del Estado y al gobierno en el factótum del desarrollo económico.

Es decir, se trata de una respuesta política —de poder— a la problemática que experimenta el país en todos los frentes, factor que quizá explique tanto el énfasis en los asuntos de poder como la ausencia de proyectos específicos en temas que abruman a la población como la seguridad pública, la justicia, el abuso burocrático y el pésimo desempeño del gasto público que se ejerce en todo el sistema en general.

Con esa lógica, la primera etapa del gobierno consistió en establecer un sentido de orden, una jerarquía de autoridad y una presidencia fuerte por encima de los conflictos cotidianos: un gobierno eficaz.

Para hacer avanzar el proyecto, se hizo un uso excepcionalmente diestro de la comunicación, se emprendieron iniciativas que van desde la implantación de la forma como un elemento de fondo en las relaciones políticas, hasta la detención de la lideresa magisterial y la construcción del llamado Pacto por México. El nuevo modelo es político, más que económico, y la apuesta consiste en que sus beneficios se traducirán en una mayor tasa de crecimiento de la economía, que los logrados en las décadas pasadas.

El problema es que no sólo es necesaria la eficacia; también se requiere un proyecto idóneo. Así, no deberían sorprendernos los magros resultados a la fecha. El gobierno ha prometido eficacia pero se ha quedado corto, no sólo en realidades sino, sobre todo, en su proyecto. El país es mucho más complejo que el Estado de México y, como ilustran sus decisiones y resultados en asuntos como el de vivienda, la tasa de crecimiento de la economía, la miscelánea fiscal y la forma en que ha permitido que se le junten las oposiciones a sus reformas, la conducción ha sido mucho menos eficaz de lo que promete el discurso. El desempate entre realidad y discurso igual lleva a una revisión integral del proyecto, lo que sería deseable, que a un nuevo círculo vicioso de inflación, liderazgo y crisis, multiplicado por el conflicto político y la inseguridad, que subyacen.

El mundo ha cambiado dramáticamente en cinco décadas, desde el fin del llamado desarrollo estabilizador. Por indispensable que sea el fortalecimiento del gobierno, las características que hoy hacen exitosos a los países trascienden el hecho de contar con un gobierno eficaz. Lo que hace exitoso al gobierno es que sea eficaz en lo que le corresponde como esencia y eso implica solución a los problemas fundamentales (seguridad, infraestructura física, justicia, educación, etcétera) y convencimiento (con los recursos que sean necesarios) de todos los actores sociales. El desarrollo no es un proyecto de poder: es un resultado de la acción eficaz del Estado.

El éxito del gobierno no dependerá de cuántas reformas se aprueben, sino de los problemas que éstas resuelvan. Hasta ahora, el tenor del actuar gubernamental, sobre todo en el terreno legislativo, ha sido más un ejercicio de poder —demostrar que este gobierno sí tiene la capacidad de lograr reformas fundamentales—, más que en avanzar un proyecto coherente, profundo y continuo de transformación. La diferencia no reside en la capacidad de operación política (condición sine qua non para hacer posible el desarrollo), sino en la sustancia de su proyecto. Podría parecer lo mismo pero no es igual.

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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