El pasado domingo 12 de febrero una vez más quedó al descubierto la fragmentación de la sociedad mexicana. Descubrimos el patrioterismo convocado por instituciones que, sin una idea clara del objetivo de su marcha -como queda manifiesto en sus flyers, cuidadosamente redactados para no ‘molestar’ a nadie en el poder, con propuestas abstractas y poco atractivas- literalmente sólo intentaron colgarse del momento ‘antitrump’, pero sin ser antitrump, para elogiar el orgullo de ser mexicano, pero sin exaltar criticas al sistema político, sin embargo comprometidos con la libertad -obvia para muchos de los aparentemente convocados- y su respeto, no obstante intentando hacerlo de ‘puntitas’ como para poder presumir que dichas instituciones ‘hicieron algo’, aunque desesperadamente evitando el compromiso contestatario que se estaba gestando por parte de los ‘convocados’ que, esos sí, muchos, se lo estaban tomando en serio, tanto, como para invitar a la segunda muestra de ‘patrioterismo’ en la personificación de la marcha convocada por la señora Wallace, esbirro manifiesto cuyo intento -y lo logró- fue desarticular y ponchar la primera marcha en su ya de por si debilitada convocatoria.

El resultado: un coctel molotov que anuló las potenciales acciones críticas tanto a un sistema interno que nos está representando equivocadamente, como a un sistema externo que precisamente se alimenta de estas muestras de división y debilidad nacional para nutrir su plataforma política. Para el sacrificado líder, que asume el poder total para lograr el objetivo de defender a su país desde una plataforma autocrática, justificada en la necesidad de tener el control absoluto para lograr la misión de salvar a la patria, es indispensable un enemigo, y Trump ha decidido que ese enemigo es México con sus abusivas maniobras comerciales, sus desbordadas mafias del narcotráfico, y sus migrantes todos, delincuentes, asesinos y violadores. Todos, conceptos y acciones, que atentan contra la estabilidad del american way of life de los ‘know nothings’ que ahora se sienten con la libertad y el respaldo ‘presidencial’ de poder manifestar abiertamente su xenofobia y racismo acendrado en varias generaciones de linaje wasap.

En la lógica oportunista que manipula a la perfección el lenguaje de la nueva media, Trump asegura que sólo está haciendo lo que prometió en campaña, y es cierto, transfiriendo la responsabilidad de sus acciones a los electores de su plataforma, evocando la misma sensación de complicidad entre líderes y sociedad, que los nazis usaron en su propaganda a partir de 1936. Las redadas y el estado de prácticamente terror que está imponiendo en amplios sectores de migrantes, al mismo tiempo que nutre la furia popular, confirma su vocación por la violencia como estrategia disuasiva.

En medio de este alboroto, la filtración de nuestro ‘Chamberlain’ en Relaciones Exteriores con un derecho de picaporte en la Casa Blanca -información difundida por la CBS y confirmada por el Washington Post- que debería elevar las sospechas de intereses encubiertos, o cuando menos de incompetencia diplomática, sobre el papel del gobierno mexicano en la actual coyuntura.

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Simultáneamente el Poder Judicial en Estados Unidos anula la orden ejecutiva de prohibición a viajeros de origen musulmán de siete países. El propio sistema norteamericano contraataca, vía la auténtica división de poderes, al aspirante a autócrata. Y el nuevo asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, renuncia tras una investigación de los servicios de inteligencia que descubren un conflicto profundo de interés entre el señor Flynn y Rusia. Nuevamente dejando clara la autonomía de las distintas instancias de poder en el sistema de gobierno. Autonomías y divisiones de poder que limitan y acotan el poder presidencial, incluso de un personaje tan agresivo y audaz como Trump, dejando abierta la posibilidad siempre de una impugnación o de un juicio político autentico. Autonomías y divisiones de poder impensables en nuestro país, lo que nos debería hacer pensar que un personaje como Trump en México, sería imparable sin contrapesos, pudiendo arrastrar al país hacia políticas económicas equivocadas, o a imposiciones de leyes sin cuestionamiento alguno, o a censurar a conveniencia medios de comunicación… o marchas.

Porque en el fondo de nuestro problema social y político actual, hay una descomposición más poderosa que las políticas intervencionistas de Trump, la tibieza patriotera en la convocatoria de una marcha provoca miedo en el sistema a tal grado de ‘no ver mal’ que se organice una segunda convocación patriotera. Exhibición tristísima de un Ángel de la Independencia dividido. El escenario ideal para las fantasías desbordadas del nuevo orden continental imaginado por Trump, y aceptado tácitamente por los representantes de México.

 

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